La CIA y la “diplomacia” mexicana

Julio Hernández López / Astillero / La Jornada
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¿A qué vino a México, a principios del mes en curso, Michael Richard Pompeo, el director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, parapetado tras la figura del general John Kelly, el secretario de Seguridad Interior de ese país, quien concentró los micrófonos y los reflectores, dejando a la sombra la extraña aparición del jefe gringo del espionaje y las operaciones internacionales encubiertas?

La doble visita inquietante se mantuvo en México luego de saludar a Enrique Peña Nieto y que éste volara a Europa para una visita a París y una reunión del G20, que incluiría una sesión de media hora con Donald Trump. En ausencia de Peña, los interventores Kelly y Pompeo sostuvieron reuniones con diversos secretarios de Estado y directores de oficinas como el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen). Kelly informó algo protocolario respecto de los objetivos del peculiar viaje; no así Pompeo.

Sin embargo, durante un foro sobre asuntos de seguridad, el director de la CIA rompió la discreción y se refirió con suficiente franqueza a dicha visita a México (el republicano Pompeo es congresista, desde 2001, representando a un distrito de Kansas; es miembro del Tea Party y de la Asociación Nacional del Rifle; empresario dedicado al suministro de material aéreo para fines comerciales y militares).

En una sesión de preguntas y respuestas, Pompeo habló de más, según se reproduce a continuación, con comentarios astillados que van entre paréntesis: “Cada vez que tienes un país tan grande, y con la capacidad económica de un país como Venezuela (sobre todo, ¿la capacidad de producción petrolera?), Estados Unidos tiene profundo interés en garantizar que el país esté tan estable y democrático como sea posible (intervencionismo descarado: “garantizar” lo que no le corresponde decidir a EU). Así que estamos trabajando muy duro para hacer eso (se ha notado, en términos de desestabilización, ese trabajar “muy duro”). Yo siempre tengo cuidado cuando hablamos de Sur y Centroamérica y la CIA. Hay muchas historias. Así que quiero tener cuidado con lo que digo (tanto “cuidado” tuvo Pompeo que terminó siendo indiscreto), pero basta señalar que estamos muy optimistas de que puede haber una transición en Venezuela, y nosotros –la CIA–, está haciendo lo mejor de sí para entender la dinámica allá, para que podamos comunicársela a nuestro Departamento de Estado y otros, los colombianos. Acabo de estar en Ciudad de México (el viaje de la primera semana de julio, junto con el general Kelly), en Bogotá, la semana antepasada, hablando sobre este tema precisamente, intentando ayudarles a entender las cosas que podrían hacer para lograr un mejor resultado para su rincón del mundo y nuestro rincón del mundo” (versión tomada del diario colombiano El Espectador).

Las palabras del director de la CIA son notablemente claras. Esa agencia trabaja “muy duro” en “garantizar” que en Venezuela suceda lo que a Estados Unidos conviene y, en ese contexto de abierta injerencia en los asuntos del país sudamericano, Pompeo habló “sobre este tema precisamente, intentando ayudarles”’ a las autoridades colombianas y mexicanas a que entendieran “las cosas que podrían hacer” para ajustarse a los planes y la visión estadunidense. Eso, en política, y, sobre todo, con el jefe de la CIA como operador, se llama ponerse de acuerdo, o conspirar.

Como era de esperarse, el gobierno de Nicolás Maduro denunció la confesión injerencista. Como era de esperarse, Colombia y México desestimaron el asunto. En un comunicado, bajo la responsabilidad de ambos países, se elude responsabilizar a Pompeo de las declaraciones esclarecedoras y se culpa a la administración venezolana de conducirse sin verdad y de difundir información falsa, como si Caracas hubiera forzado al jefe de la CIA a hacer las declaraciones arriba citadas.

Y, para confirmar, hora tras hora, que el actual gobierno mexicano constituye un instrumento más de los titiriteros con sede en Washington, ayer las secretarías de Relaciones Exteriores y de Hacienda y Crédito Público anunciaron el seguimiento en automático de las disposiciones de Estados Unidos contra 13 funcionarios y exfuncionarios venezolanos. El responsable directo de este vergonzoso pasaje de la diplomacia mexicana es Luis Videgaray Caso, a quien se ha llamado en esta columna el canciller de Troya y ha sido un obediente ejecutor de maniobras contra Venezuela, en particular en la Organización de Estados Americanos (OEA), donde el mexicano encabezó diversas acciones en busca de castigar y aislar al régimen de Maduro.

El primer párrafo del comunicado de SRE y SHCP es de un servilismo extremo: “Con respecto a las sanciones anunciadas por el gobierno de Estados Unidos a diversos funcionarios y exfuncionarios del gobierno de Venezuela por menoscabar la democracia y los derechos humanos en dicho país, así como por participación en actos de violencia, represión y corrupción, el gobierno de México, por conducto de la SHCP, informa que procederá en consecuencia, de conformidad con las leyes y convenios aplicables en la materia”. Es decir, México asume como propios los criterios subjetivos de Estados Unidos respecto al citado “menoscabo” (como si México no viviera una catástrofe en esos mismos temas) y respecto a “actos de violencia, represión y corrupción” (el peñismo: candil manipulado de Venezuela y terrible oscuridad criminal en casa).

Más allá de las consideraciones que se tengan sobre la crisis venezolana, su origen y consecuencias; más allá de la valoración que se tenga sobre el gobierno de Nicolás Maduro, resulta lamentable, vergonzoso y peligroso el nivel de sometimiento de la administración Peña-Videgaray a los dictados de la Casa Blanca y conexos.