Nuevo ciclo

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Gran entelequia de nuestro tiempo, el movimiento obrero cambió para siempre el orden de los factores de la historia al hacer del trabajo el componente mayor del progreso social y del desarrollo humano. En los inicios del siglo XX las luchas obreras anunciaron el advenimiento de la Revolución a la que aportaron programa y sustancia. El movimiento obrero se incorporó a la lucha armada donde preparó su alianza ulterior con el Estado entonces en gestación. Alianza que no ha sido miel sobre hojuelas sino una ardua e ininterrumpida contienda social cuya dialéctica, aparentemente irreductible por las contradicciones de la estructura económica, ha abierto el camino del desarrollo democrático nacional. Porque han sido los trabajadores los que se han echado al hombro el país a la hora de enfrentar las crisis originadas en las inclemencias de la economía internacional y los quebrantos generados por  el conservadurismo estabilizador. Es decir, la lucha de las clases trabajadoras no ha sido sólo por su mejoramiento sino porque en nuestro país se alcancen y prevalezcan las condiciones para el ejercicio de la soberanía popular. Sin embargo, el movimiento obrero no ha alcanzado el protagonismo correspondiente a la  aportación de los trabajadores a la producción de los bienes y servicios que sustentan la economía y a la creación de las condiciones políticas que han hecho posible la democracia. Ahora, con la presidencia de Carlos Aceves del Olmo, el Congreso del Trabajo inicia un nuevo ciclo que apunta a fortalecer y ampliar la unidad y a renovar sus relaciones con el gobierno. Los avances en empleo y salarios son indicativos y favorables.

 

Semana Santa en el infierno

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Días de guardar en memoria del fin de la breve aventura de Dios en la Tierra al morir en la cruz y ofrecer el perdón como signo mayor de la existencia. Se dice que luego de ascender a la Gloria a visitar al Padre y antes de resucitar, el Salvador fue a conocer el infierno, destino de aquellos condenados en el Juicio Final, con la seguridad de que su sacrificio redentor reduciría el número de chamuscados por toda la eternidad. Pero lo encontró repleto de desdichadas almas que sin juicio alguno habían sido allí recluidas para siempre. Cristo temió, entonces, que su sacrificio hubiera sido inútil. Luego, Dante descendió al infierno y en su Comedia dio testimonio del prejuicio divino que se convirtió en tragedia al hacer del chisme el sucedáneo del juicio. La Inquisición impuso que los inculpados por ella fueran culpables irredentos. El pensamiento jurídico intentó fincar la idea de que es la culpabilidad y no la inocencia la que debe probarse. Pero en la posmodernidad se ha impuesto la inversa: ay de aquél acusado por el dedo mediático porque tendrá que probar y comprobar su inocencia contra la corriente arrasadora de la calumnia y la manipulación. Tomás Yarrington, exgobernador de Tamaulipas acusado de complicidad con el narco sin prueba alguna, sólo por la honorable palabra de Osiel Cárdenas, narcotraficante convertido por la PGR y la DEA en “testigo protegido”; el general Tomás Ángeles Dahuajare encarcelado mediante una maniobra similar. El gobierno de Calderón intentaba con escándalos paliar su fracaso. El general Ángeles demostró su inocencia y salió libre. Yarrington evitó el atroz atropello poniendo pies en polvorosa; su reciente detención en Italia reinició la ominosa campaña difamatoria en su contra. El artículo 20 de la Constitución establece que la persona imputada tiene derecho a “que se presuma su inocencia mientras no se declare su responsabilidad mediante sentencia emitida por el juez de la causa…”

 

Los cimientos de la República

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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En los albores de su vida independiente, México se enfrentó a un dilema: Imperio o República. El primero, heredado de los Tratados de Córdoba y de la dominación española; el segundo, fruto de la insurgencia y del liberalismo temprano. El Congreso Constituyente fue el primer escenario de la disputa. En mayo de 1822 un motín encabezado por Pío Marcha proclamó a Iturbide emperador y el Congreso, en una sesión ilegal que no alcanzó  quórum, lo entronizó. Su naturaleza lo llevó a culminar la anexión al Imperio Mexicano de Centroamérica en contra de la voluntad de sus pueblos. Por única vez en la historia de nuestro país, soldados mexicanos cruzaron la frontera con intenciones opresivas. La resistencia popular detuvo la ofensiva militar. Y mientras el gobierno imperial disolvía al Constituyente y encarcelaba a los diputados republicanos, en el Ejército cundía el desafío al Imperio: el general Felipe de la Garza, gobernador de Nuevo Santander, hoy Tamaulipas, reclama a Iturbide el atentado contra la soberanía y demanda la reinstalación del Congreso Constituyente, lo que encuentra eco en los jefes militares y en las diputaciones provinciales. El 4 de marzo de 1823 se reinstala el Congreso y el 19 Iturbide le participa su decisión de abdicar y expatriarse. El 31, el diputado Carlos María de Bustamante expone su histórica proposición sobre la autodeterminación de los pueblos. Frente a la sujeción de Centroamérica promovida por Iturbide, el Congreso sentó las bases de la República y por consiguiente las de la independencia y la soberanía de esos pueblos. En su origen, el derecho a la autodeterminación está indisolublemente vinculado a la no intervención. Cimientos de la Patria. 

 

Inspiración

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Abril, el mes más cruel, escribió el poeta. Sería porque la primavera desvela las tierras baldías y las almas vacías, o porque a la vuelta de la esquina está la Semana Santa y la muerte del redentor. En México, abril de 1914 sí que fue cruel: el extraño enemigo profanó el suelo de la Patria. La defensa de la democracia y del honor fue el pretexto de Wilson para ocupar Veracruz. Dizque unos soldados huertistas humillaron a unos marines y se mearon en las barras y las estrellas. Sin decir agua va, la armada yanqui bombardeó el puerto defendido heroicamente por la población civil y los cadetes de la Escuela Naval. Wilson le escribió a Carranza: quería castigar a Huerta y exigirle se disculpara por los agravios cometidos. El Primer Jefe replicó: el chacal no representa a México y sus actos no pueden ser usados para agredirnos. Y a pesar de la asimetría militar, los mexicanos estamos dispuestos a la guerra en defensa del territorio. Argentina, Brasil y Chile ofrecieron mediar, lo que aceptaron Wilson y Huerta pero rechazó Carranza. Wilson exigió entonces se le solicitara la desocupación y se reconociera su acción como favorable a la democracia. No hubo solicitud y la ilegitimidad de la intervención fue denunciada: se van como llegaron, ¡la soberanía es primero! proclamó el Primer Jefe. El pueblo en armas depuso a Huerta en julio pero los gringos se fueron hasta noviembre dejando en evidencia sus fracasadas intenciones de intimidar al constitucionalismo y mediatizar la soberanía. Así fundó Carranza la política exterior de la Revolución que daría dignidad constitucional a los principios de autodeterminación de los pueblos y de no intervención. En el ejemplo de Carranza hay inspiración bastante para que la política exterior de la República siga, invariablemente, el cauce de la Constitución.