Estampas históricas: El Papa pide auxilio a México

Víctor Orozco
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Manifiesto mi indignación por el asesinato de la periodista Miroslava Breach.
Lo menos que debe hacerse es capturar a los autores materiales e
intelectuales. El gobierno de Javier Corral tiene un nuevo compromiso ineludible.

El 4 de diciembre de 1848, el papa Pío IX, desde Gaeta donde se encontraba exiliado, en el reino de Nápoles, envió una carta al presidente de la república mexicana en la que clamaba por auxilio frente a los revolucionarios nacionalistas italianos. Decía la misiva en unos de sus párrafos:

Amado hijo, varón ilustre y honorable, salud y bendición apostólica.

Creemos que estarás ya impuesto del trastorno que en Roma han sufrido las cosas públicas, y de la violencia sin ejemplo que el 16 de Noviembre próximo pasado nos infirió en nuestro mismo palacio Quirinal, la nefaria conspiración de hombres perdidos y turbulentos. Esto nos ha obligado no sin gran pena, a ausentarnos temporalmente de la ilustre ciudad y de todo el estado pontificio...Tu sabiduría amado hijo, varón ilustre y honorable, se hará cargo de la amargura en que vivimos, y del cuidado que debe inspirarnos la suerte de los súbditos de nuestro dominio temporal, así como los derechos y posesiones de la Iglesia Romana... Y como conocemos bien tu piedad hacia Nos, tu adhesión, respeto y gran benevolencia a la Silla Apostólica, esperamos que no permitirás echemos menos, en días tan lamentables, tu importante ayuda para la guarda del principado civil de la misma silla. Porque no se oculta que todos los conatos y esfuerzos de los impíos se encaminan a despojar a la santa Sede de dicho principado. Entre tanto, no cesamos de pedir fervorosamente en la humildad y adicción de nuestro corazón al Dios rico en misericordia, que te colme de los más abundantes dones de su divina gracia: y como prenda de ellos y en testimonio de nuestro amor te damos querido hijo, y con el mayor afecto, sincera y cordialmente la bendición apostólica.

Apenas tuvo en sus manos la referida carta, el general José Joaquín Herrera, presidente de la República, le respondió al Papa el 12 de febrero de 1849:

SANTISIMO PADRE. No es fácil que yo acierte a explicar a Vuestra Santidad la desagradable sorpresa que al Gobierno y pueblo de la República Mexicana ha causado la noticia de los infaustos sucesos de Roma... Nada podría ser más deshonroso para México, que saber que el padre común de los fieles vive en amargura, y que su sagrada persona ha sido objeto de una sacrílega violencia en la capital misma de sus estados.

Después de hacerle saber su apoyo, le hacía una invitación inusitada: que trasladara a México su sede. Le decía:

Permítame Vuestra Santidad agregar por conclusión una palabra, aun a riesgo de que ella pueda parecer extraña. Las Naciones católicas de Europa se habrá honrado en ofrecer cada una en su territorio magnifica hospitalidad al padre común de los fieles, ahora que la ingratitud de algunos lo ha obligado a ausentarse temporalmente de la insigne ciudad donde fijó su silla el primer Pontífice cristiano. Mas si en los decretos de la Providencia estuviera que uno de sus sucesores tuviese de ilustrar con su presencia las regiones del Nuevo Mundo Vuestra Santidad, Beatísimo Padre, encontraría en México siete millones de hijos llenos de amor y veneración hacía su sagrada persona, y que tendrían a ventura recibir inmediatamente de sus manos la bendición paternal. Dígnese Vuestra Santidad derramarla desde su actual morada sobre el gobierno y el pueblo de la República, y aceptar el profundo respeto y la filial veneración con que soy, Beatísimo Padre, de Vuestra Santidad, muy devoto y reverente hijo José J. de Herrera. (Refrendado). Luis G. Cuevas.

¿Pues qué acontecimiento motivaba estas dramáticas palabras del Sumo Pontífice, así como la sumisa respuesta del presidente mexicano? Uno terrible y sencillo a la vez: era la revolución, que después de abrir las fortalezas de las capitales europeas: París, Viena, Budapest, Milán, Venecia, Berlín tocaba ahora las puertas de Roma. Los reclamos de las masas insurrectas si bien se distinguían según los contextos de cada país, coincidían en demandar la instauración de gobiernos democráticos, electivos, respetuosos de las libertades. En París, además proclamaban la República Social, un régimen comprometido con la igualdad. Nada de esto existía en la Europa arreglada desde 1815 por la Santa Alianza que restauró las monarquías absolutas después de las guerras napoleónicas.

            En Italia, el movimiento expulsor del dignatario romano era fundamentalmente nacionalista y tenía raíces que penetraban varias centurias. Los italianos albergaban una antiquísima aspiración: unificarse en un Estado y expulsar de su suelo a los extranjeros. Pero estaban divididos en varias entidades. Una de ellas eran los estados pontificios, gobernados por el Papa en turno como un soberano y que ocupaban el centro de la península. Operaban como un tapón u obstáculo insuperable para alcanzar la unificación. Ya Maquiavelo había sentenciado en pleno Renacimiento: el Papa ni es tan débil como para no impedir la unidad italiana, ni es tan fuerte como para encabezarla. Así que los nacionalistas en 1848 se subieron a la ola revolucionaria continental y tomaron la ciudad de Roma, con vistas a convertirla en la capital de una Italia única e instalando allí una fugaz república, garante de las libertades reclamadas.

El golpe contra la flamante República Romana llegó de donde menos se esperaba, esto es, de la hermana e igualmente recién nacida República Francesa. En ésta había sido electo como presidente Luis Napoleón Bonaparte, quien era todo menos un demócrata. Engañó a la Asamblea Nacional pidiendo autorización para enviar tropas a Roma para defenderla del Ejército austríaco. Lo que hizo fue aplastar a sangre y fuego a las nuevas instituciones liberales. Pío IX fue así reinstalado en su trono por el Ejército francés hecho que selló la futura y sólida alianza con el futuro Napoleón III, emperador y autor de la intervención militar en México pocos años después.

La otra parte de interés en este episodio, es el ofrecimiento del territorio nacional por parte del presidente mexicano, para establecer aquí la sede del papado. No fue un impulso aislado ni carente de sustento. Después de la guerra con Estados Unidos, México quedó desorganizado e indefenso, apareciendo para propios y extraños, como una “tierra disponible”. Filibusteros, gobiernos, monarcas europeos se dispusieron a tomar su porción del botín. Y una de las cartas que se jugó fue efectivamente instalar aquí los estados pontificios, si los nacionalistas italianos conseguían su objetivo de liquidarlos. Se antoja imposible que el Pío IX hubiera tomado una decisión de esta trascendencia, pero, quizá no fue ajeno al sueño de gobernar sobre un territorio muchas veces mayor que sus medievales estados y, con el atractivo de mostrarse según los viajeros de la época como un “cuerno de la abundancia”. Llevando el sueño más lejos, bien podría gobernarse desde la antigua Tenochtitlán a todo el mundo iberoamericano.

En fin, el presidente Herrera envió la petición de auxilio al Congreso que de inmediato decretó una partida de 25 mil pesos para remitirla a Roma. Como no había fondos, se obtuvo un empréstito en el cual los agiotistas no perdonaron ni los piadosos fines para los cuales se contrataba y cobraron una tasa superior a la usual. Así, el gobierno mexicano hizo lo que pudo a pesar de las penurias, para reinstalar al Papa en su trono, junto con su opresivo régimen.