Febrero intenso

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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En los trabajadores, la unidad nacional es de oficio. Dígalo si no el mitin con el que la Confederación de Trabajadores de México conmemoró los cien años de la Constitución. Decenas de miles de afiliados a sindicatos cetemistas se reunieron en el Monumento a la Revolución el mero día del centenario al mismo tiempo en que se realizaban las ceremonias oficiales, en un acto que no tuvo paralelo en la llamada sociedad civil. Por su lado, los partidos políticos fueron especialmente omisos a la fecha ignorando que una de sus funciones sustantivas es la educación política de sus militantes y vaya si la ocasión los obligaba. Y con la excepción reglamentaria, en las instituciones no hubo siquiera referencias al acontecimiento histórico al que deben su existencia. ¿Ingratitud? ¿Ignorancia? ¿Desidia? Todo eso y más. Y luego pululan los insensibles que andan diciendo de la manifestación de los valientes en defensa de la soberanía, a la que por lo visto la mayoría de sus convocantes y de sus críticos no asistió, fue una marchita y desangelada marchita de los marchitos. Por eso y por otras muchas razones, tuvo sentido el tono pedagógico del discurso del presidente Peña el Día de la Bandera: con paciencia infinita explicó que la unidad nacional no es unanimidad ni dogmatismo, tampoco resultado de la imposición o de la censura, ni darse en apoyo a una persona sino en torno a la Constitución donde la soberanía tiene su origen y mantiene su vigencia contra los vientos huracanados del norte. Y es la mejor arma de nuestro equipo nacional de esgrima que con una destreza diplomática portentosa está ganando puntos para la Patria.

 

 

 

Ecos de la marcha

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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¿Cómo se mide la importancia de una manifestación? ¿Por su organización? ¿Por sus consignas? ¿Por su recorrido? ¿Por la cantidad de asistentes, su condición social y su conducta? ¿Por la causa invocada? ¿Por la calidad de los convocantes y sus contradicciones? Tendríase, entonces, que contar con un buen matemático, uno estilo Condorcet que valorara las correlaciones para encontrar la calificación buscada. ¡Ah! y otra medición muy relevante que por poco se me olvida: el espacio y el tiempo que los medios le dieran al acontecimiento. Y no hay duda: la boruca mediática (con todo y las malas intenciones) a que dio lugar la manifestación del domingo 12 revela que su importancia fue mayor a la concedida por sus críticos. Los primeros convocantes, intelectuales orgánicos de Televisa, desataron una profusa y difusa confusión. Han de haber tenido en mente la trampa tendida en pleno Zócalo, con Roger Waters y el muro, a la fanaticada rockera que fue sorprendida en pleno pasón con la demencial leyenda proyectada en las pantallas del concierto: ¡Renuncia ya! buscando vulnerar no a la persona aludida sino a la soberanía. Pero el domingo 12 hubo una presencia decisiva: la UNAM que se sumó a la convocatoria con apenas tiempo para darle a la manifestación masa crítica y sentido. Profesores, investigadores, autoridades, alumnos de posgrado, estudiantes y profesionistas  acompañaron al rector Enrique Graue convertido en la referencia necesaria y confiable, auténtico representante de la dignidad reivindicada. La inmensa mayoría de la heterogénea y plural multitud que marchó del Auditorio al Ángel, repudió a Trump, exigió respeto a México y definió el carácter de la marcha con sereno y claro patriotismo, mientras las falanges embozadas fracasaban rotundamente en su intento de reventar la manifestación.