La guerra y la paz en el siglo XXI

Pablo González Casanova / Alai Amlatina
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Al empezar un análisis que en algo sea útil a la investigación para la paz es menester aclarar cómo es la guerra hoy y en qué se distingue de las del pasado inmediato. La lucha internacional por la paz que prevaleció en la posguerra puso especial énfasis en los peligros de la guerra nuclear y de la guerra convencional entre las grandes potencias. En los hechos, durante un largo período se dieron la “guerra fría” entre “la democracia” y “el comunismo”, y también los más variados movimientos armados de liberación nacional, unos directa o indirectamente vinculados a las potencias “comunistas” y otros a un “tercer mundo” cuya máxima expresión se dio en Bandung.

A la competencia entre la URSS y Estados Unidos por aumentar el poder nuclear de uno contra otro, en medio de altibajos dramáticos en los descubrimientos de una y otra parte, se añadió una guerra ideológica que puso en el centro de las persuasiones y las persecuciones al comunismo y el anticomunismo, con purgas de un lado, y cacerías de brujas, de otro, que pasaban de exaltar las bondades del socialismo o la democracia a castigar pública y penalmente a los disidentes. Tal vez lo que más distinguió a la “guerra fría” de la actual fue la lucha entre dos sistemas, el capitalista y el socialista, y tanto su impacto en las luchas de liberación nacional como en la posterior restauración del capitalismo y triunfo del capitalismo y del llamado “mundo libre”.

Durante ese período, en las guerras por mantener su dominio, los antiguos países coloniales e imperialistas siguieron varios tipos de políticas, unas de contrainsurgencia, golpes de estado, intervención militar abierta y encubierta, y otras de descolonización formal y relativa que dio creciente importancia a la categoría de la “dependencia”. En todos los casos se emplearon políticas combinadas de cooptación y represión, y la vieja teoría de “La zanahoria y el garrote” amplió considerablemente sus experiencias.

Al mismo tiempo, varias metrópolis del mundo capitalista impulsaron el Estado social o Welfare State, que en buena parte fue una formidable arma de guerra, al ofrecer a buena parte de los trabajadores obtener por la paz lo que otros querían por la guerra. El keynesianismo se volvió un gran paradigma, apoyado por notables economistas y por socialdemócratas y numerosos líderes progresistas del tercer mundo.

La estructuración del “Estado social” o “Estado providencialista” se basó en políticas de impuestos crecientes al capital con las que éste por otra parte logró que aumentara la capacidad de compra de la población al tiempo, que ganaba el apoyo de buen número de trabajadores, pues éstos veían en la vida diaria cómo aumentaban sus salarios en servicios y derechos con la salud pública, la educación pública y la seguridad social que los gobiernos les proporcionaban, y con la creciente fuerza de sus organizaciones sindicales y electorales.

En el “Estado de bienestar” o “providencialista”, la política constituyó un gran apoyo a la socialdemocracia como forma de lucha pacífica que, entre presiones y negociaciones, parecía asegurar en lo inmediato y en el curso del tiempo importantes triunfos a los ciudadanos y a los trabajadores del “mundo libre”. Era, no sólo en palabras, sino “en hechos” un poderoso argumento en la “guerra fría” contra las dictaduras “comunistas”.

Al mismo tiempo, en la periferia mundial, las grandes potencias combinaron sus políticas de “desarrollo económico social” con otras muchas “intervencionistas” y golpistas, que aplicaron alternativa o simultáneamente, mientras, al mismo tiempo acumulaban experiencias y conocimientos técnicos sobre estrategias, tácticas y modelos de guerra contrainsurgente que dominarían cada vez más en América Latina, África, el Medio Oriente y Asía.

Las políticas más sofisticadas de contrainsurgencia no sólo acumularon conocimientos directamente vinculados con la combinación de las políticas sociales y las políticas de guerra. También permitieron a las grandes metrópolis de Occidente cobrar conciencia de la importancia que iba teniendo un hecho largamente conocido. En la mayoría de los movimientos rebeldes, buena parte de sus dirigentes, cuadros y clientelas, tras la toma del poder pasaban a integrar una “nueva burguesía” con variadas tendencias a la “colusión” y la “corrupción”. Así, las potencias imperialistas fueron actualizando una nueva política de la recolonización y la restauración en que se redujeran sus concesiones sociales y al desarrollo.

En los antiguos países coloniales, semicoloniales o formalmente independientes surgió a su vez una nueva estructuración de burguesías y oligarquías locales cuyo peso fue aumentando conforme se integraban a la misma nuevos contingentes, miembros que venían de las propias filas rebeldes. Semejante tendencia se dio también en los países del socialismo de Estado, aunque en formas más veladas, y entre denuncias de los propios revolucionarios y de autores muy serios, cuyas críticas era difíciles de convalidar, dada la furiosa “guerra fría” que libraban los propios medios intelectuales de Occidente, y la identificación que de sus críticos hacían los partidarios del socialismo y el comunismo, acusándolos de agentes y plumíferos del imperialismo, ofensiva por demás exitosa. Más tarde a muchos tomaría de sorpresa la franca restauración del capitalismo en Rusia, China y el inmenso campo socialista, un fenómeno que ocurrió desde la segunda mitad del siglo XX y se hizo patente y público con Gorbachov en Rusia y con la llamada Revolución Cultural en China. En ambos casos –con las necesarias variantes– las grandes potencias aplicaron renovadas políticas de cooptación, colusión y corrupción, así como las de divisionismo y desestabilización, de individualismo, clientelismo o populismo. Pero la indudable responsabilidad recayó en quienes de la dictadura del proletariado en muchos casos hicieron una nueva tiranía.

El proceso revolucionario de los movimientos nacionalistas, comunistas, socialistas llegó en un momento dado, a volverse presa fácil de las políticas golpistas –violentas y pacificas– que llevaron al neocolonialismo de la “dependencia”, y a impulsar y lograr la restauración del capitalismo en el “campo socialista” –con excepción de Cuba y su heroica capacidad de resistir un bloqueo y asedio que lleva más de medio siglo–. Tras un período de lógica progresista que impulsó durante varias décadas las políticas de “desarrollo” contra las del nacionalismo revolucionario y el socialismo, la nueva política de las fuerzas triunfantes, en metrópolis y periferias, fue la implantación de la globalización neoliberal, encabezada por Estados Unidos, y por los países de la OTAN, bajo la preeminencia de Alemania y Francia, con Inglaterra como mancuerna entre Norteamérica y Europa Occidental.

El fin del “Estado social” correspondió también al fin de la política “desarrollista”, y ésta fue sucedida por la política neoliberal, agudizada en los países dependientes para la desestructuración y destrucción del precario Estado social, que habían logrado, de las empresas extractivas, de las industriales, comerciales y de servicios, de las instituciones educativas, que habían alcanzado grandes progresos no sólo en la alfabetización de los pueblos sino en la educación a todos sus niveles de conocimiento, que en el terreno de la investigación científica y humanística les habían permitido ocupar posiciones de punta en numerosas áreas. Si un desarrollo semejante y en muchos casos superior se había dado en los países dominados por el socialismo de Estado, tras que éstos restauraron el capitalismo de Estado, los principales continuaron impulsando muchos de sus antiguos logros, en particular los que son útiles a las corporaciones del desarrollo nacional de Rusia, China y los antiguos países del Este de Europa que dejaron de ser parte de la Unión Soviética. De otro lado en las áreas del mundo periférico y dependiente, codiciadas o ya controladas por las grandes corporaciones metropolitanas serían éstas las beneficiarias y nuevas propietarias de los recursos y empresas de su interés, mientras impulsarían con frecuentes golpes de estado y con la corrupción y represión macropolítica ampliada, de la cooptación, el crecimientos de las empresas multinacionales y transnacionales, unas y otras impulsoras de la subrogación con pequeñas empresas en que los trabajadores son explotados sin límite y que darían al traste con los variados avances sociales, económicos, culturales y políticos logrados en varios países durante el período anterior.

Fue así como se inició el período de la guerra y la paz en que vivimos, con algunas características y tendencias de carácter general. La primera de ellas es resultado del comportamiento de las nuevas burguesías surgidas de los propios movimientos emancipadores. Siendo más o menos contradictoria en relación a la globalización neoliberal, en la mayor parte de los casos atrajo a la mayoría de las viejas y nuevas oligarquías, y a los antiguos líderes “revolucionarios” y sus descendientes.

Así se dio un inmenso viraje entre el ideal buscado, y el fenómeno resultante de acumulación original o por despojo, de oportunismo y sumisión en que incurrieron numerosos dirigentes antes dizque revolucionarios, y sus estirpes o sucesores. Si en muchos de ellos ya se había dado un comportamiento cada vez más contradictorio –represivo, acumulativo– éste se acrecentó de un modo impresionante. Si muchos de sus gobiernos en los últimos tiempos mostraban un comportamiento cada vez más contradictorio en las políticas del Estado social y nacional con más o menos éxito en el logro de niveles de desarrollo sustentable, industrial, cultural, económico y político (no por ello menos desigual) al mismo tiempo su creciente dependencia de préstamos impagables y otras irregularidades se tornaban cada vez más evidentes, con crecientes reacciones y protestas populares y de las clases y sectores medios que en muchos países serían acalladas por las fuerzas militares.

Las variaciones que se dieron en el largo período de la posguerra anterior al neoliberalismo llevan también a destacar el hecho de que en muchos de esos países se formaron amplios sectores medios, “clases medias” con niveles educativos y culturales de que sus antepasados carecían. Esos cambios siendo estructurales se volvían cada vez más incosteables e inaceptables para el empresariado nacional y extranjero, pues al mismo tiempo se hallaban en creciente crisis moral y política muchos de los líderes populistas de sindicatos, uniones campesinas y partidos, en México llamados “charros” que eran parte de un estilo de gobernar decadente, y cada vez más contradictorio.

Un proceso semejante al de los países en desarrollo del “Sur del Mundo” o del “tercer mundo”, se dio en los países del “socialismo de Estado” dirigidos por partidos comunistas. Los procesos revolucionarios y contrarrevolucionarios, heroicos unos y autodestructivos otros, se dieron en Rusia, China y el campo socialista, en sus países o regiones metropolitanos y periféricos. Los obstáculos y tropiezos unas veces surgieron por haber alcanzado altos niveles de desarrollo y sentir el freno que a sus capacitaciones daba el socialismo de Estado encabezado por rusos y chinos, y otras por haberse iniciado desde arriba y por los propios patronos del Estado llamado socialista, un proceso contrarrevolucionario que los llevó a la restauración abierta del capitalismo y que a fin de cuentas acabó con la URSS y con la República Popular China.

En los hechos, la restauración del capitalismo correspondió a la mayor “acumulación original” o por desposesión y despojo en la historia de la humanidad, y abrió una nueva etapa en la lucha por la paz y en las características de una guerra que a nivel mundial hoy ya no se da entre estados capitalistas y estados socialistas, o estados que con la liberación tengan como proyecto implantar un verdadero socialismo.

La tragedia no sólo abarcó a las grandes potencias del Este que emprendieron el camino al socialismo sino también a los países y pueblos del Sur y de la inmensa y creciente periferia. El triunfo del capitalismo corporativo en el mundo entero, desde Rusia hasta China y desde Vietnam hasta Yugoeslavia, con la rara y significativa excepción de Cuba, cambia radicalmente tanto el sentido de la guerra como el de la lucha por la paz.

De hecho, ya desde antes de la caída abierta, los servicios de inteligencia de Estados Unidos habían logrado entre otros acuerdos, uno con China que está relacionado con las nuevas características de la “Larga Guerra” a que se refiere hoy la política del Pentágono. Los encuentros de Kissinger con Mao Tse-tung hacia finales de los 60 son sin duda origen de las luchas que se dieron entre los comunistas pro-soviéticos y los maoístas. En esas luchas se insertaron los provocadores con acciones a menudo sangrientas, y que entre otros triunfos de sus ofensivas desestabilizadoras lograron la caída de Salvador Allende y el ascenso de Pinochet, lo que significó, por un lado, la última derrota que el mundo ha vivido del camino pacífico al socialismo y por otro, el inicio a nivel mundial de la nueva guerra contra el Estado social, contra el nacionalismo revolucionario y sus legados, e incluso contra el desarrollismo, antes auspiciado por las grandes potencias occidentales.

El gobierno del golpista Pinochet fue de hecho el primer ensayo sangriento del neoliberalismo globalizador, de la desnacionalización y la privatización de bienes y servicios públicos, de propiedades y recursos nacionales, sociales y comunales, financieros, económicos, culturales y educativos de los países periféricos. Pocos años después, Margaret Thatcher, más tarde baronesa de Kestevok, en su dignidad de primer ministra del gobierno inglés –y haciendo prueba de su elogiada “mano de hierro” Margaret Tatcher dio inicio al neoliberalismo en los países metropolitanos. El neoliberalismo globalizador era otra guerra o un conjunto de medidas político- económicas que partían de la guerra y desataban la guerra.

Todos los hechos confirman que en esos tiempos empezó la nueva guerra-paz en que vivimos, distinta a la que se dio durante la “guerra fría”, y en la que obviamente triunfaron los países capitalistas. Si en esta nueva guerra destacan los ataques financieros junto y por encima de los militares, se trata de una guerra integral que ha pasado a la ofensiva y que no sólo dispone del notable desarrollo de los sistemas complejos autorregulados, orientados a fines, adaptables y creadores, inteligentes, de primera y segunda generación, con ésta que corresponde a la conciencia de los errores cometidos por el sistema y que el sistema debe corregir para lograr sus objetivos. No sólo dispone de ellos sino de una economía política de guerra –empíricamente comprobable– que en la toma de decisiones aplica, con todo el rigor y la fuerza de que disponen los “complejos empresariales-militares-políticos y mediáticos” a los que el propio Eisenhower, en su último discurso como presidente, consideró como una amenaza para la democracia, y eso, con las limitaciones con qué él entendía la democracia.

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