De información veraz, valiente y oportuna

Yuriria Iturriaga / La Jornada
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¿No es importante saber por qué suben los precios del pan y la tortilla, en vez de llegar un día frente al comerciante habitual y quedarse boquiabiertos, palpar el monedero para calcular qué tanto podremos llevar a la familia, en contraste con lo que ayer compramos, y regresar a casa el pecho hinchado de rabia sin saber hacia quién o quiénes, personas o motivos, dirigirla? ¿Nos es indiferente culpar de la degradación de nuestras vidas cotidianas a Dios o el diablo, al gobierno en turno o a los partidos políticos, a la “gente” (sin rostro) o al pueblo con el rostro de la miseria, a la Iglesia o al Ejército, o a todos juntos, como si fuéramos una isla perdida en medio y sin la menor responsabilidad del caos universal?

¿Nos ha sucedido o no que, a veces, un pedazo de papel que cae en nuestras manos sin siquiera comprarlo nos revela los mecanismos que empobrecen al campo, arrinconan a los productores, encarecen los alimentos que llegan a la ciudad, y nos dejan también boquiabiertos, pero esta vez por la luz que inunda nuestros cerebros?  Y, otras veces, ¿no nos sucede que las páginas de un diario, en papel o virtuales o un programa de radio o en Youtube, nos permiten darnos cuenta de que nunca antes habíamos sido ciudadanos conscientes y capaces de unirnos en una lucha por mejorar nuestras condiciones de existencia, o al menos impedir que se deterioren más aún, despertando en nosotros la convicción de que sí podemos influir en nuestro devenir como pueblo y como nación?

Es entonces que dejamos de odiar a los manifestantes que antes sólo eran, para quienes conducían un auto, los irresponsables bloqueadores del tráfico de nuestras rutas, adquiriendo a nuestros ojos caras de dignos campesinos, maestros, trabajadores de diversas industrias básicas, mostrándonos la diferencia entre los estudiantes estudiosos que apoyan las marchas, de los jóvenes comprados por oscuros intereses para hacer recaer los vandalismos de éstos sobre los primeros.  ¿No sentimos también que en las tres últimas décadas los mexicanos urbanos hemos aprendido a distinguir los movimientos por reivindicaciones sociales de los movimientos de acarreados por egoístas intereses partidarios a cambio de una torta?  ¿Que hemos conocido lo que pasa en los más recónditos espacios donde viven las poblaciones más ignoradas durante siglos a las que la ética más elemental nos ha inclinado para apoyarlas de diversas maneras?

¿No acaso hemos visto cómo la información veraz, valiente y oportuna de medios como el que nos otorga el doble privilegio de usar este espacio, rescató a los nietos del 68, cuando muchos de los hijos de este movimiento histórico se habían neoliberalizado durante sus estudios en EU?

No sólo de pan vive el hombre, si no de toda palabra que sale de la boca de Dios”, dice el evangelista Mateo y acierta: la palabra de Dios no puede mentir ni ser cobarde ni llegar tarde a los hombres, y no sólo en el Dios de los cristianos sino como representación de la palabra en todas las culturas reales (y aún si hubieren existido o existan algunas anticulturas producto de desviaciones individuales que proclamen el valor de la mentira y del silencio por cobardía, ésta no es la regla en la historia humana).

Por todo ello, hoy afirmo: si es legítimo defender, camaradas colaboradores y trabajadores de base, la fuente de nuestros ingresos, cuánto más lo es defender la palabra que, Jornada tras Jornada, ha informado, convencido y formado a varias generaciones de mexicanos en treinta y tres años. No hacerlo sería una traición a nuestros compatriotas y revelar que, paradójicamente, no supimos leer ni comprender el producto de nuestro trabajo.