Terrorismo golpista

Miguel Ángel Ferrer / Economía y política
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Como es del dominio público, el pasado 27 de junio fue secuestrado un helicóptero gubernamental, y desde el aparato fueron lanzadas varias granadas y disparos de armas de fuego contra los edificios del Tribunal de Justicia y del Ministerio del Interior. Por fortuna o calculadamente no hubo heridos ni víctimas fatales.

Por medio de las redes sociales, el autor del ataque se reconoció como responsable de los hechos y llamó a un levantamiento armado contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro.

De estas informaciones plenamente verificadas pueden desprenderse algunas reflexiones. Primeramente que se trató de actos delictivos que, por su gravedad, pueden ser calificados de criminales: secuestro de aeronave, daños a bienes públicos, llamado a la insurrección armada, tentativa de multihomicidio y terrorismo.

Ante la indisimulable gravedad de los sucesos, el presidente Maduro llamó a la alianza opositora Mesa de Unidad Democrática (MUD) a deslindarse de los hechos y a condenarlos enérgicamente. Pero la MUD, por boca del dirigente Henrique Capriles, celebró el ataque y lo consideró un “aliciente” para continuar con los esfuerzos por derrocar al gobierno venezolano.

Hasta aquí los hechos. Pero cabe preguntarse qué se buscaba con el ataque armado. Obviamente, y en las propias palabras de Capriles, se trató de un eslabón más de la cadena de actos violentos que buscan derrocar a Maduro.  Pero ¿sólo se trató de un acto propagandístico? ¿O fue una provocación para obligar a Maduro a la realización de acciones represivas? ¿Fue un equivalente del tanquetazo del 29 de junio de 1973 en Chile, al que dos meses y medio después siguió el pinochetazo? ¿Se buscaba generar una escisión en las fuerzas armadas para pavimentar el camino a un golpe de Estado militar?

¿O acaso fue una muestra de desesperación por cuenta de la MUD ante el evidente fracaso de la prolongada violencia callejera que pretende derrocar a Maduro y frente a la constatable pérdida de gas de la masividad de las manifestaciones antigubernamentales? ¿O fue una planeada combinación de todos estos propósitos a fin de hacer un recuento de las fuerzas insurreccionales y de la fortaleza del gobierno madurista?

Sea de ello lo que fuere, es evidente que el helicopterazo tuvo y tiene saldos negativos para Estados Unidos, para la MUD y para otros grupos insurreccionales. Primeramente, porque salvo los elementos más exaltados e irracionales, como Capriles, por ejemplo, la población reprueba y rechaza el terrorismo, modalidad superior de la violencia.

En segundo término, porque la condena a esa forma de terrorismo insurreccional y golpista ha sido duramente condenada por la sociedad venezolana y por la comunidad internacional. En el helicopterazo los golpistas se quedaron solos y, sobre todo, aislados.

Un tercer saldo negativo fue la falta de respaldo de alguna o algunas unidades militares que hicieran pensar a los golpistas que podría sumar soldados y armas a sus propósitos de insurrección y golpe de Estado. No parece, en consecuencia, que el helicopterazo sea una réplica del tanquetazo contra el gobierno del presidente Salvador Allende.

Pero en cualquier caso, los sucesos del 27 de junio deben ser valorados como un aviso y una constatación de que la MUD no renunciará a la violencia criminal con tal de tumbar a Maduro. Y frente a estas constataciones no queda sino reforzar la defensa contra los propósitos insurreccionales y golpistas de la MUD y de sus mandantes en Washington.

 

 

Videgaray y los mensajes de Cancún

Miguel Ángel Ferrer / Economía y política
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Al término de la reunión de la OEA en Cancún en la que fue derrotada la propuesta yanqui-mexicana de intervenir en los asuntos internos de Venezuela, incluida, desde luego, una intervención militar extranjera, el canciller mexicano Luis Videgaray dijo públicamente, sin poder asimilar la derrota, que “no es poca cosa que 20 países de la región sostengan que en Venezuela se ha roto el hilo constitucional. Y que este mensaje debería ser escuchado en Caracas”.

Pero aunque Videgaray no pueda verlo y menos aceptarlo, el mensaje de Cancún es otro y muy distinto al que asume el vapuleado canciller. El verdadero y satisfactorio mensaje de Cancún es que 14 países latinoamericanos y caribeños no aceptaron actuar como vasallos de Estados Unidos.

El verdadero mensaje es que 14 países fueron capaces de resistir las presiones, las amenazas y los chantajes de Estados Unidos. Que 14 naciones actuaron con la dignidad, el decoro y el respeto que se deben a sí mismas. Que 14 gobiernos justipreciaron cabalmente el valor de su propia soberanía e independencia. Y esto sí que no es poca cosa, aunque Videgaray prefiera mirar para otro lado.

Hubo, sin embargo, otros mensajes no menos significativos. Como la ausencia del canciller estadunidense en la Asamblea. Y no es poca cosa que el patrón se haya ausentado y haya dejado hacer el trabajo sucio a sus serviles 20 empleados, México en primerísimo lugar. Con su premeditada ausencia, Rex Tillerson se ahorró la vergüenza personal de la derrota y les dejó pasar el trago amargo a sus perritos falderos, algunos de ellos auténticas dictaduras criminales disfrazadas de democracias, como por ejemplo Guatemala, Honduras, Colombia y México.

¿Qué le impedía a Tillerson apersonarse en Cancún? ¿Algún asunto urgente del que no hay noticia y que, en la era de las comunicaciones instantáneas, exigía su atención personal in situ? Más bien habría que pensar en que Tillerson olía la derrota. En que sabía o suponía fundadamente que la victoria era improbable, pero que no podía dejar de hacerse el trabajo sucio. El patrón a jugar golf y los sirvientes a pasar vergüenzas.

Incapaz de reconocer la derrota y con mala sindéresis, Videgaray amenaza con proseguir el acoso contra Venezuela. Pero le queda poco tiempo. Entre septiembre y octubre próximos será destapado el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Y entonces las cosas habrán cambiado sustantivamente en México. Para ese momento habrá otro hombre fuerte que, frente a unas elecciones muy difíciles, deberá cultivar una imagen de independencia y libre de derrotas internacionales. Y esto que a un presidente en ejercicio puede, como a Enrique Peña Nieto, no importarle, será de vital importancia para el candidato.

Hubo en Cancún, finalmente, aunque Videgaray no quiera verlo, otro claro mensaje, éste para la ultraderecha fascista de Venezuela: así como la correlación de fuerzas internas no le favorece, Cancún reveló que tampoco le favorece la correlación de fuerzas en el plano internacional. 

Cómo dar un golpe de Estado si no se cuenta con el Ejército. Y cómo propiciar una invasión militar extranjera, ya estadunidense, ya colombiana, ya brasileña, sin contar con el aval de la OEA.

El tiempo juega a favor del chavismo. Para 2018 habrá una nueva Constitución venezolana. Y para entonces también habrán cambiado favorablemente para los revolucionarios venezolanos las condiciones internas.

 

 

Violencia criminal a sueldo en Venezuela

Miguel Ángel Ferrer / Economía y política
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En una fotografía que ya le dio la vuelta al mundo varias veces, publicada en la prensa internacional el martes 13 de junio pasado, se ve a un grupo de encapuchados atacando con piedras y cocteles molotov un edificio administrativo del Tribunal Superior de Justicia (TSJ) de Venezuela. Los atacantes, jóvenes veinteañeros con apariencia y métodos de los tristemente célebres Halcones mexicanos del 10 de junio de 1971, provocaron el incendio de la fachada de la Dirección Ejecutiva de la Magistratura, edificio en cuyos bajos funciona una oficina bancaria, la cual también sufrió daños.

En México es bien conocido el uso de pandillas juveniles violentas a las que se les encomienda atacar edificios públicos y privados, destruir unidades de transporte público, mobiliario urbano y hasta monumentos con valor histórico o recreativo. Ésta es una de las más socorridas tácticas de la derecha para generar la imagen de caos social. Y también, desde luego y sobre todo, para provocar una respuesta represiva de las autoridades que dé pie al incremento de la violencia, ahora aparentemente justificada por una represión excesiva y, si se puede, sangrienta y mortal.

En el caso venezolano, y a pesar de las múltiples provocaciones de los halcones y los guarimberos, típicos lumpen proletarios, el gobierno del presidente Nicolás Maduro no ha caído en las provocaciones de los piquetes de golpeadores, destructores, incendiarios e incluso asesinos que simulan, contra toda evidencia documental y gráfica, ser opositores democráticos a un gobierno al que acusan falsamente de autoritario.

Las imágenes del ataque incendiario a las oficinas del TSJ ha sido, como diría el clásico, más que un crimen, un error. La oportuna imagen periodística muestra claramente el origen, naturaleza y métodos de las supuestas manifestaciones populares contra el gobierno de Maduro. Vándalos, criminales, porros, golpeadores, incendiarios  y asesinos a sueldo presentándose como pueblo.

Ahora, luego de más de dos meses de violentos disturbios prefabricados, le va a resultar más difícil a la oligarquía venezolana y a la putrefacta OEA (Organización de Estados Americanos) presentar como manifestantes populares y pacíficos a los piquetes de guarimberos, prototipo de la violencia criminal a sueldo.

A este severo golpe a la ya muy cuestionada credibilidad de la OEA y de Luis Almagro, el corsario que la comanda, se suma otro de igual poder demoledor político, social, cultural y mediático.

Como se recordará, la OEA y Almagro habían organizado un cónclave antivenezolano en las instalaciones de la prestigiada Universidad Iberoamericana. Pero el rector de la institución, el sacerdote jesuita David Fernández, salió públicamente al paso de esas pretensiones y cuestionó la concepción formalista de democracia que defiende la OEA.

“La democracia que hemos vivido recientemente –dijo el rector– en el estado de México o en Coahuila, o en los comicios presidenciales de los pasados 30 años en México, ¿es la democracia que debe defender la OEA? Esa es una democracia de papel, que avala fraudes e impone la voluntad de las élites sobre las mayorías de los pueblos. ¿Esa es la democracia que impulsa la OEA y en cuyo nombre castiga otras posibilidades de soberanía popular y de gobierno?”.

El asalto incendiario a las instalaciones del Tribunal Superior de Justicia de Venezuela, el fallido cónclave antichavista en la Universidad Iberoamericana y el claridoso discurso del rector Fernández son duros golpes a los propósitos  de derrocamiento del gobierno de Nicolás Maduro.