La opresión de los países atrasados y el subdesarrollo

Guillermo Buendía
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¡Julio, algún día te daré clases! –le decía a manera de saludo
cuando ocasionalmente lo encontraba en los pasillos del CECyT 14. Ahora
es su maestra. Para la doctora Marina Pacheco Noriega, con gratitud y afecto.

La edición en español de El pensamiento económico y su perspectiva histórica data de 1954, incluida en la colección Breviarios del Fondo de Cultura Económica. En el segundo capítulo se encuentra el apartado “Lenin y Marx, o la rebelión de los países atrasados”. Ferdinand Zweig destaca los planteamientos teóricos acerca de los fundamentos de la producción capitalista, y del desarrollo de ésta, los del imperialismo. “’…aplicar el método marxista al análisis de las nuevas situaciones concretas’ –escribió Lenin citado por Zweig– vistas a través del análisis de las relaciones de clase”, permite referirse “a las constantes transformaciones y contradicciones ocasionadas por el capitalismo, o sea, la centralización, concentración, proletarización, monopolización, expropiación y pauperización”. A 102 años de la publicación de El imperialismo, última etapa del capitalismo, los fundamentos sobre los que descansa el capitalismo son los mismos y tienen como punto de partida la propiedad privada de los medios de producción. Sin embargo, para evitar que se pudiera colar un juicio reduccionista de la realidad, es imprescindible otra cita metodológica: la dialéctica “es un conocimiento vivo y multilateral, cuyo número de lados aumenta eternamente de un infinito número de matices de toda clase de modos de observar la realidad y de aproximarse a ella” (Lenin, Sobre dialéctica, 1915). No se trata ahora de una exposición sobre el método dialéctico del materialismo histórico, sino servirse de él como guía argumentativa de análisis y que el “economista burgués”, con sus modelos matemáticos, pasa por alto el funcionamiento y fines reales del capitalismo.

El aspecto consustancial del imperialismo se halla en la división internacional del trabajo producto de procesos históricos concretos de imposición por parte de los principales países industrializados: Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia, Japón, Rusia, entre otros. La economía mundial se presenta como el tablero de relaciones de subordinación, sometimiento y dominio que asegura la apropiación y saqueo de materias primas necesarias y estratégicas, y la explotación de fuerza de trabajo barata en abundancia. Y la condición para la concentración y centralización del capital, así como la proletarización y pauperización de las clases trabajadoras es la opresión económica, social y política que caracteriza el subdesarrollo de este reparto –eufemismo llamado “regiones de influencia”– conformado por países sobrepoblados y con altos índices de analfabetismo, cuyas economías registran una enorme deuda externa y una abismal dependencia de su aparato productivo de la inversión extranjera directa y especulativa, sin acceso a las tecnologías para ser incorporadas a los procesos productivos; con “signos de vulnerabilidad” en los índices inflacionarios y paridad monetaria; declive del crecimiento económico y una alta concentración del ingreso nacional; explotación intensiva de recursos naturales no renovables y contaminación ambiental irreversible con afectación a la salud pública; políticas de contención salarial y control sindical; disminución y deterioro de los servicios fundamentales de la seguridad social (salud y educación); disminución y eliminación de la seguridad laboral (esquemas de jubilación y pensión diseñados para atender la prioridad de los intereses de los grupos financieros privados); el paso del Estado rector al Estado mínimo; la incapacidad del Estado para dar seguridad pública civil y la militarización de esta función fundamental, en términos de la seguridad nacional; endurecimiento de la normatividad de los procedimientos judiciales dirigidos al control social (de la prevención a la persecución y represión) y; por supuesto, la conformación y continuidad de gobiernos autoritarios con la encomienda de limitar el ejercicio de las libertades individuales.

Los países bajo el dominio de este reparto permanecerán estancados en el subdesarrollo indefinidamente y enfrentarán el incremento acelerado de la pobreza y la opresión que imponen los intereses de los grandes negocios “globales” de los monopolios extranjeros de industrias estratégicas, y que ha dado origen –desde mediados del siglo pasado– a economías de enclave que en apariencia dan un desarrollo industrial y modernidad social. La apología neoliberal hace creer que el “mercado” y sus leyes son lo último y mejor modo de producir en el orden social y sistema democrático actuales. Ante el fin de la historia propalada por los ideólogos burgueses es preciso distinguir las contradicciones de las clases fundamentales del proceso de centralización y concentración del capital en sí mismo como resultado de la acumulación y división internacional del trabajo impuestos por Estados Unidos, Gran Bretaña, China, Rusia y la Unión Europea. Las contradicciones de clase se siguen definiendo a partir de la propiedad privada de los medios de producción y la ocupación de la fuerza de trabajo. El capital y trabajo dan origen a las relaciones de clase capitalistas, y la fase imperialista del capitalismo está en relación directa al desarrollo de los monopolios y el reparto del mundo.

La llamada era “global” está organizada de tal manera que asegura el fin esencial de la producción: la concentración y centralización de capital. De ahí la importancia de las políticas proteccionistas al servicio de la expansión de los principales países industrializados, los cuales imponen a toda costa el control de los mercados al fijar políticas monetarias, fiscales y arancelarias, de subsidios y transferencia de excedentes de mercancías y capitales. Y es imprescindible tal control para que los aspectos antes mencionados, vitales en la reproducción monopolista, encuentren expresión en los términos “pactados” de los tratados de libre comercio. El imperativo de la acumulación monopolista va más allá de las distorsiones aparentes de la balanza comercial de los países imperiales porque ésta, en realidad, no es suficiente para indicar el grado desigual del intercambio de mercancías ni la dependencia económica en que se funda la división internacional de trabajo. Es en la balanza de pagos donde se observan con toda claridad las leyes tendenciales de concentración y centralización del capital, así como los vínculos de dominación política imperialista. Los tratados en sí mismo traducen el grado de integración subordinada de la división internacional de trabajo entre países industrializados y países suministradores de materias primas y fuerza de trabajo barata. En estas circunstancias los estados nacionales enfrentan la intervención extranjera que impide no sólo modificar el modelo económico dependiente y subdesarrollado, sino aceptar la injerencia en los asuntos internos. Y entre éstos no escapa del interés imperial en la manera de influir la elección de los gobernantes o impulsar los modelos democráticos a modo de los intereses del reparto del mundo. Es decir, los tratados de libre comercio expresan la política del poder económico y militar de los países industrializados.

Este contexto económico determinó que el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto diera forma a los acuerdos para revertir la expropiación petrolera y entregar nuevamente, después de 80 años, la extracción, producción, refinamiento y la comercialización de gasolinas en todo el territorio nacional a los monopolios petroleros extranjeros –según declaraciones del presidente se invertirán en los próximos años más de 200 mil millones de dólares– por medio de los cuales no sólo comprometió aspectos clave del desarrollo económico, financiero y comercial del país, ahondando la dependencia vía endeudamiento e inversión extranjera directa, afectando la crítica situación de la soberanía nacional frente a las presiones proteccionistas de Estados Unidos, sino también ha puesto en riesgo la seguridad nacional cuando por tales montos de inversión extranjera la estabilidad del Estado mexicano queda sujeta a los dictados de los intereses de las empresas trasnacionales petroleras, otra vez. Los contratos firmados al mantenerse en “reserva” permiten que las operaciones de las empresas extranjeras queden fuera del control gubernamental. Sin la intervención de mecanismos gubernamentales de control en las etapas de extracción, producción y refinamiento de petróleo, y con esquemas fiscales laxos, las petroleras extranjeras aseguran la apropiación de este energético estratégico.

El neoliberalismo disimula estos actos de saqueo a través de las recomendaciones formuladas por la OCDE, FMI y Banco Mundial contenidas bajo el concepto de la “mejora continua” de la legislación de los países subdesarrollados, con la finalidad de dar certidumbre jurídica a la inversión extranjera de las trasnacionales y del sistema financiero. En México se les llamó “reformas estructurales”, por medio de las cuales se modificó la Constitución.