¿Habrá remedios contra la corrupción?

Teresa Gil / Libros de ayer y hoy
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Cuando se avanza en el Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) y éste distrae del síndrome Trump, flota en el ambiente la pregunta del clásico de Reisman, ¿hay remedios contra la corrupción? La imagen más completa de lo que es la política en México son las cárceles abundantes en políticos y que responden de alguna manera la interrogante. De entrada, castigos ejemplares. Ahora se sumó por breve tiempo a los que ya están presos, en espera de proceso definitivo, el exgobernador de Nuevo León Rodrigo Medina; más lo que se acumulen esta semana. Ya les ronda a Rafael Moreno Valle y Gabino Cué, campeones de la deuda, como en su momento lo han sido Javier Duarte, César Duarte, Humberto Moreira y Juan Sabines Guerrero ahora muy girito de cónsul en Estados Unidos ¿Que lección de moral se puede dar hacia el exterior ahora que se lucha contra un gigantón despótico, grosero y violador de todos los derechos, como Trump? Con la calaña ya presa, hay que considerar a los que andan fuera, los protegidos, los evadidos, los que supieron ocultar bien las cuentas, los que dijeron que su fortuna se la deben a un premio de la lotería ¿dónde andarán esos que quieren limpiar su imagen?A esa lista se agregan sus respectivas runflas, funcionarios de todas las especialidades si las tienen, ediles, regidores, algunos empleados, asesores, amén de familiares, oportunos prestanombres que conocen muy bien los  paraísos fiscales. La lista que ya integran Andrés Granier, Guillermo Padrés (en huelga de hambre para apoyar a su hijo también preso), en su momento Pablo Salazar Mendiguchía víctima de la venganza de su sucesor Sabines Guerrero, Mario Villanueva ex de Quintana Roo, ahora en una cárcel de Morelos y sería larga la secuencia entre la que se incluyen legisladores, jueces y magistrados diversos. En tiempos pasados cuando se envió a la cárcel a Félix Barra, Eugenio Méndez Docurro y Jorge Díaz Serrano, se decía que eran chivos expiatorios. Que el sistema los usaba como una exudación de sus propios yerros. Ahora el epíteto no les queda. Son simple y llanamente delincuentes, tipos que abusaron del puesto y robaron inicuamente lo que pertenecía al pueblo. Frente a la miseria que vive el país, son tipos que no merecen perdón ni piedad. Y en esa situación deben de estar los políticos que se beneficiaron de esos robos en contiendas electorales. ¿Remedios contra la corrupción? (Fondo de Cultura Económica, Biblioteca joven, 1981) es el clásico de William M. Reisman, el jurista estadunidense de larga trayectoria como internacionalista que disecciona ante todo los casos de soborno. El  académico que fue asesor del Departamento de Estado y en su momento presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se remonta a la antigua Grecia para hurgar sobre el tema y al recorrer la historia, llega a una conclusión, a la que quizá llegaremos los mexicanos: la corrupción no se puede erradicar. Reisman fue muy leído en la década de los setenta y sus análisis están vigentes, con todas las teorías que arrastran. No se sabe si lo habrán leído los que quieren poner obstáculos al SNA, que ya tiene su comité de vigilancia. Esta semana se nombró a los cinco que integrarán ese Comité de Participación Ciudadana que jugará un importante papel en ese organismo y cuya presidenta será Jacqueline Peschard, exfuncionaria del INE y del IFAI. Ya veremos que resulta de eso. Partiendo de los conceptos de los valores míticos y prácticos, Reisman sostiene que el ser humano suele minimizar ciertos valores que no considera tan graves y le parece fácil violarlos en la práctica. Pero unos, como el soborno y su especie el cohecho cuando se corrompe a funcionarios públicos, son los más graves porque vulneran no solo la confianza del elector que votó por un funcionario, sino la pluralidad y la libertad jurídica. En el caso de México diríamos que se viola un sistema de valores, que concentra en un presupuesto el destino inmediato de un pueblo y sus necesidades. “El soborno es una forma de traición... el soborno se persigue vigorosamente durante las épocas en que existe una conciencia popular de crisis”, dice el jurista. Reisman llamaba unto a lo que se entrega en nuestro país para hacer un servicio. Los casos denunciados aquí hoy en día, no solo implican disposiciones directas del que ejerce el poder o distracciones presupuestales, además están las jugosas comisiones, los negocios, entre muchas formas; aparte de la concepción utilitaria de estado que tienen ciertos gobiernos, que ya implica de entrada una vulneración de los derechos de los ciudadanos. Las leyes, argumenta el teórico, pueden paliar un poco la situación, pero siempre se encontrarán formas de apoderarse del dinero ajeno. En el tipo de gobierno como el nuestro que quiere justificar un sistema democrático, se ponen a disposición recursos muy tentadores a la mano de los gobernantes. Y la ocasión hace al ladrón. O como dicen que decía el general Álvaro Obregón: nadie aguanta un cañonazo de 50 mil pesos.

 

 

El rey viejo y la Constitución

Teresa Gil / Libros de ayer y hoy
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Pese a su protagonismo, Venustiano Carranza no es para todos el personaje central de la Constitución. Desde la formalidad que ostentaba como encargado del Poder Ejecutivo, propuso uno de los proyectos al parecer el más avanzado, que sufrió los avatares de la discusión y en su momento promulgó lo que fue el original del 5 de febrero de 1917. Fueron los constituyentes, los grandes visionarios que retomaron las ideas revolucionarias, añadieron los aportes de la Constitución de 1857 y las de teóricos y personajes de la época, para crear la que para algunos ha sido una de las  grandes constituciones del siglo XX. Hay que recordar  a cien años de su promulgación, que nuestra Carta Magna fue un pacto jurídico que surgió de una grande, pero cruenta revolución, en la que sus propios jefes se enfrentaron violentamente y en su mayoría terminaron destruidos entre ellos mismos. Don Venustiano fue presuntamente asesinado por órdenes de Álvaro Obregón muerto más tarde también en una presunción, por mandato de Plutarco Elías Calles. El primero y es algo que lo ha subestimado mayormente ante grandes sectores, habría mandado asesinar arteramente a Emiliano Zapata. Sobre la muerte de Francisco Villa también se elevan muchos supuestos. La sospecha como ahora ocurre con las muertes de Colosio, Jaramillo y otros personajes políticos y líderes, tendió un manto oscuro sobre aquel movimiento cargado de anhelos y ni siquiera el pacto detuvo las muertes; Carranza, Zapata, Villa y Obregón murieron después, todos asesinados. Los constituyentes fueron electos de acuerdo a la convocatoria, uno por cada 70 mil habitantes y como es natural, había de todo. Destacan sin embargo el antirreeleccionista Francisco J. Múgica, representante de Michoacán; Heriberto Jara uno de los radicales, electo en Veracruz, y Esteban Baca Calderón, líder obrero que encabezada el sindicato minero de Cananea. De Puebla estuvo el periodista Froylán C. Manjarrez, cuyo nombre ostentó una de las células de periodistas del Partido Comunista Mexicano en la que me tocó estar a fines de los años setenta del siglo pasado. Era un honor utilizar su nombre. Como ellos, muchos brillaron por sus ideas,  por sus extraordinarias propuestas, si bien se colaron algunos conservadores que fueron equilibrados en el texto final. Una gran Constitución, que al ser reformada 700 veces ha alterado en muchos casos su valor original. Texto utilizado constantemente para cubrir intereses políticos y que en buena parte de sus artículos no se cumple. Los grandes constituyentes y el llamado Varón de Cuatro Ciénagas Venustiano Carranza, se removerían en sus tumbas. El rey viejo (Fondo de Cultura Económica, 1961) de Fernando Benítez, ¿qué es? ¿Una novela de suspenso que en sus breves capítulos destila el drama de obstáculos que sufría Carranza antes de ser asesinado? ¿Una tragedia moderna donde los dioses y sus opositores van deslindando y cavando a la vez, el final terrible del hombre que delineó la Constitución? ¿Un espectáculo bufonesco, una opereta en la que se solazaron los ambiciosos jefes revolucionarios? ¿La rendición del escritor que termina igualando el porfirismo decadente con los resultados de un movimiento que rescató los sueños de un pueblo? El libro deprime y enseña. Uno se sube al tren Dorado en el que impávido, pero cubierto de esperanzas, Carranza se dirige a Veracruz en su apresurada huida para salvar su presidencia. La traición lo rodea por todas partes. Cada hora le anuncian defecciones que él reconoce en un país que a lo largo de su historia hasta ese momento había sufrido más de mil pronunciamientos. Y así, los rieles con tropiezos y todo, nos van llevando por los campos magueyeros, por valles y sierras hasta que la traición final nos detiene en Tlaxcalantongo, el 20 de mayo de 1921. Antes, una máquina loca disparada por sus enemigos ha matado a centenares y los rumores lo cercan para poner en el centro a su enemigo real, Álvaro Obregón. La historia que cuenta Benítez se parece mucho a la que se contó con la muerte de Salvador Allende. Se habló de un suicidio ante la cercanía de la derrota definitiva. Y aquí obligaron a sus acompañantes a ratificarla con su firma. Pero la cercanía de Rodolfo Herrero y sus soldados disparando solo hacia la figura de Carranza, no deja lugar a dudas. El traidor Herrero fue el asesino material del viejo de Coahuila. Después vienen las exequias, los homenajes en la Ciudad de México y nadie habla de la Constitución. El narrador Enrique, que algunos reconocen en la vida real como al secretario de Gobernación, Manuel Aguirre Berlanga, termina la novela con un espíritu reivindicativo de sí mismo, quizá como un símil de lo que debe ser una revolución. Lo que en este momento, con la Constitución deformada que muchos intentan rescatar, no vemos  todavía.