Todos somos Miroslava

Jorge Meléndez Preciado
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Para Juan Bañuelos y Adriana Malvido, por su integridad.

Ahora sabemos, Cecilio Pineda había denunciado a Raybel Jacobo, líder de la banda Los Tequileros, y ligado al diputado local, Saúl Beltrán (Salvador García  Soto, El Universal, 28 de marzo). Pero el fiscal de Guerrero, Xavier Olea, anda buscando chichis a las culebras, en lugar de perseguir a los hampones que tiene corrompida a la policía de esa entidad. Y Balbina Flores, de Reporteros sin Fronteras, hizo un llamado urgente porque la familia de Cecilio está en graves problemas económicos y un hijo del periodista tiene una enfermedad incurable.

Ninguna autoridad ha tomado cartas en el asunto.

Enrique Peña Nieto se reúne con miles de militares y las familias de éstos y lanza la consigna: “Crisis, sólo en sus mentes”, a todos aquellos que hemos insistido que la economía va de mal en peor, según datos de  Moodys, que no puede ser acusada de izquierdista.

Bueno, que la situación de la inseguridad en el estado de México donde se repartirán más de 6 mil millones de pesos en dádivas desde tabletas hasta láminas es incierta, lo demuestra el anuncio de Alfredo del Mazo, candidato del PRI, quien dice: “Lo que hay que cambiar es la inseguridad. ¡Fuerte y con todo!” (Animal Político, 28 de marzo). Eruviel Ávila sólo menea la cabeza a falta de otras articulaciones.

Pero no se crea que Peña Nieto se echa para atrás. Hace un encuentro internacional en Acapulco la cuarta ciudad más peligrosa del mundo, desde luego con un despliegue de fuerzas armadas increíble y dice que ya somos la novena potencia en turismo, captando 20 mil millones de dólares anuales. Pero no hay una defensa visible, seria, a fondo de los migrantes, los cuales envían 26 mil millones de dólares, seis mil más que el turismo. Pero, claro, para nuestras autoridades los mexicanos que se fueron son invisibles hasta el año próximo, cuando vengan las elecciones y se busque el voto en el exterior.

Miroslava Breach fue enterrada como deseaba, según su compañera de afanes, Marcela Turati (Proceso, número 2108), sin ceremonias para que los políticos, a muchos de los cuales denunció, no se colgaran de sus trabajos y denuncias. Pero no debemos olvidar que el 29 de julio de 2016, Miroslava fue parte de un Alerta del Mecanismo de Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, el cual antes tenía magras cantidades para esas tareas y ahora no cuenta con un peso para su operación, aunque sí varios burócratas muy bien pagados para simular que hacen su chamba.

Seguramente por eso, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), encargó a Rodrigo Santiago Juárez, director general del Programa de Agravios a Periodistas y Defensores de Derechos Humanos, que atraiga el caso. El cual debe tratarse seriamente, no como el de Rubén Espinoza, donde la autoridad de la Ciudad de México filtró infinidad de datos, desvió las investigaciones y llegó a una conclusión de un solo culpable, algo absurdo. ¿Cambiará el rumbo de los jueces  ya ido el presidente del Poder Judicial, Edgar Elías Azar, muy ligado a Televisa?

También supimos que en seis años van dos mil 20 ataques a periodistas y de 800 carpetas elaboradas.  La Fiscalía de la PGR que dice defender la libertad de expresión, únicamente ha resuelto tres casos. Esto según Artículo 19 (Sin Embargo, 28 de marzo). Y añade la organización internacional, el 53 por ciento de los delitos son cometidos por los llamados servidores públicos. En 2016 hemos tenido 11 asesinatos de compañeros. Y del año 2000 a esta fecha hay 23 tecleadores desaparecidos. La eficacia de la Fiscalía es de 0.25 por ciento.

            ¿Quién encabeza dicha oficina? El licenciado Ricardo Nájera, anteriormente  vocero de varios procuradores (sic que se mueve en los pantanos).

La mencionada institución, lejos de dar alientos, generalmente desacredita a los informadores. Y se ha olvidado de casos tales como el de Regina Martínez y Moisés Sánchez. Bueno hasta en internet tenemos 72 casos de ataques a los que difunden noticias por ese medio.

En el sexenio de Peña Nieto, tan alegre y difundidor de buenas nuevas, hay un homicidio de periodista cada 26 días. En marzo de este año van tres y otro, Antonio Heras (Baja California Sur) se salvó por diversas circunstancias.

            Eso sí, en cuatro años de esta administración se han erogado a los medios (¿oficiales?) la  suma de 34 mil millones de pesos. Y en 2016 será de 9 mil millones de pesucos.

Órganos de defensa a los periodistas inservibles, aumento de la violencia en todo el país, marchas en diferentes estados (recientemente desde Oaxaca a Baja California pasando por la Ciudad de México y Puebla) y centenas de despedidos en los medios por la crisis que al parecer no existe, sino es un invento de mentes calenturientas.

A fin de cuentas, todos debemos ser Miroslava Breach para no bajar jamás la voz.

 

 

Ángeles Ortiz Mendoza, la guerrera

Jorge Meléndez Preciado
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Nació en la colonia Guerrero, la misma donde yo vi las primeras siluetas. Su padre, Miguel,  vendía lo que podía, aunque después se dedicó a la oferta de sillitas para niños traídas de Guanajuato. Su madre, María, era una campesina que seguía a su marido en sus tareas y lo cuidaba de todo mal. Ella era una muchacha morena, de piernas torneadas y mirar picarón, aunque muy seria ante todos los hombres que la asediaban.

Conocí a Ángeles Ortiz Mendoza en la Secretaría de la Reforma Agraria. Mi hermano Hugo Tulio, me envió a que pasara ella, su secretaria, un artículo en limpio, en máquina eléctrica. Él escribía para El Heraldo de México, junto con Luis Suárez, los únicos de izquierda en el impreso de Gabriel Alarcón. Nos caímos mal pero su atractivo me sedujo.

Invité a la señorita Ortiz (lenguaje de los años 70) a salir y todo cambió.

            Trabajaba por las mañanas para ayudar a sus padres y en las tardes estudiaba en la Escuela Nacional de Antropología, donde empezó a militar en la célula del Partido Comunista Mexicano, junto con el investigador Alfredo Tecla y otros. Entonces decidió levantarse a las cuatro de la mañana para ir a pegar carteles a las zonas obreras, ya que en el partido se contaban con pocos dedos los trabajadores de clase.

            Después, ingresó al Centro de Estudios Políticos de la UNAM, donde estaban Arnaldo Córdova, Octavio Rodríguez Araujo, Raúl Trejo Delarbre, José Woldenberg y muchos famosos más.

Duró unos años allí y se fue a trabajar a asuntos agrarios del extinto DF. Revivió la publicación que hizo mi hermano: México Agrario, en cuyo primer número colaboraron Ifigenia Martínez y Cuauhtémoc Cárdenas, ambos todavía en el PRI. Sacó adelante la publicación durante un largo tiempo.

            Murió el lunes 6 de marzo a las 8 de la mañana.

            Veo en su casa un cuadro de Carlos Mérida extraño: un diablo y un esqueleto  entre dialogando y enfrentándose. Otro, una fotografía, muy de su estilo, que es el fondo de una vecindad con luz brillantísima en la entrada. Alegoría que pinta la ilusión de los jodidos.

Otra imagen más, de su hijo Alejandro, profesional de la cámara, que la encaminó en dichas artes,  con su silueta de ella, una parte iluminada y otra oscura (¿la vida real de todos?)

A su funeral asistieron decenas de personas, desde viejos amigos de andanzas: Humberto Musacchio, Joel Ortega Juárez, Rubén Santana y sus hermanas Berta y Teresa; José Luis Ángeles y Lupita; Armando y Martha Barriguete, sus sobrinos; Lorena Velázquez, y un montón más, entre ellos infinidad de jóvenes. Una, Tania, me platicó las terapias de sanación de Ortiz.

En su trajinar, compró un terreno para hacer una casa, el sueño de toda mujer. El Ajusco para estar en las alturas y ver la ciudad. No obstante que era funcionaria del DF, no pudo hacer nada porque se lo invadió el soplón de Carlos Ahumada. Imposible que se lo regresaran, la señora Rosario Robles estaba en la jefatura capitalina (amor, pasión y transas al unísono). Pero logró a cambio una hermosa casa en la Campestre Churubusco. La cual estaba llena de baúles, macetas y obra gráfica.

En otro cuadro, dos mujeres se miran al espejo, una atractiva, otra refleja la muerte. Carlos Alberto González Palomino, el revolucionario panameño y compadre de Ramón Oviero, el poeta de la misma nacionalidad, le regaló otro dibujo. Caricatura de Magú acerca de la incertidumbre de los campesinos.

            Laboró con Manuel Aguilera y Cuauhtémoc Cárdenas en asuntos agrarios. Fue respetada en los ejidos capitalinos por su honestidad. Nunca se le acusó de ventajosa, aprovechada, desleal a sus principios. Algo que se reconoció aquella noche de velorio. Más bien, muchos lloraron por su partida, aunque otros más dijeron que era necesario ya que luego de siete años de cáncer empezaba a sufrir lo indecible.

Su hija Lucia, quien fue un apoyo fundamental, único, dijo frente a su cuerpo sin vida: “Mi madre me pidió que no hubiera cruces en su funeral, que nadie vistiera de negro, que no la lloráramos sino la recordáremos con alegría y que sus cenizas fueran a regar los campos mexicanos”; además, quiso una bandera del PCM en su ataúd, la cual llevó Joel Ortega al final.

            Puedo añadir muchas cosas, pero diré sólo algunas: Ángeles Ortiz Mendoza fue mi compañera durante más de 15  años, la madre de mis hijos, Lucía y Alejandro, y mi cercana, a pesar de mis locuras e infidelidades, durante otro largo tiempo; nunca se dejó apabullar. Gracias, en serio, en este 8 de marzo, día de ellas.