Los avances de la violencia

Sergio Gómez Montero / Isegoría
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No, no hay certeza de nada. La violencia militar, hoy, por lo común, arrastra fantasmas múltiples, entre los cuales uno de los más comunes es las oscuridad y la confusión que lo mismo se generan cuando un avión militar o civil es atacado y nadie sabe quién lo hizo, que cuando, como hoy en Siria, nadie sabe ciertamente quién atacó con armas químicas a la población civil de Guta y luego eso provoca que Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña (¿quién los invitó, qué tienen que ver con Siria, por qué se pasan por el arco del triunfo a la ONU que pareciera no servir para nada?) ataquen a la población civil indefensa de Damasco. ¿Dónde comienza esa dinámica irracional de la guerra, pues ésta, si Rusia interviene, no tardará en extenderse aún más irracionalmente?

Por otro lado, el sábado, de nuevo, una violencia alarmante se desató en Oaxaca cuando sicarios y agresores de la CTM agredieron a un grupo de maestros que protestaba por el mitin político que realizaba en la ciudad con cientos de arrastrados del candidato del PRI José Antonio Meade. De inmediato se desplegaron guaruras que le cubren las espaldas al priista para cubrirlo mientras pasaba la gresca provocada por la agresión de los cetemistas y mientras lograban controlar también las muestras de repudio de sus propios acarreados en contra de Meade Kuribreña.

¿Cuál es el porqué de la violencia cuando las guerras se tienen perdidas (Guta es hoy la única ciudad siria que parcialmente controlan los rebeldes y el repudio a Meade es cada vez mayor)? Es evidente que la aparición de la violencia en esos momentos críticos tiene sólo una razón de ser: provocar que el enemigo aparentemente débil aunque legal de la contienda se atemorice con ella y considere que en ese momento no puede combatir. Y efecto, por cuestiones de reglas del juego no puede ni mucho menos debe combatir, pues por principio de cuentas las elecciones en el marco capitalista deben de ser obligatoriamente pacíficas, en donde las fuerzas policiacas y militares deben ser sólo observadoras. Seguir insistiendo y poniendo en práctica la violencia sólo se da, por ende, por así convenir a quienes son realmente débiles en las contiendas y para quienes la violencia se convierte en un factor a su favor, pensando que el caos que la violencia provoca favorece siempre a las fuerzas que buscan el cambio social. Tal pensamiento erróneo es sólo una provocación.

No, no se trata de retomar aquí los viejos debates entre los revolucionarios rusos sobre la violencia. Sólo recordar que no siempre la violencia favorece a quienes por más que busquemos el cambio social nos mueven la prudencia y la inteligencia para que ese cambio se dé.

Ir lento, pero seguro, pudiera ser consigna de esta campaña (un paso adelante dos atrás).

 

 

La corrupción: imparable

En memoria de Sergio Pitol.

Sergio Gómez Montero / Isegoría
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Como la cauda del cometa, así arrastra Meade a la corrupción. El suyo es el paso fugaz pero persistente de los olores mefíticos que acompañan a las acciones que se identifican con la maldad y lo podrido. De principio (o desde antes del principio más exactamente) todo lo que viene de Meade huele a la mierda que ha regado el PRI desde el año 50 en adelante (o sea desde Miguel Alemán en adelante) y que, en plena campaña electoral, se empeña en seguir regando. ¿Por qué razón; acaso porque no quiere que su candidato gane? ¿O porque quiere que su candidato gane, no importa que embarrado de lodo y mierda, dígalo si no la inclusión a la fuerza del Bronco en las boletas electorales, luego de cohechar burdamente a cuatro miembros del Tribunal Electoral del Poder Judicial? ¿Fraude? Obvio, claro.

Toda esta semana, pues, Meade ha olido a mierda. Peor aún: toda su campaña.

¿Por qué esa pérdida de vergüenza de los seguidores de Salinas de Gortari para ensuciar así los procesos electorales en los que participan, a fin de conservar a como dé lugar la persistencia del capitalismo como forma de gobierno? Ese sí es un dilema que la teoría política debe abordar más a fondo si hoy se quiere, precisamente por la vía electoral, desplazar del poder al sistema capitalista. ¿O el cinismo de ese sistema garantiza que por siempre el capitalismo se mantenga virtualmente incólume? Es decir que, ¿mientras persista el sistema electoral no hay posibilidades reales de que el capitalismo sea removido como sistema de gobierno como hoy se quiere demostrar indistintamente tanto en México como en Brasil? En México, con todo tipo de tropelías; en Brasil, con un sistema de justicia tirado a la basura.

Sorpresa será, pues, que en ambos países cambie la dinámica bajo la cual se están desarrollando los procesos para que en ambos casos predomine la ley y no el chanchullo y la corrupción. Como ya lo he escrito, ese cambio de dinámica conlleva virtualmente que ya el capitalismo está en retirada y que es hora de retirarlo de la escena política, pero lo que no se contesta es y cómo, tomando en consideración que si bien es cierto que actualmente tanto en México como en Brasil el poder pareciera andar arrastrándose por las calles, como lo escribiera pocos años atrás el maestro español Pablo Iglesias Turrión, faltan los soviets que se empeñen en tomar de las calles ese poder para convertirlo en el Estado leninista que concrete la revolución. El problema de ese salto vuelve a escribir el mismo teórico español es que el principio del siglo XX es un tiempo radicalmente diferente al actual y que desde 1968 hasta hoy los marxistas no hemos podido diseñar una teoría de toma del poder que vaya más allá del Estado, pues hoy la toma del Estado, la lucha electoral, es insuficiente para desplazar al capitalismo del control social.

            Aunque no hay que olvidarlo: contradictoriamente, un paso en esa lucha es la toma del poder por la vía electoral.