De miedos bárbaros (y otros bárbaros)

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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Momentos de confusión histérica: la antidemocracia comunista se erige como defensora del neoliberalismo depredador mientras los campeones de las libertades y de la democracia blanden la espada racista contra todo lo que se mueve. Los pensadores Edward W. Said y Tzvetan Todorov ya no están para confirmar el choque de ignorancias y el albur del destino incierto del extranjero globalizado, respectivamente.

 

La “aldea global” se incendia con nacionalismos aldeanos y a pesar de la globalización, “cada uno de nosotros es un extranjero en potencia”, decía Todorov. A la vista, pues, la ostentación del grado de barbarie “por cómo percibimos y acogemos a los otros”.

 

Hay que remarcarlo: el presunto comunismo, en esencia ateo, hace profesión de fe ante el “dios dinero” (la cerrada apertura, diríase) promotor de la especulación y el fraude, y la reducción del mundo al amparo de las libertades y tecnologías tiene en Jim Morrison al poeta maldito de la apertura-atrincherada: “La gente es extraña, cuando tú eres un extraño” (“People are strange”, con Nosferatus un muerto-vivo- como innovador empresario cibernético, tuitero desde su exclusivo catafalco).

 

Fórmula protagórica (por Protágoras) de la posmodernidad, el “buen salvaje” mide así su estatura civilizadora con la “cosificación” del individuo y en nombre del progreso calcula su miedo dándole la bienvenida al timo, a la inhumanidad, a la crueldad, a la persecución y a la violencia (los bárbaros se horrorizan de las barbaridades ajenas pero se solazan de las propias).

 

¿Sigue siendo “proteccionista” el gobierno estadunidense luego de que decretó revisar la ley Dodd-Frank, promulgada en el 2010 tras el crack de las hipotecas Subprime (basura) para evitar nuevas devastaciones y timos como en el 2008? Wall Street está de fiesta: ¡Fuera miedos, por fin un estadista de clase mundial que entiende las necesidades globalizadoras!

 

A pesar del conjuro, si se sigue la recomendación de Todorov y se da buen uso del pasado, se verá que los totalitarismos de vena racista no expiraron con las muertes de Hitler y Stalin, ni con la caída del Muro de Berlín. Más refinados, ahora se imponen mediante torcidas leyes capitalistas que cubren fachadas con martingalas electorales.

 

Eso es horrible y debería causar el mismo temor que cuando se escuchan llamados a la “unidad” frente a los toscos “masiosares” de nuestra patria, vieja expresión puesta de moda pese a la ausencia notable de fenecidas bases cetemistas y magisteriales, hoy sustituidas por el músculo cívico de intelectuales, órganos de fonación electrónicos y tendederos cibernéticas con marchas de unidad fracturada para hacer frente a amenazas bárbaras.

Como Todorov, no hay que hacerse ilusiones respecto de erradicar la barbarie pues, como se ve, la globalización no es para todos los que habitan el globo, pero sería peor renunciar a combatirla.

 

 

Los “expulsados” del paraíso


Jesús Delgado Guerrero
/ Los sonámbulos

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Con más de siglo y medio de historia, no obstante el flujo de mexicanos hacia Estados Unidos, se recrudeció a partir de 1986 cuando México se integró al Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles (el famoso GATT). Desde entonces a la fecha, en plena era de la “buena nueva” del libre comercio (neoliberalismo), la población de origen mexicano en suelo estadunidense pasó de 8 millones 800 mil a 34.6 millones.

De manera notable, desde 1994, año en que el capitalismo salvaje se agudizó y se promovió como una de las grandes fuentes de la verdad infalible (mezcla de Escrituras Sagradas con la precisión matemática de las esferas galácticas, y firmas de telecés a diestra y siniestra), el torrente ha sido imparable, logrando la cuadruplicación del fenómeno (12 millones se fueron).

Si algún país en el mundo ha protagonizado una “diáspora” a grandes escalas en las últimas décadas (y sin conflictos bélicos) ese ha sido el nuestro (tan sólo California y Texas suman más de 19 millones).

Se trata de una versión totalmente al revés del Tratado de Guadalupe-Hidalgo por el cual Estados Unidos pagó 15 millones de dólares (y en abonos) por hacerse de más de la mitad del territorio mexicano en 1848 (justo el 2 de febrero pasado se cumplió un infeliz aniversario más, no objeto de ceremonias oficiales en un país donde muchas desgracias y gloriosas derrotas forman parte del calendario cívico), al que luego sumó La Mesilla mediante 10 millones de pesos que, dicen, fueron para los chuchulucos del caudillo López de Santa Anna.

Con aires de espíritu liberal del siglo XIX, se diría que se ha tomado desquite con una ocupación sigilosa y calculada (sin pagar un sólo dólar ni firmar tratados) pues si el problema de la mutilación del territorio tuvo en la demografía (además de la codicia) uno de sus elementos vitales (estaba despoblada esa parte) hoy con ese mismo elemento se devuelve la cortesía.

Claro que no es lo mismo ser recibido y tratado como un conquistador (ni siquiera como el “Patrio” Joaquín Murrieta, el Robin Hood de El Dorado, mexicano desfacedor de entuertos en las minas californianas, símbolo de resistencia ante la depredación) que como un delincuente, un desterrado objeto de persecución permanente.

Y todo por salarios de miserable sobrevivencia (“80 por ciento más baratos que la mano de obra de Estados Unidos y muy buenos para el trabajo”, se jactan los explotadores empresarios de aquél lado, que por eso salen en defensa de los migrantes).

Expulsados del paraíso neoliberal, los desterrados ven cómo los promotores de la devastación globalizadora no acusan recibo de los efectos e hipócritamente se lamentan de proyectos de muros pero, en el colmo fundamentalista, sólo ofrecen más “reformas estructurales”, “apertura”, con sus comedores populares y todo el infortunio que eso ha significado. No han entendido.

 

 

La desigualdad satisfecha


Jesús Delgado Guerrero
/ Los sonámbulos

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En épocas de doctrinaria austeridad miserable, quizá por pudor las riquezas acumuladas asoman tímidamente los “resortes del talento” que las hizo posible. Con todo, tienen que enfrentar la “insidia” mala leche de millones de seres que no tienen ninguna capacidad intelectual ni habilidad, pero sí el descaro (típico del contumaz sinvergüenza) de no conformarse con programas asistenciales, comedores populares y subsidios y, peor, reclaman oportunidades, mejores salarios y todo eso que se difunde bajo la mezquina bandera de la “redistribución de la riqueza” o “combate a la desigualdad”.

Aunque Doris Lessing, Nobel de Literatura, afirma que el talento es algo bastante corriente, tal vez sea la escasez la que ha llevado incluso a ciertos filósofos, sociólogos y alguno que otro economista (rebeldes o renegados), a incomodar a los dueños de fortunas debido a sus “especiales aptitudes”, por las cuales evaden impuestos, especulan movidos por su “espíritu animal” y están entregados al deporte epocal de “acumular por acumular”.

“¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?”, tituló uno de sus libros el polaco Zygmunt Bauman. Para la desigualdad satisfecha esto se responde fácil y basta decir, con fundamentos históricos por ejemplo, que el “talento” fue una moneda que se utilizaba en la antigüedad y la Providencia quiso que mutara en “individuo con potencial para desarrollar determinada habilidad” (inversionista, se llamará después).

Quizás por reconocimiento de las limitaciones propias se habla de “talentos” y no de “genios” pues, como anotó José Ingenieros en El hombre mediocre, éstos crean nuevas formas de actividad no emprendidas por otros o desarrolla de un modo enteramente propio y personal actividades ya conocidas (la evasión, el fraude y la especulación son tan viejos como los “talentos” bíblicos; sólo en la Parábola de los Talentos de San Mateo (25, 14-30) no hay lugar a explicar cómo se logró la multiplicación).

          El caso es que sigue la acumulación sin freno por todas las vías y ocho “talentos” suman la riqueza de 3,600 millones (la mitad más pobre de la población mundial) según el último informe de Oxfam (Una economía para el 99 por ciento). La “riqueza acumulada neta asciende a 426 mil millones de dólares”. Un escándalo. “Talentos” menguantes se han quedado en el camino y de 388 millonarios en 2010,  hoy quedan sólo ocho: Bill Gates (Microsoft) Amancio Ortega (Zara e Inditex), Warren Buffet (Berkshire Hathaway), Carlos Slim (Telmex, Grupo Carso), Jeff Bezos (Amazon); Mark Zuckerberg (Facebook); Larry Ellison (Oracle) y Michael Bloomberg (Bloomberg LP).

No hay que dudar de la existencia del “talento extremo” como tampoco de la “miseria extrema”, pero los profetas neoliberales se resisten a aceptar que es la desigualdad, y no la pobreza, lo que hay que combatir.