Yevtushenko, poeta y rebelde con causas

Juan Pablo Duch / La Jornada
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Moscú. Rebelde con causa y figura clave de la cultura en los últimos años de existencia de la Unión Soviética, el poeta Evgueni Yevtushenko murió este sábado (1-IV) a los 84 años de edad en Estados Unidos, donde residía desde 1991, cuando dejó de tener sentido para él permanecer en un país que literalmente desapareció del mapa.

Aceptó, entonces, una invitación para dar clases de literatura en una universidad estadunidense, aunque con cierta frecuencia viajaba a su patria, en la cual seguía siendo muy respetado.

Nacido en 1933 en Irkutsk, Siberia, Yevtushenko siempre estuvo en la oposición a las autoridades y, al mismo tiempo, nunca sufrió represalias por su obra. A pesar de que no tuvo reparo en mandar cartas en defensa de los disidentes y condenó la intervención del ejército soviético en Praga, pudo recorrer todo el país y viajar por el mundo como exponente de la cultura soviética. A fines de los años sesenta del siglo pasado –época de grandiosas y genuinas reivindicaciones estudiantiles tanto en Europa como en México, en que los poetas reunían auditorios de miles de personas–, gozaba ya de merecida fama de enfant terrible de la poesía soviética.

Precedida de ésta, llegó a México en 1968 para participar, como único invitado de detrás de la “cortina de hierro”, en el encuentro internacional de poetas que tuvo lugar en la Arena México, dentro del programa cultural de los Juegos Olímpicos de ese año.

Ante 20 mil asistentes, Yevtushenko leyó sus poemas en ruso, seguidos de la traducción al español. Venía de nuevo a nuestro continente, tras ser enviado de forma excepcional (sin ser militante del Partido Comunista), en 1961, como corresponsal de Pravda, el órgano del PC de la Unión Soviética, en Cuba, aunque no envió ni una sola nota, sólo poesías que se publicaron con gran éxito sobre la Revolución cubana.

En ese periodo comenzó Yevtushenko a seguir de cerca cuanto ocurría en América Latina, se hizo amigo de Fidel Castro y de Ernesto Che Guevara, y también tuvo sus primeros desencuentros, como cuando mandó una carta en apoyo de su amigo, el poeta disidente Heberto Padilla, encarcelado –desde su punto de vista– injustamente.

Amigo de David Alfaro Siqueiros, Yevtushenko recorrió parte de México con el mejor guía que podía tener, Carlos Monsiváis, y un día antes de asistir a una reunión con los articulistas de la revista Siempre!, a la cual estaba invitado por su director, José Pagés Llergo, el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, escribió un poema memorable, que tituló El ajedrez de México, en el cual dice:

“…En español el peón es el campesino más pobre/ Y es también la figura más pequeña del ajedrez/ Sacrificar al peón es una ley de todos los partidos/ El triste ajedrez de América Latina es una burla amarga para ustedes:/ Primer peón, / segundo peón, /tercer peón”.

       Y continúa: “Los pedacitos de la tierra campesina son las casillas de este tablero tan cruel/ Con ustedes, los héroes del machete,/ juegan desde los tiempos más lejanos/ las manos sucias que no huelen nunca/ como huele el mango salado del machete./ Juegan con el primer peón/ con el segundo peón/ con el tercer peón”. Relatan los testigos que la expresión de Díaz Ordaz se petrificó cuando Yevtushenko afirmó: “Ustedes, señores ajedrecistas, quitaron del tablero a Emiliano Zapata y Pancho Villa”; y preguntó: “¿Cuándo cambiaremos las reglas de este maldito juego? ¿Cuándo?”

Yevtushenko pidió un favor que no pudo negar Díaz Ordaz: Quería visitar en la cárcel de Lecumberri al periodista Víctor Rico Galán, su amigo. El acompañante de Yevtushenko, Nikolai Leonov, entonces funcionario de la embajada soviética en México y en la actualidad general retirado del KGB, escribió en sus memorias:

“A los pocos minutos entró el enflaquecido y pálido, como corresponde en la cárcel, Víctor Rico Galán, que no llegaba a comprender por qué lo llevaban a la oficina del jefe del reclusorio. La alegría fue inmensa cuando vio a Yevtushenko que se abalanzó hacia él. Evgueni sacó una botella de vodka y una lata de caviar.

En el acto el oficial empezó a gritar: ‘¡No se puede, de ninguna manera. Las bebidas alcohólicas y las drogas están prohibidas!’

Le pidió el poeta: ‘¡Señor oficial, por favor!, según una costumbre rusa es imposible no brindar al encontrarse con un amigo después de tantos años de separación. ¡Comparta con nosotros esta alegría!’ Y se produjo un pequeño milagro. El policía, el poeta y el preso político se tomaron la botella, y después los dos amigos hablaron largo y tendido. Yevtushenko y yo nunca habíamos contado esta historia, que era un pequeño secreto nuestro”.

Amigo también de Pablo Neruda, Yevtushenko, al visitarlo en Isla Negra, le leyó “en español con acento siberiano”, como solía decir él, un poema dedicado al Che Guevara, que escribió tras visitar Bolivia, que concluye con estas palabras:

“A la izquierda, muchachos/ siempre a la izquierda,/ pero no más a la izquierda/ de su corazón”.

Yevtushenko nunca ganó el Nobel de Literatura, aunque estuvo varias veces entre los candidatos. Los últimos años de su vida, mermada la salud, asistió desde el exilio voluntario a la lenta muerte de la poesía como fenómeno de masas, del cual él fue uno de sus protagonistas.