Aliarse ¿con quién?

Víctor Orozco
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Las elecciones implican alianzas, por antonomasia. Tanto en los sistemas que establecen una segunda vuelta como en los que sólo existe un momento para votar, como el mexicano. No hay de otra. Porque las sociedades modernas son tan heterogéneas que no existe ningún personaje o partido capaz de representar a todos sus componentes y a la variada gama de intereses económicos, corrientes ideológicas y políticas que existen. Cuando algún partido presume representar a todos, da pie a una dictadura.

De no ser así, en cualquier régimen de competencia electoral, en el curso de las precampañas o campañas se van decantando afinidades y contradicciones. Son raros aquellos comicios donde los votos se repartan en tres o más partes casi iguales, de forma tal que cada uno de los partidos competidores puedan tener posibilidades de ganar. Usualmente es uno o son dos los bloques políticos con opción real de llevarse la mayoría. En México, durante 2006 fueron los encabezados por el PAN y el PRD, en 2012, los del PRI y el PRD. Este hecho presiona aún más a los contendientes para buscar apoyos en otros organismos y candidatos.

Ahora bien, existen alianzas que podríamos llamar “naturales”, porque se realizan entre partidos y corrientes que tienen afinidades ideológicas y políticas desde sus matrices. No por ello, siempre son posibles, pero es normal que partidos de izquierda o de derecha se unan en el terreno electoral, en tanto comparten programas o proyectos generales de largo aliento, siempre que las distancias entre ellos, a veces por razones puramente circunstanciales no crezcan demasiado o las disputas entre sus dirigentes hayan llegado hasta el encono personal.

            Pero, también enseña la experiencia que en ciertas condiciones, incluso se han generado alianzas entre antagónicos, cuando existe un enemigo común bajo cuyo dominio u opresión ninguno puede vivir. Es el caso de los frentes amplios constituidos para derrotar a un régimen autoritario y dictatorial. Una vez cumplida la tarea, cada uno vuelve a su hábitat político y consecuentemente a la disputa por el poder con sus circunstanciales aliados.

Ahora bien: ¿Cómo se ponen en acto las alianzas? Si se pretende que descansen en bases sólidas, con acuerdos claros y compromisos exigibles, es indispensable construir un proyecto común, una especie de sombrilla en el que quepan los aliados, quienes deben estar dispuestos a ceder parte de sus demandas y distintivos a fin de posibilitar la asociación. Hay otro tipo de alianzas, éstas totalmente artificiales, efímeras y fincadas en el puro oportunismo electoral.

Dichas estas consideraciones generales, pensemos en el caso mexicano para las próximas elecciones federales de 2018. El PRI tiene ya su cuadro bien alineado: irá con los satélites ya conocidos. El PAN, con una caída estrepitosa de votos deberá buscar una alianza si no desea repetir la experiencia de 2012, anunciada en las recientes elecciones del estado de México. El PRD puede ir solo, sin esperanza de ganar desde luego, pero tirándole a conquistar un cierto número de curules que le permitan sobrevivir como una fuerza política mediana. Y Morena, la gran novedad política del México actual, podrá también ir sola, (“ayudada” por el Partido del Trabajo), con posibilidad de ganar, según las encuestas hasta ahora.

Dos son las alianzas previsibles y posibles: una del PRD y del PAN. Se trata de un acuerdo entre las dirigencias, en el cual una parte de las bases sociales de ambos partidos estarían ausentes e incluso repudiándolo, si se toma en cuenta las viejas diferencias ahora ya no tan profundas, pensando en que las ideologías y programas de todos los partidos se han desdibujado. A pesar de incomodidades y enojos entre militantes panistas y perredistas, es una alianza ya ensayada y triunfante en varios comicios estatales de los últimos años como Puebla, Oaxaca, Veracruz y Nayarit. Si se realiza esta asociación y logran colocar una buena candidatura ninguna de las que hasta ahora se mencionan, algo casi imposible tendrán posibilidades altas de triunfar en 2018.

            La otra, entre Morena y el PRD. Considerando las premisas comunes de ambos partidos, el ser ramas del mismo tronco, podría esperarse una alianza “natural”. Sin embargo, las divergencias se han acrecentado y como sucede entre los herederos que se pelean por el legado o los divorcios entre parejas, tienden a convertirse en un abismo.

No voy a defender desde luego, a las dirigencias del PRD, nacionales y estatales, del cargo evidente que se les ha hecho de colusión con los gobiernos del PRI y del PAN, tantas veces como ha sido necesario para obtener prebendas y otras ventajas. Tampoco de su oportunismo. Sin embargo, es una total incongruencia decir por parte de Morena que repudia la alianza con el partido del sol azteca en función de estas razones. Con dos argumentos tan simples como contundentes: si el candidato del PRD en el estado de México hubiera declinado a favor de la maestra Delfina Gómez, se habría producido la alianza, sin parar en mientes, por parte de Morena sobre el oportunismo y demás vicios atribuidos al PRD; y dos: ¿Cómo ir entonces de aliados con el Partido del Trabajo, organización mercenaria si las hay? Luego entonces, juntarse con éste y rechazar al primero no es asunto de principios como se dice, sino es una decisión que responde a unas buenas o malas relaciones entre dirigentes, a negociaciones ocultas y por tanto fuera del conocimiento de los electores o a simples rencillas o fobias personales. Cualquiera de estos factores o todos juntos, solo pueden ser instrumentos para alejar los votos, decepcionar a los ciudadanos que están por cambiar este régimen y desprestigiar a los actores políticos.

Desde mi perspectiva y como potencial votante a favor de Morena, entiendo que este partido debe plantear unos breves postulados de acuerdo, aceptables para muchos, afinarlos en el debate y luego negociar la incorporación de distintas fuerzas políticas que los asuman, incluyendo al PRD. Puntos como éstos:

1) Combate radical en contra de la corrupción. 2) Elevación general de salarios reales, como objetivo central de las políticas económicas. 3) Fomento a las inversiones productivas. 4) Defensa del medio ambiente. 5) Respeto a los derechos humanos, incluyendo desde luego los de las minorías. 6) Política internacional independiente y soberana.       

Al último, acompañar cada propuesta con un compromiso específico, que puede ser aprobar ciertas leyes, priorizar determinadas relaciones externas, modificar o crear organismos públicos, etcétera. En otros términos, poner en la mesa abierta, a la vista de todos, cuál puede ser un programa mínimo común y aceptable. E invitar a los posibles aliados a comprometerse con su ejecución. Esto permite que la ciudadanía participe, opine, presione, obligue, descarte. De otra suerte, las alianzas seguirán en el camino tortuoso y oscuro de los conciliábulos entre las cúpulas partidarias, de la arbitrariedad y los caprichos, escondidos bajo el velo de los principios, que lo mismo sirven en estas maquinaciones, para un barrido que para un trapeado.