La derrota del PRI, José Meade y Enrique Peña

Pablo Cabañas Díaz
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El PRI vivió en el año  2000 una derrota histórica que lo dejó 12 años fuera de la Presidencia de la República. Su regreso en 2012 con Enrique Peña Nieto, estuvo marcado por múltiples acusaciones de corrupción y varios gobernadores de ese partido fueron acusados de saquear al erario público. Las elecciones de 2018 significan la segunda derrota para el PRI estando en el poder. El 1 de julio de 2018, se eligió al presidente de la república, a 500 diputados federales, a 128 senadores, a nueve gobernadores (en los estados de Jalisco, Chiapas, Veracruz, Guanajuato, Morelos, Puebla, Tabasco, Yucatán y la Ciudad de México), a lo que se suma la renovación de los congresos locales y de las presidencias municipales.

A la inversa de lo que pudiera suponerse, el PRI no  fue un partido homogéneo, sino que se componía de varios grupos que imponían diversas prácticas,  incluso ocasionando enfrentamientos. Ninguna de estas diferencias puso en riesgo su permanencia hasta la  elección del 2018. La idea de una maquinaria electoral según las necesidades particulares que requerían  de amplios procesos de negociación interna y trabajo social con los militantes, se acabó  con Peña Nieto. El PRI del estado de México,  uno de los más fuertes de todo el país sucumbió ante la ola de Morena que arrasó en prácticamente toda la geografía nacional. El priismo mexiquense no fue capaz de ganar un solo distrito en la elección local de diputados y perdió municipios tan emblemáticos de la entidad como Atlacomulco, San Felipe del Progreso y Toluca.

Morena es el gran triunfador de la elección local de ayuntamientos y diputados. De acuerdo con datos del Instituto Electoral de Estado de México (IEEM), el partido que fundó Andrés Manuel López Obrador hace cuatro años ganó en 43 de los 45 distritos electorales lo que le asegura tener el control del Congreso mexiquense por los próximos tres años.

El PRI fue capaz  por años de subsistir  pero conforme el país se modernizaba, las mayorías se transformaron. La rigidez institucional, aunada a la corrupción e incapacidad de comprender las demandas de la sociedad y su composición elitista, impidió que el PRI se adaptara y pudiera hacer suyos los reclamos de su base. En consecuencia, el PRI ya no era lo que creía ser. El  dato es preciso: José Antonio Meade, no ganó en ninguno de los 300 distritos en el país. Incluso en Baja California y Tabasco consiguió menos del 10% de la votación.

Al arranque del sexenio de Enrique Peña Nieto, el PRI gobernaba 21 entidades, hasta este 1 de julio solo gobierna en 14, la pérdida fue paulatina. Entre 2012 y 2018, el PRI fue relevado de 12 gobiernos estatales, aunque logró hacerse de cinco entidades que no tenía.  La promesa del “nuevo PRI” comenzó a diluirse por los escándalos de los nuevos gobernadores priistas. Los mandatarios César Duarte, en Chihuahua, y Roberto Borge, en Quintana Roo, arribaron al poder en 2010; Javier Duarte lo hizo en 2011. Ellos eran el ejemplo del presidente Peña de “nuevos cuadros” que lo acompañarían en la nueva era priista, pero los tres colocaron a sus administraciones como ejemplos de corrupción y abusos de poder.

En 2012, además de la llegada de Peña Nieto a la Presidencia, el PRI consiguió tres de siete gubernaturas en disputa. Los estados de Jalisco, Yucatán y Chiapas con su aliado el Partido Verde y con un candidato de ese partido, Manuel Velasco, se sumaban al mapa tricolor. Al año siguiente, solo hubo una elección de gobernador, el PAN gobernaba y fue ganador en Baja California. En 2014, no se disputó ninguna gubernatura y no hubo derrotas electorales, pero en ese año se publicó el reportaje La Casa blanca de Enrique Peña Nieto, en el que se denunció el presunto conflicto de interés del mandatario priista en la adquisición de una propiedad escriturada a nombre de su esposa.  En  2015 el PRI tuvo su primer descalabro en las urnas. Se disputaron nueve gubernaturas, el tricolor obtuvo cuatro que subirían a cinco: Campeche, Guerrero, San Luis Potosí y Sonora el 1 de junio, Colima se fue a una segunda jornada por anulación que al final quedó en manos del PRI. Perdió tres estados que gobernaba: Nuevo León, Michoacán y Querétaro. 

Si comparamos el porcentaje de votos obtenidos en las elecciones federales de 2012 y 2015, se puede concluir que el PRI se mantuvo en porcentaje de votos a nivel legislativo, y que tuvo una caída mínima de 29% a 28%. Sin embargo, las elecciones intermedias de 2015 registraron menor participación, con lo que el PRI perdió en cantidad de votos, pero logró quedarse con 206 curules en la Cámara de Diputados.

El peor descalabro antes del 2018 fue el del año 2016. Se disputaron 12 gubernaturas y perdió siete.

De los estados perdidos, entregó cuatro que había gobernado siempre: Durango, Quintana Roo, Veracruz y Tamaulipas. Al año siguiente, se disputaron tres gubernaturas del estado de México, Coahuila y Nayarit, las tres entidades estaban en manos del PRI y sólo pudo retener las dos primeras con triunfos cuestionables. Este 2018, el PRI perdió con diferencias amplias: Ciudad de México, Puebla, Morelos, Veracruz, Chiapas, Guanajuato, Jalisco y Tabasco. El PRI personificado en el presidente Peña Nieto, ha cambiado sustancialmente. 

El amanecer del 2 de julio fue de júbilo para quienes por años habían esperado desplazar al PRI y al PAN del escenario político, de escepticismo para algunos seguidores del voto útil, de estupor, nostalgia e incertidumbre para quienes no se imaginaban México sin un presidente del PRIAN. A ocho columnas, los periódicos destacaban algo que muy probablemente ya todo México sabía, pues las redes  sociales habían difundido con amplitud, los resultados preliminares anunciados por el Instituto  Nacional  Electoral (INE), que daban el triunfo a Andrés Manuel López Obrador, el candidato de Morena, así como el reconocimiento de la derrota por parte de sus dos principales contrincantes: José Antonio Meade y Ricardo Anaya. En este largo periodo de más de tres décadas de gobiernos neoliberales (1982-2017), la economía creció a un ritmo promedio apenas de 2.2% del PIB, mientras la población aumentó 2.1%. Con una tasa promedio de crecimiento de la productividad de 0.6% entre 1990 y 2017. En los 50 años previos, caracterizados por la rectoría económica del Estado y sus “malas políticas” el crecimiento promedio del PIB superó los seis puntos porcentuales. Adicionalmente, en esta nueva etapa, se especializó a la economía nacional acorde al mercado estadunidense, a éste se destina el 80% de las exportaciones. Esta situación explica la atadura y destino de México respecto de lo que suceda a la economía de Estados Unidos. Pero, además, esta lógica comercial se sustenta en la premisa de exportar materias primas, maquila y productos de bajo valor agregado nacional e importar bienes y servicios de alto valor agregado.