Sobre el origen de lo que creemos y amamos

Héctor Barragán Valencia
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¿Por qué pensamos que una determinada forma de actuar es correcta o buena y otra es incorrecta o mala? ¿Por qué tenemos preferencia por algunas cosas, que calificamos de bellas, “nice”, y otras nos parecen aberrantes, locas? ¿Por qué en nuestra escala de valores unas cosas las ponemos primero y otras abajo? Lo que guía nuestra forma de entender el mundo y de conformidad con ese entendimiento procedemos, establecemos prioridades y jerarquías, y a partir de ello convenimos normas, reglas de conducta, leyes e instituciones se llama cosmogonía: es el relato fundador de las civilizaciones, cuyo origen lo ocultan milenios y que en virtud de repetir una y cientos de millones de veces es nuestra guía y verdad indiscutible e indefectible.

 

La única manera de entender el origen del mito o relato fundador del mundo occidental y desentrañar los conceptos que construyen la visión del mundo es mediante la historia de las ideas políticas. El viaje es fascinante, pues nos permitirá ver la cara descarnada de los intereses creados, fundados en concepciones ingénitas, cual si fueran parte de la naturaleza humana, y por ello perennes e inmutables. Al desentrañar los orígenes y mecanismos de nuestra cosmogonía podremos liberarnos de dogmas y ataduras. Para realizar tan audaz travesía, recurro al enorme y seminal libro de Tomáš Sedláček, Economía del bien y del mal, editado por el Fondo de Cultura Económica.

 

La pregunta crucial para emprender tan excitante aventura es ¿cómo nacieron las ideas que hoy mueven a la economía y en torno de las cuales se creó el corpus de instituciones sociales y políticas que nos gobiernan? Es decir, intentar entender el surgimiento y desarrollo de los relatos ideológicos que cohesionan a las sociedades y sobre los cuales se construyen morales, jerarquías, instituciones leyes y reglas (Nietzsche, Más allá del bien y del mal), me parece que es crucial. Así que, ¿cómo nace el mito fundacional del mundo occidental?

 

Los estudios antropológicos y económicos de Sedláček demuestran cómo los antiguos mitos (historias) dan origen a las creencias y valores que son la base de las instituciones que nos gobiernan. Su búsqueda del origen de las ideas políticas lo lleva a seguir la huella de la primera historia escrita que se tiene registro en el mundo, hace más de cuatro mil años, a saber, el mito del gobernante de Uruk, ciudad de la antigua Mesopotamia, llamado Gilgamesh. La epopeya de Gilgamesh inicia con el intento de edificar un muro con un doble propósito: amurallar a la ciudad para delimitar el mundo civilizado de la vida silvestre y del otro, y en particular para asegurar el control sobre el reino y lograr que los súbditos produzcan más. Para este último fin separa a mujeres y hombres y limita la interacción de los súbditos. Se trata de una especie de proscripción del amor y la amistad. Es la primera manifestación de lo que siglos después se le llamó homo economicus, es decir, el intento por reducir al hombre a un trabajador (robot en el antiguo checo), o a una mercancía cualquiera.

 

Las utopías de todos los signos ven a las relaciones humanas, el arte, la poesía, la literatura, la filosofía, como distractores y enemigos de la productividad y de la eficiencia. Reducir al hombre a una de sus partes, a la económica, es también uno de los ideales de la economía neoclásica, como sostiene Joseph Stiglitz en El malestar de la globalización: los modelos matemáticos tratan “el trabajo como cualquier otro bien (que ingresa al proceso productivo de la fábrica), como el acero o el plástico. Pero el trabajo es diferente de cualquier otro bien”… (p. 10). El prototipo de la ideología neoliberal es el robot.

 

El vestigio que deja La epopeya de Gilgamesh también nos permite ver el momento que se rompe la frontera entre lo sagrado y lo profano cuando el bosque de cedros es secularizado, confiscado a los dioses y degradado a proveedor de materiales. Desde entonces data la idea de que la naturaleza es mero surtidor de materias primas, y que los hombres pueden avasallar el mundo natural. Durante el proceso civilizatorio, que describe esta leyenda, fue domeñada la naturaleza (que en esta fábula encarna el salvaje Enkidu) mediante argucias y trampas. De tal modo que algo maléfico es convertido en benéfico. He aquí la manifestación primigenia de la “mano invisible” del mercado.

 

Siglos después Bernard de Mandeville desarrolla esa idea en La fábula de las abejas: Los vicios privados hacen la prosperidad pública. La tesis de este poema largo, escrito en 1714, es que había una colmena donde reinaba toda clase de vicios: el robo, el fraude, el engaño, la corrupción. No obstante, la nación era fuerte y próspera. Los vicios privados contribuían a la felicidad pública. Sin embargo, se produjo un cambio en las abejas: abrazaron el espíritu de la honradez y la virtud. El amor se apoderó de sus corazones, lo que produjo la ruina de la colmena. Al eliminarse los excesos desaparecieron las enfermedades y no se requirieron más médicos. Como terminaron las disputas, ya no se necesitaron más abogados ni jueces. Las abejas se volvieron ahorradoras y dejaron de gastar: no más lujos, no más artes, no más comercio. Finaliza Mandeville: “La desolación, en definitiva, fue general. La conclusión parece inequívoca: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado. Fraude, lujo y orgullo deben vivir, si queremos gozar de sus dulces beneficios”, (p. 56, Fondo de Cultura Económica, 1982).

 

Esta fábula está hondamente arraigada en la literatura cristiana. Pudo inspirarse en el amargo reproche que San Pablo se hizo a sí mismo: “he descubierto este principio de vida: que cuando quiero hacer lo que es correcto inevitablemente hago lo que es incorrecto”, Romanos 7:21-25. Parece plausible que el pensamiento paulista viniese de la parábola de Jesús, cuando sugiere no arrancar la cizaña porque puede rozarse el trigo. También tiene raíces en la literatura griega, base de la filosofía cristiana. Aristófanes (siglo IV a C) en sus comedias consigna: “Hay una leyenda de tiempos antiguos de que todos nuestros planes tontos y presunciones vanas son atraídos para trabajar por el bien público”. (Comedias III, Gredos Madrid 2013).

 

El mito de la mano invisible conforma, siglos después, la teoría central de la economía política. Adam Smith en la Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (tomo I, p. 23) resume así la filosofía de Mandeville: “Dame tú lo que me hace falta, y yo te daré lo que te falta... Esa es la inteligencia del compromiso… No de la benevolencia del carnicero, del vinatero, del panadero, sino de sus miras al interés propio es de quien… debemos esperar nuestro alimento. No imploramos a su humanidad sino acudimos a su amor propio; nunca les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas…” Sin duda, la idea de la mano invisible es el basamento de la libertad comercial: el egoísmo privado que trae el bienestar público.

 

La historia de las ideas políticas que nos devela el trabajo de Sedláček expone nítidamente el paradigma de la “mano invisible” que ha dado forma a la ideología hegemónica, sus prioridades ontológicas y morales y su accionar en el mundo occidental. Esta historia es la que soporta la idea de la competencia perfecta de los mercados, de la división social del trabajo, del homo economicus racional, calculador, individualista y egoísta que busca su máximo provecho. Una de las varias consecuencias políticas de esta teoría es que hay que limitar a su mínima expresión la intervención pública para que los mercados se desarrollen a plenitud y lleven a los hombres y a sus pueblos a la abundancia, a la prosperidad. No obstante, el Estado no debe ser un ente pasivo sino intervenir activamente en los asuntos públicos para que –mediante la acción de las élites, que deben dirigirlo– forjar las instituciones y leyes que requiere la libertad de comercio.

 

Más recientemente esta ideología recurrió al lenguaje y el ropaje matemáticos. No es algo insólito. Las mismas ciencias exactas tienen, en su origen, un cuerpo doctrinario convencional que va cambiando a cuando surgen nuevas evidencias. Los presupuestos teóricos básicos (paradigmas) son esenciales: por un lado, permiten la comunicación y el entendimiento de la comunidad científica y, por otro, facilitan el desarrollo de la investigación. Estos supuestos son cuestionados cuando aparecen nuevos hechos y obligan a replantear el paradigma.

 

Mediante la apropiación del teorema de Pareto los ideólogos neoliberales pretenden soportar la utopía del libre mercado como entidad infalible, omnisciente y omnipresente. Bajo supuestos teóricos, alejados de la realidad, presuntamente se demuestra que la demanda total de una economía es igual a la oferta total, que por tanto siempre hay un equilibrio. De este modo, el mito de la “mano invisible” deviene en cierto. Así se ha pretendido probar científicamente que el egoísmo y el cálculo racional del individuo son los cimientos del bien común.

 

Los estudios de Stiglitz, que le valieron el Premio Nobel de Economía 2001, sobre la asimetría de la información entre los participantes de los mercados mostraron que sólo bajo circunstancias excepcionales los mercados son eficientes. Inclusive en un mercado competitivo, el reparto entre oferta y demanda no es necesariamente Pareto eficiente, es decir, no existe en el mundo real un equilibrio entre oferta y demanda, por lo cual los mercados no pueden autorregularse.

 

¿Adónde nos llevó este mito fundador? En palabras del filósofo Norberto Bobbio: “Un sistema que no conoce otra ley más que la del mercado, que por sí mismo es completamente amoral, basado en la ley de la oferta y la demanda, y en la consecuente reducción de cualquier cosa a mercancía, con tal de que esta cosa, llámese dignidad, conciencia, el propio cuerpo, un órgano del propio cuerpo, y ¿por qué no?, ya que estamos hablando de un sistema político como la democracia que se rige por el consenso manifestado por el voto, el voto mismo, encuentre quién esté dispuesto a venderlo y quién esté dispuesto a comprarlo. Un sistema en el que no se puede distinguir entre lo que es indispensable y lo que no lo es. Partiendo de la soberanía del mercado ¿cómo se puede impedir la prostitución y el tráfico de drogas? ¿Con qué argumento se puede impedir la venta de los propios órganos? Y por lo demás, ¿los partidarios del mercado no sostienen que la única manera de resolver el problema de la penuria de los riñones para trasplantar es la de ponerlos a la venta?”

 

La democracia realista de Giovanni Sartori, ensayo que dedicó Bobbio a la crítica de la Teoría de la democracia de Giovanni Sartori. La reproducción del texto se encuentra en Nexos de febrero de 1990. Por último, unas palabras sobre el peso del paradigma de la mano invisible en México: si tomamos los dichos de Mandeville y después de Smith sobre lo maravilloso de dejar hacer, dejar pasar, o lo que es equivalente, los vicios privados son el origen de las virtudes públicas, la profecía no se cumplió en nuestra tierra. No somos el país de la prosperidad y la abundancia pese a que campean todos los vicios inimaginables: mentira, prevaricación, violación a la ley, robo, corrupción, asesinatos, impunidad, etcétera. ¿Es hora de revisar este mito?