Todo comenzó en 2008

Lilia Cisneros Luján / Una colorada (vale más que cien descoloridas)
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A todos quienes me han apoyado en este incidente
solo una palabra define mis sentimientos: gracias.

Durante la segunda mitad de la semana llamó la atención de las audiencias, los discursos tanto del secretario de Gobernación, como del comisionado Nacional de Seguridad, asumiendo que sí, la criminalidad ha aumentado –se refirieron a mayo de 2017– aunque sin aceptar que seamos el segundo país más violento del planeta. ¿Qué provocó esta reacción: las afirmaciones del señor Trump? ¿Lo dicho por la embajadora de USA en Veracruz? ¿Los señalamientos de la hoy excanciller de Venezuela en la asamblea de la OEA? O todo en una combinación, en la cual quizá hasta mi cuestionamiento de la anterior semana fueron parte del sabor a coctel de desesperación.

Y dado que mis lectores son ustedes y no los altos dignatarios, le comparto que en una semana de recorrido por las diversas dependencias a donde debo tramitar la reposición de los documentos que me fueron robados –desde tarjetas bancarias, pasando por las credenciales del INE, INAPAM, UNAM, el club deportivo y licencia de conducir, entre otras–, puedo ponerle cuerpo a la molestia popular y a la ausencia de esperanza ciudadana respecto a que las cosas puedan mejorarse.

Procedo a algunos ejemplos: para realizarme la “entrevista de querellante” –en el pasado era levantar una denuncia–, el dicharachero abogado, asesor de alguien en la estructura, de lo que hoy es fiscalía desconcentrada en vez de Ministerio Público se tomó casi cinco horas. Se me explicó que debo esperar que se me indique a que mesa asignaron mi “querella” y, por supuesto, ver si ya se envió al fuero federal, por aquello de las disposiciones fraudulentas que la banda de rateros que operan en toda la ciudad hicieron en el lapso de 30 minutos en tres establecimientos lejanos a donde sustrajeron mi cartera. ¿Será por eso que el señor Osorio Chong, explica que es difícil actuar si en el plano local, los dejan libres para que sigan robando?

Una de las instituciones bancarias a la cual desde el mismo Mega centro comercial estaba reportando el robo de mi tarjeta de crédito, se apresuró a comentarme que la reposición del mismo tendría un costo de 75 pesos, y que yo podría cubrirme para el futuro si en ese momento compraba un seguro –con el costo de 185 pesos– que cubriera en automático la pérdida derivada de futuros hurtos No se supone que parte de lo que cubre la comisión de los servicios bancarios es, además de resguardar su dinero –con el cual pueden hacer préstamos y ganar mucho con diversas operaciones financieras– justamente el darle más seguridad que la que tendría quien esconde en el colchón el producto de su trabajo. Por este tipo de manejo es que la sensación de los usuarios de la banca es la de ser víctimas de usura.

Una mujer en la fila de otra sucursal bancaria que esperaba turno para recibir el duplicado de su tarjeta robada en Walmart, dijo: “Es que de plano todo lo que nos cobran es para seguridad de ellos, no de nosotros los clientes; mi madre tiene 80 años, no sabe nada de computadoras, los ejecutivos cada vez pueden resolver menos asuntos, todo tiene que ser digital y el mismo titular de la Condusef informa que es en lo computarizado donde más fraudes se cometen”.

De seis que esperábamos en otra fila bancaria, dos personas venían por el duplicado de su plástico y el ejecutivo dijo con pesadumbre que “cada vez son más las personas víctimas de robo por delincuentes perfectamente organizados”, a los cuales aun agarrándolos en flagrancia el juez deja en libertad por el mecanismo del nuevo sistema penal acusatorio.

¿Cuándo empezó esto? Sigo cuestionando. Bueno fue en 2008, cuando para estar en armonía con el sistema del libre comercio y los intereses internacionales, México suscribió convenios que nos llevaron a métodos, como el que ahora ha resultado en el aumento de la criminalidad, el de la corrupción –si un funcionario del nivel que sea cobra por no cumplir con lo que mandata la ley y su contrato en realidad es corrupto– y el reforzamiento de la impunidad. Corrupción e impunidad, en las que están involucrados, no solo las autoridades investigadoras y juzgadoras, sino incluso los legisladores, que simplemente copiaron y  pegaron modelos extranjeros para cumplir con algo que todavía no entienden y que no se puede aplicar extra lógicamente en sociedades tan distintas como la sajona y la latinoamericana.

Reconocer que solo el año pasado había 141 millones de tarjetas de débito –muchas de ellas donde se depositan míseras pensiones– y que el número de operaciones con estos plásticos, incluidos las de crédito, se incrementó en 22%, nos da una idea del negocio que es para bandas de criminales organizarse, a fin de distraer “sobre todo a las viejas porque se mueven más lento” en donde hay aglomeraciones, para que luego se trasladen en motocicleta a otro sitio a concretar sus fechorías. ¿Qué hace el personal de seguridad de las tiendas además de avergonzar a clientes a la salida de tales establecimientos? ¿Cuántos personajes con función de protección están coludidos y “casualmente pierden” cintas en las que se ubica a los rateros? La policía investigadora, ¿de verdad investiga o descansa sobre todo en los turnos nocturnos no sin antes darle “tareas” a las víctimas? ¿Por qué el peso de la prevención debe recaer en el ciudadano y no en tantos cuerpos de seguridad –pública y privada– que se pagan con nuestros impuestos? ¿Quién protege a los menores de edad que son usados por la misma familia, para sacar carteras y celulares de las bolsas de comensales?

En medio de tantos problemas cada persona debe además decidir, si lleva o no efectivo, porque si el ratero no puede quitarle nada a lo mejor lo mata o lo golpea y que tal si acude al cajero, además de recordar su clave debe tener presente reglas como: “no permita que alguien se cerque, ponga un pegote sobre los últimos dígitos, vaya acompañado, no lo haga en la noche, manténgase alerta porque estas bandas reclutan: gestores, cobradores, golpeadores, motociclistas…”

¡Claro! Si usted tiene la posibilidad de gastar –los vendedores dicen invertir– un poco más, a lo mejor compra una cámara portátil para el auto, otra para su casa, cambia las chapas, contrata un guarura o de menos un chofer; esperando que no sea él quien secuestre a algún miembro de su familia. ¿Alcanzarán los postes de luz para colgar a todos los responsables de que estemos como estamos?