El fracaso de la renegociación

Jorge Faljo / Faljoritmo
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El tiempo para presentar un TLCAN renegociado al actual Congreso estadunidense se agotó el 17 de mayo. Eso porque los senadores de allá pidieron un amplio periodo para revisarlo a conciencia. Alguno todavía plantea que podrían revisarlo en pocos días. El problema es que, sobre todo México y Estados Unidos, mantienen fuertes diferencias que difícilmente podrán resolverse a corto plazo.

Dicen, un poco para salvar la cara, que la renegociación continuará en el 2019. Pero para entonces los congresos de ambos países tendrán una configuración política muy distinta. Allá seguramente los demócratas adquirirán fuerza y aquí la ganarán los que ahora son oposición.

Es controvertido hablar de fracaso. La renegociación la impuso Trump y no logró lo que quería. Es su fracaso.

Del lado estadunidense los objetivos son claros: En primer lugar, reducir de manera substancial el déficit comercial con México para recuperar el dinamismo de su sector manufacturero y la generación de empleos de calidad dentro de Estados Unidos. Lo que deriva en múltiples objetivos secundarios: incrementar sus exportaciones de manufacturas y productos agropecuarios; nivelar el diferencial salarial para limitar la salida de inversiones y puestos de trabajo hacia México; substituir importaciones.

Para México la negociación no era del tipo ganar-ganar, sino lo contrario, si aquellos ganaban aquí se perdía un pilar fundamental de la estrategia económica de México: ser puente maquilador entre insumos importados sobre todo de China y con un gran déficit, y exportarle a Estados Unidos con un gran superávit. Podría pensarse que en la renegociación México ha ganado, por lo menos tiempo. Afirmación discutible porque seguir como hasta ahora no es algo positivo.

De acuerdo al INEGI la comparación del primer trimestre de 2018 respecto al de 2017 apunta a un pobre crecimiento del producto interno bruto de tan solo el 1.3 por ciento. Las actividades primarias muestran un crecimiento de 5.4 por ciento y las terciarias del 2.0 por ciento. Pero el sector financiero deja mucho que desear con un retroceso de 0.8 por ciento. Destaca a su interior la reducción de 6.1 por ciento en la actividad petrolera. Sobre todo, preocupa la reducción de la producción manufacturera en 0.2 por ciento.

México le apostó a la exportación en contra del fortalecimiento del mercado interno; con consecuencias desastrosas en cantidad y calidad para el empleo rural y urbano, y la expulsión de millones de mexicanos al extranjero. A pesar de los salarios miserables no somos una potencia exportadora. Y ahora que nos falla el petróleo, la minería y la manufactura, surgen amenazas contra la joya de la corona, las exportaciones de automóviles.

Podemos atribuir el problema a cambios del exterior. La economía mundial está agobiada por la sobreproducción. Eso no es culpa interna, pero ¿qué más da? Lo fundamental es reaccionar ante las nuevas condiciones externas que dificultan la exportación, alientan las importaciones dumping y obstaculizan la emigración. 

El estancamiento económico, el trabajo esclavo, la inequidad, el empobrecimiento y la violencia han ocurrido en los tiempos de un TLCAN funcional. Así que preservarlo no da para mucho más.

Ahora Trump, frustrado, amenaza con imponer un arancel de 25 por ciento a las importaciones de autos. Puede ocurrir o no, pero es un estilo de negociación… cabrón.

Trump no ha tenido empacho en poner en duda tratados internacionales y en algunos casos romperlos. Cuestionó a la alianza militar NATO, rompió el tratado sobre cambio climático y el acuerdo con Irán. En asuntos mayores y menores promete y se desdice. Es su estilo personal.

De este lado lo que está en juego es enorme: Un modelo económico agotado pero que, de la manera en que transitemos a otra cosa depende el bienestar, tal vez la vida, de muchos mexicanos.

El fracaso de la renegociación del TLCAN es también un fracaso mexicano. Se requería más audacia y amplitud de miras para proponer una recomposición no solo de la relación con Estados Unidos, sino de la estrategia económica nacional, incluso la de Estados Unidos y la de Canadá.

Trump le ofreció al pueblo estadunidense recuperar industrias y empleos manufactureros. Tal vez ayudándole podríamos salir ganando. La clave estaría en dejar de ser un puente de insumos chinos para proponer la reindustrialización conjunta de México, Estados Unidos y Canadá. Cierto que en una economía mundial en sobreproducción algunos perderán industrias y empleos. Deberíamos jugar una carta defensiva ante China, un país que mantiene enormes superávits frente a los tres países del TLCAN.

México debe plantearse reactivar y desarrollar una producción manufacturera de doble orientación; hacia el mercado interno y hacia la exportación dentro del TLCAN. Lo que implica substituir productos chinos, en parte con producción interna y también con importaciones de Estados Unidos y Canadá. A cambio de ello demandaríamos preferencia sobre China en las exportaciones mexicanas a los socios del Tratado. Una estrategia de este tipo generaría empleos de mejor calidad en los tres países.

Además, Trump debe entender que, si ya no acepta migrantes mexicanos, es imprescindible que aquí sigamos una estrategia de desarrollo rural que permita ofrecer posibilidades de vida digna en el campo. Lo que implica un objetivo de autosuficiencia alimentaria asociado a una mayor presencia del Estado.