Deslinde

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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La política, ¿arte u oficio? Ciencia infusa cuyo ejercicio teórico –por así decirlo– puede entrañar graves riesgos, el principal, parecer todo lo contrario de lo que se dice ser o se pretende. Momentos difíciles estos para aquellos que gustan de la futurología electoral sin más argumento que los datos de las encuestas, de suyo inconsistentes, y sin ninguna reflexión que los aproxime a la naturaleza esencialmente política del proceso electoral. No se trata de negar la popularidad de López Obrador o las dificultades precisamente políticas de la candidatura de José Antonio Meade, o las ostensibles flaquezas de Anaya. Pero nadie puede negar que haya tiempo suficiente para poner en evidencia que la propuesta de López Obrador de  una “alianza para el progreso” con EU significa someter a México a los designios imperialistas de Trump. Y que el exabrupto krauziano de Anaya de romper todos los lazos de cooperación con EU coincide con quienes quisieran bloquearnos –como a Cuba– y cancelar el TLC, por lo que Trump tiene el muro como insignia contra México. Falazmente, López Obrador postula que la mejor política exterior es la interior, cuando otros son los términos constitucionales de la política exterior: la condición indispensable para que México defienda su independencia y ejerza su soberanía, y por ende, frente a EU haga valer el diálogo con respeto y dignidad para alcanzar acuerdos donde prevalezcan los derechos de la nación. Éste es el nacionalismo mexicano cuyo principal garante es el PRI. Y en las elecciones será, a querer o no, la línea de deslinde. Meade debe reafirmar los principios constitucionales de política exterior que tan bien defendió y promovió desde la Cancillería. Y tirar el lastre.

 

 

La excepción

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Muchos creyeron que en el debate dominical, los jugadores buscarían acreditar sus pretensiones presidenciales. Y por consiguiente ilustrar al respetable sobre las intricadas realidades mundiales en las que México afronta la más difícil circunstancia dada la maldita vecindad en la que Trump quiere anular la razón y el derecho para imponer la ley del gruñido, la amenaza y la infamia. Debate que obligaba a poner por delante los intereses nacionales como aconteció cuando el presidente Enrique Peña respondió a las bárbaras pretensiones trumpistas recogiendo las expresiones de todos los candidatos quienes a su vez respaldaron al presidente. Pero no. Anaya y López optaron por la demagogia en vez de refrendar con valentía el compromiso por México y exhibieron oportunismo e ignorancia. Vaya fórmula que al mezclarse con un lamentable formato en el que la desinformación de los preguntones del público al combinarse con las ansias protagónicas de los moderadores, armó un circo en el que los payasos abusaron de su oficio. Meade fue la excepción con un discurso que da cuenta de sus conocimientos y de la estructura de su pensamiento. No en balde ha sido el mejor canciller del siglo. Quizá le faltó la elocuencia que le habría dado una defensa en tono mayor de la impecable actuación del presidente Peña frente a Trump. En síntesis: Anaya, derechista hipócrita e irresponsable con su inviable promesa de cancelar la cooperación con EU. López Obrador, sedicente y desmemoriado “izquierdista”, al que le sonó bonito la “alianza para el progreso”, una artimaña vintagepara servir a Trump. Meade reafirmó el nacionalismo que le ha dado y le seguirá dando vida al PRI: con firmeza y serenidad, mediante el diálogo negociar los acuerdos que hagan prevalecer los derechos de la nación.

 

 

Hechos y dichos

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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La noche del domingo los candidatos a la Presidencia debatirán sobre política exterior. Momento de corregir la campaña que ha tomado un sesgo pernicioso para la democracia, la soberanía, el federalismo, la representación política, la laicidad. Para la república, cuya política exterior debe condensar los intereses cardinales de la nación. Botón de muestra: en su lucha contra los principios constitucionales de la política exterior, Jorge Castañeda, canciller de Fox y hoy jefe de campaña de Anaya, anda diciendo que México violó el principio de no intervención al defender a Salvador Allende y condenar el golpe de Pinochet. Olvida que la no intervención está indisolublemente vinculada a la autodeterminación, derecho que los pueblos soberanos ejercen a través de la democracia. Chile eligió presidente a Salvador Allende, que fue depuesto por un golpe militar patrocinado por EU. Pinochet, al servicio de un gobierno extranjero, violó la autodeterminación del pueblo chileno e impuso 14 años de dictadura. La posición de México fue en defensa de la autodeterminación y contra la intervención golpista. Y no fue una ocurrencia del gobierno mexicano de entonces sino provino de nuestra historia. 60 años antes, el presidente Madero, electo democráticamente, fue depuesto por un golpe militar patrocinado por EU. Huerta, al servicio de un gobierno extranjero, violó el derecho a la autodeterminación de México y provocó una cruenta guerra civil. La autodeterminación y la no intervención tienen raigambre histórica y son nuestra mejor arma frente a los abusos imperialistas que hoy encarna Trump. Como canciller del presidente Peña, José Antonio Meade tuvo un excelente desempeño: recuperó la imagen de México en el mundo, nos reencontró con América Latina y nos reconcilió con Cuba. Favoreció la unidad nacional. Si los hechos cuentan y los cuenta bien, Meade debe ganar el debate.

 

 

La confianza y la esperanza

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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¿En qué se parecen Enrique Peña Nieto y José Antonio Meade? Esta pregunta, que para algún distraído podría parecer una impertinente broma estudiantil, tiene, sin embargo un hondo y profundo –como decía Malgesto– sentido político. En efecto, el presidente de la república, que en breve cumplirá el término de su mandato constitucional, postula que el valor supremo de su acción política terminal es la confianza, y el candidato presidencial del partido del gobierno afirma algo semejante en la lucha por obtener el voto mayoritario que le permita llegar a la Presidencia. Pero más que una coincidencia parece una equivocación. No del presidente que debe hacer frente a las duras y difíciles condiciones internas e internacionales que lo apremian a cuidar la estabilidad económica y a garantizar la integridad de las instituciones en la transición política hacia un nuevo gobierno. Pero la circunstancia del candidato es otra. Está bien que apoye al gobierno en su búsqueda de la confianza de quienes la reclaman para no saltar del barco –sectores vinculados por la propiedad y el dinero–, pero el valor decisivo en la disputa por el voto de la mayoría que son los trabajadores, es sin duda la esperanza. En el proceso en curso, la esperanza ha sido manipulada desvergonzadamente por los opositores a partir de falsas premisas, y cuyas ofertas no tienen más sustento que la demagogia desenfrenada. Pero la verdadera esperanza, la que se funda en el trabajo y el esfuerzo diario y es alimento espiritual del pueblo, tiene  un lugar preferente en la opción reformadora. El relanzamiento de Meade será enarbolando las demandas y las aspiraciones populares o no será.