Qué rumbo para Latinoamérica y el Caribe

Víctor Manuel Barceló R.
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Decíamos que los vientos de cambio de época en la región, son motivo de amplios y variados debates intelectuales y políticos en cenáculos, universidades, partidos políticos e intelectuales genéricos. Se avizoran luchas sociales, de no atenderse de manera puntual las preocupaciones de pueblos y comunidades, así como sus propuestas para resolverlas. Estas son en ocasiones incompatibles con las formas de relación entre la economía vigente, transnacionalizada, y una  sociedad con múltiples facetas, dentro de una naturaleza constantemente alterada por intereses ajenos, en la que se despliegan políticas públicas al servicio de grupos poderosos, vinculados generalmente a determinaciones financiero-mercantiles globalizadas.

Los temas considerados son diversos, destacando los que venimos tocando: avance de las luchas indígenas; la discusión de la revisión hegemónica del desarrollo en función del crecimiento del “extractivismo”; la puesta al día del rostro de la dependencia y las reacciones locales y globales en la región, frente o con ella, que configuran un proceso regional latinoamericano en crecimiento. Decíamos que hay muchos más factores a considerar, pero en ellos se puede englobar lo sustancial del contexto latinoamericano y caribeño.

Hemos visto con cierta profundidad el tema de los pueblos originarios o indígenas. Considero que el resto de la problemática regional –extractivismo como forma de la dependencia, el rompimiento del tejido social en casi todas las naciones, medidas gubernamentales antipopulares, democracia en entredicho y otros–, fueron factores que, con modalidades específicas, dieron impulso al surgimiento del progresismo, para algunos herencia del populismo. Ver:

https://es.wikipedia.org/wiki/Populismo

Cuenta para ello, la decadencia y en algunos casos la anulación del sistema de partidos, la calificación negativa de las instituciones del Estado por parte de los pobladores, un contexto de “antipolítica” impulsado por los medios y grupos interesados, junto al reclamo popular para contar con líderes surgidos de sus filas, alejados de los partidos que determinaron las líneas de política pública por mucho tiempo y que no han podido –por diversos motivos– avanzar en la atención de las demandas populares, en ruta a la transición democrática.

En la región se pasa de regímenes autoritarios –con fuerte presencia militar– a otros de corte más plural. Este cambio no fue sencillo y menos alejado de los intereses imperiales por el control de los países mayores por su extensión, población y crecimiento interno. El instrumento principal para tal control fue la Organización de los Estados Americanos (OEA) en ruta de extinción. Por ello el proceso fue diferente en cada uno de los países, condicionado por: las relaciones entre civiles y militares; el déficit democrático histórico; los riesgos de un retorno al régimen autoritario; por el recuerdo vivido de las víctimas de la represión, la violencia política instaurada y el terrorismo de Estado; la presión internacional y la propia concepción de democracia política, que los actores habían construido. La transición fue de carácter procedimental, bajo las presunciones de que la democracia funciona como un “mercado político”.

Muchos de quienes participaron en la definición de los nuevos regímenes, tenían una concepción más social de la democracia. Sin embargo, la tensión entre democracia política y substantiva se evidenció años más tarde. En el ínterin, los países acordaron las garantías mínimas que serían respetadas: la libertad de expresión, ciudadanía inclusiva, elecciones libres, competitivas y universales, y participación de los ciudadanos organizados en partidos políticos. Elecciones competitivas fueron pronto el indicador más preciso de la instauración democrática:  http://americo.usal.es/iberoame/sites/default/files/alcantara_freidenberg_proceso_politico_vision_comparada.pdf

Los primeros países en realizar elecciones en el marco de la denominada “Tercera ola de democratización” fueron: República Dominicana y Ecuador (1978); Perú (1980), Honduras (1981), Bolivia (1982), Argentina (1983), Uruguay y Brasil (1985); Paraguay, Panamá y Chile en 1989, Haití́ y Nicaragua en 1990. Se considera que El Salvador y Guatemala realizaron las elecciones que se consideran como inicio de la transición siendo las plenamente competitivas, libres y justas, que incluían a todos los grupos políticos en igualdad de condiciones, realizándose tras la celebración de Acuerdos de Paz, en los que participaron actores internacionales. Así, en El Salvador hubo que esperar hasta 1994 y en Guatemala hasta 1996 para hablar de democracia. Ver: http://html.rincondelvago.com/la-tercera-ola-de-la-democratizacion-a-finales-del-siglo-xx_samuel-huntington.html

De modo especial se constituyó el grupo de los países progresistas. Esto ocurrió en algunas naciones de nuestra región como: Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, Paraguay y Venezuela, si bien podrían marcarse algunas diferencias y diversas coincidencias entre ellos. Otras naciones avanzaron hacia la transición democrática, con formas específicas como Uruguay, un tanto Chile. Para ello se fortaleció el Estado de derecho y sus instituciones. Bolivia merece mención especial. Allí, con un porcentaje muy alto de población indígena se produjo la creación y afirmación en la conciencia popular de un Estado poscolonial –así calificado por sus ideólogos– que al manifestarse en la mayoría de su población, integra el sistema social con los mayores amarres para trascender en el tiempo. Ver: http://dialogosinfronteras.com/desafios-para-la-democracia-latinoamericana-caribena-1a-parte/ 2ª y siguientes de V. M. Barceló R.

La desaparición de los partidos o su repudio generalizado y la desconfianza en el Estado por su nulidad en la atención a las demandas populares, crean un escenario de decepción que lleva a la demanda de situaciones que busquen u ofrezcan soluciones a las exigencias sociales, sobre todo de los sectores históricamente postergados. De allí que, en países donde los partidos políticos siguen siendo la banda que actúa en la relación entre la gente y el Estado, el salto al progresismo es muy complejo. Uruguay es representativo de ello con los partidos más antiguos de la región y los más altos índices de participación ciudadana. Costa Rica, porque allí no solo se preserva a los partidos, sino que éstos trabajan juntos por un proyecto de nación a largo plazo, con lo que ello implica de positivo para la nación.

Algunos países progresistas implantaron varias formas de democracia continua en las constituciones respectivas, en que la participación se ubica sobre la representación liberal. Recordemos: en Venezuela los consejos comunales, asambleas populares y los comités de Defensa de la Revolución; en Ecuador el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social; no obstante, estas instancias llevaron a un control de la participación por parte del gobierno. Las contradicciones surgidas se resuelven en la práctica, cuando cualquier propuesta progresista apadrina una participación activa, espontánea, comprometida, superando el condicionamiento del Ejecutivo y la organización política que le sostiene.

A pesar de las soluciones prácticas, no se satisface plenamente la confusión del papel del Estado y el partido o partidos políticos que le sostienen. Este es un hándicap a resolver, para apuntalar el proyecto de nación y poder trascender más  allá, incluso de la desaparición física del líder humanista, que en las buenas o malas está cerca del pueblo. Empatar el discurso de las campañas electorales con las gestiones de gobierno, es una tarea a revisión profunda, así como los organismos de democracia directa, para precisar el papel de los ciudadanos en las tareas del aparato gubernamental. También se habla de gobiernos centroizquierdistas, los que mantienen relación “vacilante” con el imperialismo, defienden intereses generales de los capitalistas ligados con transnacionales y toleran las conquistas democráticas, obstaculizando las reivindicaciones populares e indígenas. Los gobiernos nacionalistas promueven un curso económico más estatista, mantienen fuertes conflictos con Estados Unidos, chocan con la burguesía criolla y llevan a la práctica un proyecto que oscila entre el neodesarrollismo –buscando recuperar su mercado interno– y avanzando hacia la redistribución progresiva del ingreso, sin alterar los rasgos esenciales del capitalismo.

La crisis del neoliberalismo en la región apuntala el sostenimiento y posible expansión del progresismo, que tiene en la mira más países, entre ellos la recuperación de Brasil y Argentina al proceso y la reincorporación de México a una ruta que ya vivió en el siglo XX. Ver:

https://mundodelsur.wordpress.com/2014/07/31/mirada-a-america-latina-y-los-modelos-de-desarrollo-progresistas/