Alta traición

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Borges, quién si no, recontó las cuitas de Nils Runenberg, teólogo escandinavo de comienzos del siglo pasado, acerca del misterio de Judas. Que Dios se rebajó a ser hombre para redimir al género humano ha sido punto de partida de los que desde la fe, han buscado explicarse la traición de uno de los apóstoles, uno de los elegidos para anunciar el reino de los cielos y difundir la palabra de Dios. La traición de Judas no fue casual, forma parte del diseño original de la redención pues la penitencia divina no se limita a la agonía de una tarde en la cruz, no es la profecía de un momento sino de todo el atroz porvenir, en el tiempo y en la eternidad. Dios se hizo hombre hasta la infamia, hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos tenía a la mano su omnipotencia o encarnar en un personaje luminoso y trágico, de Sócrates a Jesús; sin embargo, para conocer el enigma de su propia creación, eligió un ínfimo destino: Judas. Ante la hostilidad de los teólogos, Runenberg se deslizó hacia la moral: mientras en el adulterio suelen participar la ternura y la abnegación, en el robo la astucia y en el homicidio el coraje, eligió una culpa no visitada por ninguna virtud: la traición. Desde entonces, el estigma es indeleble, irreductible al perdón. Con el tiempo, en el ámbito religioso la traición se convirtió en asunto de conciencia y en la vida social, en alta traición cuando se comete contra la soberanía, el honor y la independencia de la patria. ¿Qué son, entonces, las calumnias a las instituciones que defienden a México contra las amenazas de la bestia? ¿Qué virtud anima al que viaja hasta el Norte brutal que nos desprecia para deshonrar a nuestro país? No hay, Andrés, disculpa que valga.

 

 

Panorama desde el puente

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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El puente de marzo, que este año va del 18 al 21, sirve –como todos los puentes– para abatir el significado patrio de la fecha a conmemorar, hasta hace poco día de descanso obligatorio para que a nadie se le escapara el motivo de la conmemoración. Esta vez también le tocó al 18, aniversario significativo que aunque no haya sido feriado, atraía la atención pública. Ahora, el jolgorio vacacional sepultará cualquier intento de que las celebraciones de esas fechas den lugar a recuerdos y reflexiones, hoy particularmente necesarios para reafirmar y fortalecer nuestro nacionalismo. Al contrario del sentido agresivo, excluyente, xenófobo, opresor del nacionalismo invocado por Trump, el nuestro es un sentimiento obligadamente defensivo, amistoso y solidario, que impulsa una política internacional juarista, basada en el respeto, que defiende la paz y promueve la cooperación para el desarrollo. Un nacionalismo internacionalista, oximorón validado a lo largo y a lo ancho de nuestra historia y que ha sido reconocido, ahora y siempre, por pueblos y países de distintas latitudes que han visto y ven a México como ejemplo de firmeza y de valor, que ejerce una diplomacia virtuosa frente a la bestia. Asimismo debe subrayarse que la gesta cardenista sigue vigente, que la reforma lejos de ser privatizadora, fortaleció la propiedad de la nación sobre los hidrocarburos en el subsuelo y apunta a desarrollar la industria con grandes inversiones internacionales bajo la rectoría del Estado mexicano. Y que ante la crisis mundial del petróleo, le ha dado viabilidad a Pemex preservando la exclusividad estatal de su propiedad y su condición como una de las grandes empresas petroleras del mundo. 

 

 

Revisionismo mostrenco

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Fugaces fueron los fastos del Centenario de la Constitución. Como que había prisa porque pasaran los obligados homenajes y reconocimientos a la histórica Carta de Querétaro que surgida de la lucha armada revolucionaria, nos ha dado cien años de vida institucional. O más exactamente, que hace cien años abrió el camino a un incesante e incansable esfuerzo de la sociedad mexicana para crear las instituciones que han hecho posible el ejercicio de la soberanía, la convivencia pacífica, la estabilidad y el progreso, y mantienen vigentes las aspiraciones nacionales a la justicia social y al desarrollo democrático. Sin embargo, ni los epígonos de la Constitución ni sus críticos han dado las debidas respuestas a las nuevas realidades constitucionales, introducidas por un revisionismo tan implacable como mostrenco, y que sin duda están modificando, no siempre para bien sino todo lo contrario, la vida de las instituciones y el carácter de la Carta Magna. Hay, entonces, un amplio campo para una reflexión que se antoja necesaria y urgente. Porque lo que se puede estar gestando no es tanto una crisis como un proceso disolvente ajeno y aún contrario a las reformas llamadas estructurales. En efecto, postulados supuestamente modernizadores han sufrido adherencias ideológicas que los han convertido en dogmas transversales que tuercen y debilitan la estructura de la Constitución. Los derechos humanos y la transparencia, en vez de dar respuestas puntuales a necesidades sociales significativas, se han convertido en artefactos doctrinarios que prejuzgan al Estado y obstaculizan el ejercicio de la soberanía. El desgaste ya comenzó, la discusión todavía no.




Los servidores

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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En la controversia con Estados Unidos ¿a quién beneficia que se debilite México? La obvia respuesta hace parecer ociosa la pregunta. Sin embargo, la circunstancia obliga a formularla y a responderla en voz alta. México es el principal enemigo de Trump, no porque haya querido o buscado tal enemistad sino porque Trump la hizo el eje de su estrategia propagandística para perfilar el revanchismo que le permitió atraer a la gelatina wasp y ganar las elecciones. Se le hizo fácil pero no tuvo en cuenta que México le tomó la medida desde el principio. Hay que repetir cuantas veces sea necesario que ya en septiembre de 2015, el presidente Peña denunció en la tribuna de la 70 Asamblea General de la ONU la demagogia racista y excluyente de los nuevos populistas. Nadie lo había hecho. Y desde entonces no soltó la iniciativa en la defensa de México. Ningún jefe de Estado se ha echado un pulso con Trump como lo ha hecho Peña. Ningún jefe de Estado se ha atrevido a cancelarle una reunión al presidente de EU como lo hizo Peña en una valerosa reivindicación de la dignidad nacional. Frente a México Trump ha aprendido a conjugar el verbo recular como lo exhibió en su último discurso ante el Congreso. ¿Qué se traen, entonces, los que atacan a Peña? No aquellos que le critican una u otra política pública o tales o cuales actos de gobierno, sino los que a partir de negar de espaldas a la realidad su defensa de México ante Trump se atreven, sin razón alguna, a reclamarle supuesta tibieza para luego cuestionar su representatividad. ¿Qué proponen? ¿Que Peña se bata a navajazos y mentadas de madre con Trump? ¿Qué se proponen? ¿Que renuncie a la inteligencia, al conocimiento y a la legalidad y se meta en los terrenos de la bestia? ¡Qué afán de servir a Trump!