La guerra de la leche

Jorge Faljo
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A fines del año pasado el Departamento de Agricultura de Estados Unidos –USDA– compró 20 millones de dólares de queso proveniente de inventarios privados con la finalidad de reducir un poco el problema del exceso de queso invendible. Esa cantidad de queso fue donada a bancos de comida y otras formas de distribución a pobres que en condiciones ordinarias no lo consumirían porque no tienen suficiente ingreso para comprarlo. Este destino es importante porque si el queso fuera a dar a consumidores habituales estos dejarían de comprarlo en el supermercado y no se resolvería el problema de sobreproducción.

Sin embargo para los productores la medida fue notoriamente insuficiente; con 20 millones de dólares solamente se compró la sobreproducción de un mes y redujo en poco los inventarios existentes. Sobra mucho queso que los pobres querrían consumir y no tienen para pagar y esa compra y posterior donativo no es parte de una política permanente.

Canadá es un país con incluso mejor potencial de producción lechera que Estados Unidos y mucha menos población. También tiene un problema de sobreproducción que ha aliviado en mucho de otra manera. Administra, conjuntamente con la organización de productores de lácteos la asignación de cuotas de producción de leche y, además impone altos aranceles a las importaciones de leche, mantequilla y quesos. Es decir que supo negociar su tratado de libre comercio. De cualquier manera se generan excesos de producción y subutilización de capacidades.

A pesar de ello Canadá estaba importando proteína de leche como ingrediente en la producción de sus quesos. Para favorecer a sus productores hizo cambios administrativos que llevaron a que los productores de queso de Canadá prefirieran comprar dentro del país.

Una exportadora estadunidense de la proteína de leche avisó que dejaría de comprar a ganaderos norteamericanos y estos pusieron el grito diciendo que tendrían que dejar de producir y cerrar. En este punto apareció en escena Donald Trump, que se declaró indignado con los canadienses, dijo que el TLCAN le hacía daño a los estadunidenses y que lo cambiaría muy pronto. Dijo que en un par de semanas presentaría un plan para ello.

Y solo con ese decir, el peso se devaluó unos 35 centavos después de una racha de fortalecimiento.

Trump es un hombre intempestivo e impredecible. Pero los mexicanos cometemos un error si creemos que dirigir su furia hacia otros lados ya se olvidó de nosotros y podemos volver a la paz de la inercia. No es así. Pero la devaluacioncita del peso muestra que tenemos ese comportamiento y cuando el güero vuelve a la carga volvemos a reaccionar espantados. Y eso que no era contra nosotros y no dijo nada nuevo.

Trump y su secretario de Comercio insisten en que equilibrarán el comercio con México a la buena o a la mala. A la mala es que nos pongan aranceles y nos dejen de comprar; a la buena es convencernos de que los dólares que entran a México por superávit en las ventas a Estados Unidos se usen para comprarles a ellos y no a China. Sobre esto han sido muy claros.

Aquí se ven dos cosas. Una es que hay que creerles a los primos gringos que van a reducir su déficit con México; la segunda es que es mejor que sea por la buena. Es decir, que en vez de que reduzcan sus compras que nosotros seamos mejores clientes de ellos, les compremos más y aumentemos nuestras ventas.

Esto significa que eliminemos el déficit que tenemos con China y el sureste asiático, que financiamos gracias al superávit que tenemos con Estados Unidos. Estados Unidos nos dice de manera golpeada si tu no me compras yo tampoco. Nosotros tendremos que decirle lo mismo a China.

Claro que el asunto no es nada sencillo y el cambio es forzosamente gradual; se llevará varios años. Será por un lado traumático, como todo gran cambio. Pero también abre importantes oportunidades para México. No es simplemente dejar de comprar a los chinos para comprarles a los gringos; hay mucho que en ese giro podríamos pasar a producir en México.

Hay que recordar que este asunto de la leche es un buen ejemplo de lo que ocurre en todo el planeta: se puede producir mucho más, sobra producción pero no se genera suficiente capacidad de compra. De hecho los estadunidenses, los mexicanos y la mayor parte de la población del planeta se han empobrecido al mismo tiempo que aumenta la tecnología y la capacidad de producir.

Lo que está en juego cuando hay falta de demanda es determinar quiénes son los que sufrirán las consecuencias y tendrán que dejar de producir. El mensaje de Trump es que no serán los estadunidenses; nuestro mensaje debe ser que no sean los mexicanos. Así que ni modo, que los chinos sean los que a final de cuentas dejen de venderle mucho al mundo cuando ellos compran muy poco, por lo menos a nosotros.

No es sencillo dejar de comprarle a China; pero crea la oportunidad de que mucho de eso se produzca en México. Como buena parte son baratijas, esas son sencillas de producir aquí. Otros muchos componentes industriales también los podemos producir pero eso requiere platicarlo con los industriales y hacer mucha planeación, porque no habrá esa producción si no hay la seguridad de una ruta de reindustrialización del país que no esté sujeta a vaivenes del exterior y del interior.

Parte de esa seguridad se tiene que conseguir en la renegociación del TLCAN; otra parte en un acuerdo interno, en un programa que no sufra posteriores consecuencias políticas. No nos vaya a llegar otro neoliberal trasnochado, que ya se vislumbra en lontananza.