Cuando un amigo se va 

Edgar Celada Q. / Siglo 21
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Perdonará el cantautor Alberto Cortez el uso, en préstamo, del título de una de sus más sentidas composiciones, para dedicarlo al camarada, al amigo, al ser humano excepcional que nos dejó el viernes 9 de junio: Carlos Orantes Tróccoli. Discreto por vocación, acaso por herencia de largos años de clandestinidad, acaso como estrategia de sobrevivencia en una sociedad cada vez más enferma de liviandad, el intelectual antigüeño lo fue hasta en la enfermedad y la muerte: muy pocos supieron, a la distancia y fuera de su círculo íntimo, de su agonía. Así lo pidió a su familia. “Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”, dice el trovador hispano-argentino.

Afirmación que aplica en el plano personal pero que, en perspectiva social, puede ser aún más pertinente para el caso de una persona como Carlos Orantes Tróccoli. No hay duda: Guatemala perdió con él a un pensador de altos vuelos, de gran capacidad analítica y de una versatilidad discursiva deslumbrante.

“Orantes Tróccoli nunca tuvo espacio para la deslealtad o la apostasía: fue un militante consecuente con la causa a la cual dedicó los mejores años de su vida”.

Según escribió Édgar Ruano, “en otro país con una historia menos azarosa y violenta, con una clase dominante menos retrógrada, su destino quizá hubiera sido el de un brillante intelectual progresista, dirigente político democrático y quién sabe si no hubiera sido electo a algún cargo público”.

Pero no fue así, continúa Ruano Najarro: “le tocó vivir, como a toda su generación, la larga noche iniciada en 1954 y tomó la opción, como todos sus contemporáneos de clase y de ideas, de incorporarse a las luchas nacionales populares, en los rigores de la clandestinidad”.

No hay espacio aquí para detenerse en esta faceta de su vida, acaso la más intensa y cuya reconstrucción es un desafío para investigadores serios del movimiento revolucionario en Guatemala. Baste decir que aun en las más difíciles condiciones de clandestinidad, o en el páramo de la incomprensión partidaria, Orantes Tróccoli nunca tuvo espacio para la deslealtad o la apostasía: fue un militante consecuente con la causa a la cual dedicó los mejores años de su vida.

Pregunté alguna vez, en México, a José Manuel Fortuny, por qué no volvía a Guatemala dada la inminente finalización de la guerra. “No vuelvo porque Guatemala me queda pequeña, temo asfixiarme en el desierto intelectual”, respondió quien fue uno los principales asesores del presidente Jacobo Árbenz y ocupó la secretaría general del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT).

Fortuny optó por morir en el exilio mexicano. Sebastián / Eugenio (nombres usados por Orantes Tróccoli en el PGT) optó por el exilio interno, por la modestia y la presencia discreta, a veces extremas. “Yo soy un jute”, le escuché decir más de una vez, ataviado con su cachucha y sus trabas de ciclista, en el que se mimetizaba para burlar la feroz búsqueda que de él hacía la G2. Como a Fortuny, a Carlos Orantes Tróccoli, Guatemala le quedó dramáticamente pequeña.

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Para leer a Carlos Figueroa Ibarra sobre Carlos Orantes Tróccoli:

http://lahora.gt/siempre-carlos-orantes-troccoli/