Politización del crimen 

José Antonio Crespo / El Universal
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Los partidos y sus seguidores suelen quejarse de la politización que siempre se genera a raíz de algún nuevo escándalo de corrupción, o peor aún, de complicidades u omisiones frente al crimen organizado. Pero eso, que suele despreciarse como una jugada sucia, es parte del entramado democrático. La democracia, con su pluralidad política y partidaria, fue pensada justo para que los partidos se vigilen entre sí, y denuncien a sus rivales cuando incurran en algún tipo de ilícito o abuso del poder. La motivación de ello desde luego, es política; en la medida en que el partido infractor pierde credibilidad y votos, los partidos acusadores pueden beneficiarse de ello. Éticamente puede verse mal, pues con frecuencia (casi siempre) los partidos acusadores han incurrido en algún momento en aquello que denuncian. Pero en México el problema no está en la politización del asunto (siempre y cuando refleje la realidad comprobable), sino que todo queda en eso; se preserva, salvo excepciones, la impunidad de los involucrados.

Y como no hay partidos inmaculados (aunque todos presumen de serlo), a unos y otros les toca ser los acusados en algún momento. Ante lo cual tienen dos opciones; A) Admitir (en su caso) que su militante podría haber incurrido en un acto de corrupción (u omisión), exigiendo una investigación profunda e imparcial, y que se aplique “todo el peso de la ley, caiga quien caiga”, como suelen decir solemnemente. Y desde luego, tiene todo el sentido expulsar a tal sujeto del partido en cuestión para al menos minimizar el costo político. Es lo que prevalece en las democracias eficaces. B) La otra opción es ponerse a la defensiva. Apoyar al correligionario infractor insistiendo en su inocencia (pese a los indicios o  evidencias que haya), y denunciar que las acusaciones sólo responden a una campaña sucia por parte de los rivales. Es la receta más utilizada en México, y pone en evidencia que el partido que así reacciona es democrático e impulsor del Estado de derecho… sólo de dientes para afuera, pero en la realidad tolera la corrupción y promueve la impunidad de los suyos.

En los últimos meses hemos visto pagar costos políticos a varios partidos, a veces con efectos electorales. En 2016 al PRI le costó cara la gigantesca corrupción de varios de sus gobernadores, que hasta antes de la elección de ese año había sido tolerada por el partido mismo (y el gobierno federal).  A ese partido no le quedó más remedio que actuar con cierta responsabilidad, aceptando el hecho, expulsando de sus filas a los infractores y promoviendo la investigación y procesos correspondientes (era lo más racional). Pero esa actitud es selectiva; sólo lo hace en casos extremos y con límites. En muchos otros actúa como siempre; volteando a otro lado y aduciendo que las acusaciones son parte de una campaña en su contra. Lo de sus gobernadores corruptos, y la preservación en el gabinete de Gerardo Ruiz Esparza, le costará al PRI que nadie crea en su discurso “anticorrupción”. Y le generará una gran obstáculo para remontar su tercer sitio en las intenciones de voto (por lo cual intentará comprar la elección de 2018, como lo hizo exitosamente en el estado de México).

También habrá un cierto costo para Miguel Mancera por el asunto de Tláhuac, y por ello intenta minimizar el daño insistiendo en que lo que hay ahí es una banda, más no un cártel. Habrá quizá también costo para Morena, cuyo delegado no sólo arrastra una trayectoria bastante cuestionable, sino que hay indicios de su complicidad con la “banda” del Ojos. Su partido optó ahora por la alternativa de la negación y la victimización (es la más frecuente también en Morena). No es que su delegado haya sido omiso o, peor aún, cómplice del crimen organizado en Tláhuac, aseguran; es sólo que como López Obrador sigue en la punta de las encuestas, sus rivales están sumamente preocupados e inventan cuanta calumnia se les ocurre. Lo importante, más allá de los costos políticos a uno u otro partido, es aclarar con precisión las cosas y castigar a los responsables, sea del signo que sea. Sólo que eso casi no ocurre.