De la rebelión contra el Ogro Salvaje

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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Sería mezquino no reconocer el largo camino y la persistencia para lograr el objetivo por parte de voluntades de esas que, sin regateos, bien pueden considerarse como indomables. Sin restar méritos individuales, sin embargo los factores que determinaron esta especie de rebelión ciudadana durante las elecciones presidenciales y que llevaron al triunfo a Andrés Manuel López Obrador no  tendrían por qué reducirse sólo a ello.

Con razón se pueden argumentar errores y aciertos, así como largas cadenas de frivolidades, de corrupción y de impunidad en el terreno político, aderezadas con una espiral violenta en la que ha aflorado miles de veces la deshumanización.

Incluso, en un arrebato de “cursilería política” para endulzarle el oído al respetable, se podría apelar a cierto “despertar cívico”. Hasta esto cabe.

         Pero las consecuencias de la coronación del proyecto neoliberal, iniciado en 1982 con Miguel de la Madrid, que sucedió en este sexenio con la reforma energética firmada por PRI y PAN, principalmente, son imposibles de dejar de lado. La razón es que puso al descubierto en forma cruda y lesiva al engaño como programa de gobierno mediante “reformas estructurales” que, por años, se revelaron como el fundamento de una doctrina depredadora de la riqueza, concertadora de la misma y generadora en cambio de más miseria, “inevitable”, según los “resignados” pobretólogos del libre mercado.

Un episodio resume el contraste insultante: mientras los jugadores de la economía de casino recibieron, y siguen recibiendo, el “rescate” millonario mediante los impuestos ciudadanos (Fobaproa-IPAB, carreteros, Ficorcas, etcétera) éstos fueron gradualmente confinados a las listas de beneficiarios de las canastas alimentarias y los comedores comunitarios, obligados además a “vender su voluntad” electoral con ese populismo neoliberal disfrazado de capitalismo benevolente y solidario. Hasta ahí se llegó luego de casi 40 años de capitalismo salvaje.

Estirada la liga, con un llamado grosero y desesperado de las castas a los ciudadanos a defender la miseria como modelo de vida, no faltó quien moldeara el discurso y lo argumentara con el peso de los hechos, llevándolo a la plaza pública (otro mérito indiscutible frente a la maquinaria propagandística).

De esa manera y por los resultados arrojados en las elecciones presidenciales del pasado 1 de julio, con la victoria de Andrés Manuel López Obrador, es posible inferir que, al menos en teoría, las travesuras depredadoras del Ogro Salvaje desplegadas durante casi cuatro décadas, eso que la tecnocracia que se apoderó del PRI y del PAN abanderó bajo el neoliberalismo, libre mercado o “democracia liberal”, recibieron un elocuente rechazo.

Más por los saldos miserables de sus recetas (56 millones de pobres) que por cuestiones emocionales,  la maltratada Bartola (de Chava Flores), como la furiosa Jantipa (azote de Sócrates), tomó los tres pesos de sus presuntos benefactores al tiempo de arrojarles el bacín y su contenido en la cabeza mediante una masiva respuesta electoral, una rebelión social ante el orden establecido y sus castas reaccionarias.

El mandato ciudadano es, pues, de llevar a cabo un cambio radical en el sistema político y económico que se configuró durante las últimas cuatro décadas, y que deformó el concepto de la “democracia” hasta convertirlo no en un término sospechoso, sino abiertamente encubridor. 

El respaldo para eso es abrumador: casi 53 por ciento de la votación, cifra que ni juntos lograron sus tres adversarios (43.9 por ciento), según los resultados difundidos por las autoridades electorales con el 93.5 por ciento del PREP.

Esto hay que dejarlo claro: la derrota es de un dogma económico –el neoliberal– que en mal momento contó con el respaldo de auténticos o supuestos liberales, mismos que confundieron la libertad y la democracia con la depredación y el saqueo.

En diversos puntos del globo el mensaje enviado desde nuestro país fue tan lapidario como brutal, y se requiere ser muy caradura para no admitir el agotamiento de una doctrina económica que dividió a una sociedad en muy ricos (el 1 por ciento) y en muy pobres y miserables el resto, con islas de supuesta satisfacción.

Empero, la rebelión social en realidad abre más signos de interrogación por parte de los beneficiarios sobre lo que muchos han anticipado como “un futuro anticuado”, promocionado, eso sí, como “cuarta transformación, pacífica pero radical”, en la que se pretende, como primer paso, arrancar de raíz un sistema corrupto. Muy bien.

Pero esto sólo forma parte del problema y no hay evidencias suficientes que permitan avizorar un giro en materia económica, principal causa de la desigualdad y de la miseria.

No se tuvo siquiera el planteamiento de una necesaria transformación del sistema fiscal, con una mejor recaudación, no a partir de más impuestos o el incremento de los existentes, sino del cobro puntual en aquellos espacios donde la evasión se asume como condición indispensable para el progreso mediante la inversión, o haciendo escalas técnicas en paraísos fiscales.

Por cálculo electoral quizás, no se planteó tampoco cómo revertir la condición de nuestro país como un edén de especuladores financieros que, como se sabe, actuaron de tal modo que la deuda pública creció en 10 puntos porcentuales del PIB, hasta alcanzar cerca del 50 por ciento de éste durante el presente sexenio.

En ese sentido y muchos otros, los actores que han resultado beneficiados por esta cívica rebelión tendrán que definir si lo suyo es sólo un punto de inflexión, es decir, un cambio de actitud, o si en realidad su apuesta es por un punto de quiebre o una ruptura. Ya veremos.

 

 

 

 

De cadáveres y rostros de la desesperación

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos
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A últimas fechas se han tenido noticias en relación con las consecuencias y parte del sentir de aquellos que, sin más fundamento que su decir, aseguran estar del lado de “la razón”, cualquier cosa que esto signifique para ellos de cara a los comicios presidenciales del próximo 1 de julio, pero que revela su dogmática inclinación por la permanencia del status quo y su “reformismo estructural”, eso que se cobija bajo el manto alcahuete de “libre mercado”, vulgar neoliberalismo.

 

A partir de estos “decires” se puede colegir que la “razón” está del lado de la desigualdad y la miseria y que no son menos “razonables” todos los irracionales “cracks" financieros que han mantenido postrada a la economía durante ya casi una década, a partir del 2008, con las estafas de las hipotecas Subprime en Estados Unidos.

Además, desde esa óptica, son también “razonables” la concentración de la riqueza mediante el agandalle y el desmantelamiento de las instituciones, igual el “filantrocapitalismo” financiado con recursos públicos (del tipo Ricardo Salinas Pliego y las orquestas infantiles, como se ha difundido); ni qué decir del tristemente célebre “sillón giratorio” que convierte a los gobernantes en gerentes de transnacionales y monopolios, igual la evasión de impuestos y, sobre todo, la especulación a cargo de la devastación de las economías de los países.

En suma y parafraseando a Ortega y Gasset, parece que la “razón” va a ser pulverizada por aquellos “irracionales” que, también de manera arbitraria como hacen sus contrarios ”racionales”, se erigen como paladines de la justicia y de la “razón histórica”.

De esta manera, el rostro de la “razón”, ese que cree que todo lo anterior no solo es razonable sino lo mejor que le puede pasar a cualquier nación y merece conservarse, ha entrado en una especie de “pánico razonable”, advirtiendo escenarios casi dantescos, con mil demonios atormentando a los felices beneficiarios de los comedores populares, tarjetas para hacerse de libros, útiles, zapatos, uniformes (todo supuestamente gratis, claro) igual medicinas, las visitas al médico y, sobre todo, canasta alimentarias y despensas (ese innovador invento neoliberal que sustituyó al clientelismo de los “tortibonos” y otros para sedar a la muchedumbre).

Pero está visto que no hay cadáver que resista tantas tomadas de pelo ni estafas, incluso en Estados Unidos donde, según el rotativo británico The Economist (propiedad en su mayoría de familias de financieros, banqueros y empresarios y, en resumen, uno de los órganos del evangelio neoliberal), “cerca de 45 mil estadunidenses se quitaron la vida en el 2016”, siendo el suicidio “una parte importante del creciente número de muertes de desesperación (que también incluyen sobredosis de drogas y enfermedad hepática) descritas por las economistas Anne Case y Angus Deaton”.

Es preciso detenerse aquí: al fenómeno le atribuyen diversos factores, según el impreso, pero sostiene que “otra investigación sugiere que un factor detrás de la creciente tasa de suicidios es la erosión del estatus privilegiado de los hombres blancos”, distinto de lo que sucede entre negros o latinos, menos privilegiados.

Agrega: “La relación entre el ingreso promedio y las tasas de suicidio informadas en los países es débil, pero la desigualdad, las recesiones y el desempleo están asociados con tasas más altas. El aumento del desempleo durante la crisis financiera se asoció con un aumento de las tasas de suicidio en toda Europa, por ejemplo, incluso cuando se asoció con una reducción de la mortalidad general”.

Uno supondría que los especialistas consultados irían al estudio de las causas (la erosión de la economía) y propondrían combatirlas, pero no. A los aspirantes a cadáveres casi se les recomienda hacer fila ante los hospitales de salud mental, dejando para después el estudio con un enfoque en “factores de salud no mentales más adelante, incluidas las causas de dificultades financieras”.

Con ello, según se dijo, los viejos pobres y los nuevos desesperados recibirían alguna ayuda.

Esa es la sustancia de la “razón moderna”, el rostro de su desesperación.