Gerardo Unzueta, ingeniero del mañana

Humberto Musacchio / Unión de Periodistas
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Nacido a la militancia de izquierda cuando José Stalin emergía como el vencedor de Hitler, el joven Gerardo Unzueta supo de las leyes de hierro de la secta, de la adoración sin límites al Padrecito de los Pueblos y de la obediencia ciega a la línea que trazaba Moscú para todos los partidos comunistas. Nuestro personaje porque Unzueta fue uno de los grandes personajes de la izquierda mexicanavivió y conservó hasta el final el encantamiento del joven militante, con su puñado de certezas y una ilimitada disposición al sacrificio, sabedor de que en la rutina del día suele presentarse la oportunidad para la hazaña. Porque si algo anhela el ánimo juvenil es aquello que ofrece la militancia revolucionaria: la diaria ocasión para el heroísmo, la vitalizante descarga de adrenalina que avisa del peligro y permite enfrentarlo. Gerardo supo de la esclerosis del dogma y de la estrechez teórica del estalinismo, que redujo las aportaciones de Marx y Engels a un sumario de verdades incontrastables e impidió que la izquierda mundial captara los alcances que encierra la obra de los gigantes alemanes, tanto por la trascendencia de sus descubrimientos como por la múltiple provocación intelectual de sus propuestas.

Unzueta Lorenzana vivió el pauperismo político y teórico que marcó al movimiento comunista internacional en los años grises de la posguerra y padeció esa ínfima y degradante expresión del estalinismo mexicano que fue el encinismo, llamado así por Dionisio Encina, dirigente del PCM. Aquel fenómeno fue un caso de analfabetismo político, de procederes despóticos, con su inapelable interpretación de la voluntad soviética y su cerrazón, que se traducían en una permanente cacería de brujas, en expulsiones sin término, anatemas y división de los comunistas. Pero Unzueta también presenció la muerte de Stalin, el deshielo soviético, las grandes jornadas obreras de los años cincuenta y otros hechos que lo impulsaron a pensar con su propia cabeza, por lo cual fue víctima de la intolerancia y en 1958 sufrió una sanción de los dirigentes del partido, a quienes en ese mismo año se opuso en la Conferencia de los Comunistas del Distrito Federal, reunión que marcó el rompimiento del Partido Comunista Mexicano con la ideología que consideraba a la Revolución mexicana como un proceso inacabado y permanente que de manera fatal, inevitable, nos llevaría al socialismo. Ahí arrancan, creo, las preocupaciones de Unzueta por la teoría, que tendría su primer resultado en un libro que, tan discutible y perfectible como se quiera, fue el primer deslinde estructurado con la ideología de la Revolución mexicana. Me refiero a Lombardo Toledano y el marxismo-leninismo. Después vendrían otras obras con la intención de responder a la cambiante realidad mexicana de los años sesenta y setenta, artículos, libros, debates y combates que darían un nuevo rumbo al comunismo mexicano.

Unzueta fue un dirigente querido por sus compañeros, el pensador que entendió la necesidad de nacionalizar la teoría, de quitarle al marxismo los ropajes religiosos con que lo vistió el estalinismo. Gerardo fue, igualmente, de los primeros que intentaron dar nuevo usos al leninismo, al que sacó de los recetarios fabricados en Moscú para revitalizar sus aportes. Muchas cosas le debemos a Unzueta, y una, no menor, es que en la mejor tradición revolucionaria hizo de la prisión su universidad. Preso político del 68, en la cárcel continuó con su producción teórica, dio solidez a la militancia de sus compañeros presos, cumplió tareas en las difíciles condiciones del encierro y salió de ahí fortalecido, más fuerte que nunca para continuar con su militancia.

Gerardo es el hombre al que no doblegaron los padecimientos físicos, el comunista disciplinado y en permanente afán de superación, el maestro capaz de discutir con quien fuera, de defender sus verdades y reconocer las ajenas. Escritor, director de publicaciones partidarias y colaborador de la prensa comercial, entrevistador del Che Guevara y de Camilo Cienfuegos, en la letra escrita dejó constancia de sus intuiciones y convicciones. Sin embargo, fue en su constante y persistente praxis, en su tenaz e incorruptible actuación, donde mostró que para soñar con el futuro hay que tener los pies bien asentados en el presente y que las utopías pertenecen al mundo real cuando son construcciones colectivas.

A un año de su muerte, crece la convicción de que Gerardo, a no dudarlo, fue un ingeniero del mañana. Gerardo Unzueta Lorenzana murió el 10 de enero de 2016.