Opresión y dependencia

Guillermo Buendía
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A la maestra Sara Jaramillo Politrón, del CECyt 14 del IPN, por su desempeño
académico y pedagógico en atención de mi hijo Julio. Con profundo agradecimiento.

La teoría general del imperialismo brevemente expuesta por Zweig en el apartado “Lenin y Marx, o la rebelión de los países atrasados” del libro El pensamiento económico y su perspectiva histórica, citando pasajes extraídos de El imperialismo, última etapa del capitalismo: “El monopolio surgió de la concentración de la producción en una etapa muy avanzada de desarrollo… agréguese a esto un poderoso desarrollo de los bancos. También ellos se han constituido en ‘los monopolios del capital financiero’… Naturalmente, para las finanzas es muy conveniente emprender la conquista política, porque son capaces de extraer el mayor provecho de la subordinación que encierra la pérdida de independencia política de los países y pueblos sojuzgados… En un principio, era posible ‘arrebatar’ simplemente nuevos territorios, todavía libres, pero una vez que el mundo ha sido repartido, se entra inevitablemente en un periodo de monopolio colonial y, en consecuencia, en un periodo de intensa lucha por la división y la repartición del mundo… La lucha del imperialismo mundial se está agravando… Cuanto más se desarrolla el capitalismo, tanto más necesita de las materias primas, más ardua se hace la competencia y continúa más febrilmente la búsqueda de materias primas en todo el mundo, más desesperada se hace la lucha por la adquisición de colonias… Los monopolios, la oligarquía, la lucha por la dominación en vez de la lucha por la libertad, la explotación de un número cada vez mayor de naciones pequeñas o débiles por el grupo mucho más reducido de naciones ricas o poderosas, todo esto ha determinado los rasgos distintivos del imperialismo… (Las potencias industrializadas) por medio de trusts, cárteles, capital financiero y relaciones de deudor a acreedor, ocupa una posición de monopolio en el mercado mundial”. Ese reparto colonial en protectorados primero y la simulación de éste con el estatus de países libres asociados después, y por último, el dominio de países económicamente atrasados y políticamente subordinados considerándolos socios comerciales ha dado una fisonomía “moderna” del imperialismo y de un periodo avanzado de “civilización”.

Otro rasgo fundamental de las contradicciones que encierra el capitalismo en esta etapa de desarrollo es la condición de privilegio de la clase trabajadora de las potencias imperialistas, consistente en un nivel más alto de salario y de ocupación de lo que las leyes de la plusvalía admitirían. Esta condición se prolongó por más de ciento cincuenta años. En 1858, Engels escribió a Marx: “… El proletariado inglés se está aburguesando cada vez más… Para una nación que explota al mundo entero, esto es hasta cierto punto justificable”.

Veinticuatro años después retomó el tema: “…Los trabajadores ingleses participan alegremente del festín del monopolio inglés del mercado mundial y de las colonias”. Esto fue posible por la trasferencia de plusvalía que conlleva la explotación de la clase trabajadora de los países atrasados y saqueo de materias primas. Sin embargo, desde la última década del siglo XX a la fecha, los estratos más vulnerables y amplios de la clase trabajadora de las potencias industrializadas, como Gran Bretaña, Francia, Italia, incluso Estados Unidos, han comenzado a registrar un deterioro progresivo de los niveles salariales y de “pleno empleo”. Esta situación se refleja en la aparición de brotes de movilizaciones obreras o llamados a “huelgas generales”, paralizando por momentos los servicios ferroviarios, portuarios y aéreos, o de la industria automotriz.

La teoría general del imperialismo no es una referencia de la historia del pensamiento económico. Ésta sigue siendo un instrumento de análisis vigente a cien años de haberla escrito Lenin. El pensamiento económico inglés representado por John Maynard Keynes y Joan Robinson en dos obras fundamentales de teoría económica –Teoría general de la ocupación el interés y el dinero y La acumulación de capital, respectivamente– sirve todavía como generador de políticas públicas del “pleno empleo” y “monetarias” pero que, infructuosamente no ha podido explicar las profundas contradicciones irreconciliables de clase, el interés, del ahorro y el papel de la moneda como expresión de valor de las mercancías. El menosprecio de Keynes hacia el pensamiento económico de Marx tiene doble origen: en la pertenencia a la alta clase media inglesa y en la formación aristocrática de la prestigiosa Universidad de Cambridge dominada por la teoría económica clásica. Actitud expresada en palabras del propio Keynes: “… la guerra de clases me hallará del lado de la burguesía educada”, recogidas en Keynes. La biografía personal de un hombre que revolucionó el capitalismo y cambió nuestra forma de vida, de Charles H. Hession.

Keynes “Sostuvo que la sociedad del siglo XIX estaba estructurada de tal modo que ‘ponía gran parte del incremento de la renta bajo el control de una clase que tenía menos posibilidades de consumirlo… las clases trabajadoras aceptaban por ignorancia o impotencia, o se veían forzadas, persuadidas o inducidas por la costumbre, la convención, la autoridad y el orden arraigado de la sociedad a aceptar una situación  en la cual podía considerar propia una parte muy reducida de la torta que estaban produciendo con la cooperación de la naturaleza y los capitalistas… el principio de la acumulación basado en la desigualdad era una parte esencial del orden de la preguerra y del progreso según lo entendíamos’”.

            “La guerra imperialista ha acelerado y agudizado extraordinariamente el proceso de transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado. La monstruosa opresión de las masas trabajadoras por el Estado, que se va fundiendo cada vez más estrechamente con las asociaciones omnipotentes de los capitalistas”, escribió Lenin en el Prefacio a la primera edición de El Estado y la revolución, en agosto de 1917. Un siglo después la estructura oligopólica mundial revela que los países industrializados concentran el 85% del producto bruto global. Si tal es la magnitud de la concentración de la riqueza en el reducido grupo de países imperiales, es consecuente encontrar en el discurso de los gobernantes la postura proteccionista sin disimular las presiones y represalias económicas que respaldan con el poderío militar, por un lado; y este grado de desarrollo de los monopolios ha dado lugar a un reparto del mundo que únicamente puede ser conservado por la hegemonía militar y guerras regionales permanentes, por el otro. Este complejo tramado geopolítico que toma forma en la diplomacia de las relaciones internacionales entre países poderosos y subdesarrollados, en los foros y organismos multinacionales desde donde se dictan las “recomendaciones” de austeridad para acceder a los programas de “rescate económico” vía endeudamiento, o en el despliegue e intervención militar para asegurar el abasto de materias primas y petróleo, sólo es posible gracias al desarrollo de la industria militar dedicada a la producción de armas de destrucción masiva bajo el control de la OTAN, principalmente, y de la Federación Rusa –en la era de Putin– que retomó el contrapeso una década después de la desaparición de la URSS.

Para mediados de la década de los cincuenta, cuando “los conceptos de Keynes fueron concebidos para una economía en estado de crisis” –escribió Richard Kahn– haciendo referencia a la situación económica de la posguerra, en la “nueva economía” industrial de Occidente –apuntó el profesor Galbrait, en 1973– la “revolución keynesiana fue absorbida por el sistema de planeamiento de las grandes corporaciones”: continuaron atendieron la administración de la demanda o el consumo masivo y el crecimiento económico como fuentes de empleo, según el poder del mercado para asegurarse una porción estable o creciente del ingreso nacional, aceptando que el financiamiento del desarrollo conllevara al déficit presupuestal federal, mientras el gobierno no compitiera con ellas y suministrara más negocios lucrativos; y los sindicatos ligados con estas corporaciones obtuvieran salarios monetarios más altos o beneficios marginales porque los consiguientes costos unitarios más elevados podían traspasarse la consumidor final.

Los fenómenos de opresión y dependencia son referencia a la progresiva pauperización de las condiciones materiales de vida de los trabajadores de los países con economías dependientes de la inversión extranjera, el alto grado de endeudamiento y el atraso de su aparato productivo, y del papel del Estado para reproducir las relaciones trabajo-capital a través del orden jurídico, controles sindicales y la cultura e ideología burguesas. Estos aspectos, la opresión y dependencia, son la condición de las relaciones internacionales de producción determinadas por la gran concentración y centralización de capital, los cuales a su vez influyen enormemente en el rumbo político de las democracias subordinadas. Las “recomendaciones” emitidas por el FMI, OCDE y Banco Mundial, o la calificación “riesgo país” elaborada por organismos filiales de los monopolios financieros, cerrando la pinza el poderío militar que auspicia o promueve golpes de Estado para instaurar gobiernos autoritarios a modo –mecanismos históricamente probados por los países imperialistas en su lucha por el reparto del mundo, cuyo principal exponente es Estados Unidos, seguido de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Rusia, entre otros– son la manera de sojuzgar a las naciones pobres en este orden económico mundial.

La concentración del producto bruto global de acuerdo con datos del Banco Mundial es del orden del 85%, repartida entre los integrantes del G 20: Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido, Rusia, Australia, entre los principales; y los países de este grupo mantienen el control del 75% del comercio internacional. ¿De qué tamaño son las necesidades de abasto de materias primas y petróleo de los países imperialistas que se han repartido el mundo? En 1999 se fundó el G 20 y dos décadas después el Banco Mundial dio a conocer el valor de la infraestructura industrial por país en billones de dólares, el porcentaje de la participación de la industria a nivel global y el año en que levantó el reporte: Estados Unidos $2,758,531, 15.2 %, (2013); China $2,615,527, 15%, (2014); Japón $1,303,929, 6.4%, (2013); Alemania $872,880,824, 4.7%, (2014); Reino Unido $ 464,667,302, 2.4%, (2014); Francia $ 404,514,319, 2.4,% (2014); India $393,200,249, 2.2%, (2014); Italia $364,107,200, 2.6 %, (2014); Brasil $ 297,326,718, 3.1% (2014); Rusia $285,631,721, 3.2 % (2014). Estas cifras expresan el alto desarrollo industrial y la magnitud de los requerimientos de materias primas y de energéticos para el funcionamiento de este aparato productivo por país imperialista, lo que da lugar a la búsqueda de éstos y el control del repartimiento mundial bajo la premisa hegemónica militar.

            La economía mexicana sin posibilidad para influir en la división internacional del trabajo y menos todavía de sustraerse del papel de proveedor de materias primas y petróleo –excepto en el periodo conocido como “milagro mexicano” o desarrollo estabilizador en el cual se registró un crecimiento sostenido por arriba del 5% anual– ha mantenido un crecimiento promedio anual de 2.2%  en las últimas tres décadas, un endeudamiento desproporcionado a su capacidad de pago para financiar el déficit presupuestal y un monto de inversión extranjera directa e indirecta dirigido al sector exportador que pone en riesgo la estabilidad económica ante cualquier indicio de cambios en el modelo económico. Desde los gobierno priistas conformados por una tecnocracia que progresivamente fue ocupando los más altos cargos de la pirámide burocrática, y habiendo instrumentado las transformaciones económicas neoliberales y políticas correspondientes al Estado garante del orden establecido por los intereses del imperialismo, la economía revela el alto grado de dependencia económica y subordinación política que, en tiempos coyunturales como el de la sucesión presidencial, detonan fuertes presiones al interior y riesgos en el deterioro de las relaciones bilaterales con el gobierno de Estados Unidos encabezado por el presidente Trump, quien ha manifestado en lo económico una política proteccionista inflexible y presiones políticas racistas y xenófobas.