De la furia, el terror y la cortedad de miras

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos
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Los “intelectuales orgánicos” del neoliberalismo, imbricados con los grupos de poder económico, principalmente, y luego político, según la atinada definición del filósofo y periodista Antonio Gramsci, han tratado de simplificar la cuestión nacional presente, al calor de la contienda electoral presidencial, como un asunto entre “enojados” y “miedosos”.

 

Gramsci, que para mayor terror de los falsos liberales también era comunista, los ubicaba como “apostadores del grupo dominante” (aunque hubo un tiempo en que las mentes consideradas como “cultas”, realmente suministraban ideas que hacían posible la marcha de los gobiernos y hasta aportaban cuadros administrativos).

 

Durante las últimas cuatro décadas, la apuesta ha sido sustituir las ideas por dogmas y a los gobernantes por sacerdotes, predicadores de “buenas nuevas” que siempre terminan en “malas permanentes”.

 

Y con esa cortedad de miras, la cuestión se resume en un asunto emocional entre encabronados y miedosos cuando lo que está enfrente es justamente un “sistema”, tanto político como económico, que ya no tiene nada qué ofrecer (salvo una discrecional y clientelar distribución de la miseria); un modelo que ya no da para más, que agotó sus posibilidades en un mar de evangelios y profecías que poco o nada tienen que ver con la realidad, con una democracia “chata”, recicladora además de una plutocracia que se ha encargado de estrangularla, y con una justicia que apenas merece este nombre.

 

Y en esas andan los órganos de fonación neoliberal, a ver si es chicle y pega, tratando de abreviar la situación, matizando u ocultando abiertamente los resortes que han colocado a su doctrina en una situación complicada y, sí, también frente a un encabritamiento casi generalizado (con excepción del “1 por ciento”) por las reiteradas tomaduras de pelo (burlas) respecto de un futuro luminoso mientras se aplica el ya clásico descontón traicionero y la puñalada trapera, tratando de “institucionalizar la miseria”.

 

Es cierto que en muchos casos habrá malestar, pero no es sólo por las últimas estocadas (gasolinazos, violencia, etcétera) sino por un largo período en el que únicamente unos cuantos pueden sentirse satisfechos (el ya estigmatizado “1 por ciento”, reflejo del abuso, el saqueo, el rentismo especulador y la acumulación por la acumulación en nombre de la ley) en menoscabo de millones.

 

De manera que el quid del asunto no sería, como pretenden los “intelectuales orgánicos” neoliberales ni los supuestos “recicladores del desarrollo estabilizador”, decantarse por alguna de esas opciones para calmar la furia o tranquilizar a los apanicados (previa amenaza propagandística de sus “intelectuales” con el cuento del Chupacabras), sino el rechazo de ambas por su probada devastación y naufragios recurrentes y la apuesta por un rumbo distinto.

 

Del mismo modo que de nada sirve continuar con el modelo del capitalismo salvaje que ha generado una grosera desigualdad, con más de 56 millones de pobres y una concentración insultante de la riqueza nacional, tampoco es útil retomar viejas recetas con “papá gobierno” al mando de todo, dispensador de vidas y haciendas, las cuales terminan siempre en una loca borrachera y millones de sufrientes (con futuros hipotecados en ambos casos, en perjuicio de varias generaciones de seres humanos).

 

Los candidatos presidenciales, dirigentes y representantes de los partidos políticos están sumergidos en escaramuzas de ficticias geometrías políticas (izquierdas, derechas, conservadores, liberales, y ahora hasta burdos “independientes”), así como de posturas económicas ambiguas e ilusorias. Sus seguidores los aplauden rabiosamente.

 

         Es “normal”, pues finalmente es parte del entretenimiento y de la oferta para tratar de quedar bien con la mayor cantidad de electores y sectores que se pueda. En apego a la contienda electoral, ellos pueden simplificar lo que quieran y presentarse como lo que quieran (falta que alguien les crea), pero en algún momento tendrán que definirse (quizás durante la toma de posesión correspondiente), y es ahí donde se verá si la apuesta es únicamente compensar el malestar o devolverle el alma a los supuestos timoratos, o ir más allá de interpretaciones simplistas de una época prolongadamente asfixiante.

 

 

 

Contra las teologías económicas fracasadas

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos
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Teologías del desastre, abreviadas por la filosofía de a pie: “el capitalismo es la explotación del hombre por el hombre. El socialismo es lo contrario”.

 

Como prólogo o pelea semifinal de una velada boxística, se puede organizar un torneillo para poner frente a frente a Carlos Marx y a Friedrich August von Hayek, o a Milton Friedman y a John Maynard Keynes, o bien a Thomas Piketty y Gabriel Zuckman contra toda la cháchara “intelectual” de institutos y academias, así como de organismos financieros internacionales.

 

Esto tal vez permita aclarar confusiones y generar ciertas emociones antes de entrar al duelo estelar, que no es otro que encarar a las teologías de cada bando contra la siempre terca contundencia de los hechos.

 

          Frente a ello y con algo de sentido común, se verá que nunca ha habido “fundamentos”, sino creencias, teologías (así asumidas como tales por los adictos que nunca faltan) en las cuales la verdad revelada se ha vuelto siempre contra sus profetas. Los hechos, vistos con las gafas de la historia, lo prueban una y otra vez. Es obvio que en estos tiempos es mera ocurrencia plantear la necesidad de revivir al “Ogro Filantrópico” (de Octavio Paz, que es una forma de describir el “desarrollo estabilizador”) con la fuerte intervención del gobierno en tareas empresariales y de fomento económico, sin duda con sus momentos de esplendor pero que, como se sabe, terminaron en tragedias.

 

También, no son menores las pesadillas y las angustias generadas desde hace casi cuatro décadas por el “Ogro Salvaje” (también con sus momentos estelares), donde el gobierno es asumido como una simple tarea de gerentes en papel de “mediums” con recetas de ficción, ya ni siquiera de vigilantes trasnochados”.

 

          Ambos engendros, como se ha probado, terminan convertidos en el “Ogro Antropófago”, ese que describió un peculiar pensador, como fue el peninsular Carlos Castillo Peraza, y que consiste justamente en devorarse a sí mismo y a los demás. Los hechos refutan toda la charlatanería difundida en ambos casos, con crecimientos económicos ficticios que concluyen en estruendosas caídas o están en franca reversa o estancadas, con el consecuente empobrecimiento generalizado, el agandalle de los bienes productivos como innovación, así como las deudas y el saqueo eternos, producto de voluntades sin rasgos racionales (especuladores y estafadores), dependientes, eso sí, de los impuestos ciudadanos vía “papá gobierno”, ese que dicen aborrecer pero al que no dudan en invocar para los recurrentes “rescates bancarios”, “salvatajes” y otros.

 

Por más que se diga, está probada la depredación y la devastación en  esos extremos.

 

Pero “algo” tiene que hacerse antes que recurrir a recetas de “economistas difuntos” o de “modelos para zombis”, y ver con cuidado las propuestas que se han planteado entre los economistas vigentes para concluir con un círculo que sólo ha generado concentración de la riqueza en unos pocos (el triste “1 por ciento”) y la miseria de 703 millones.

 

Quizás se pueda rescatar lo bueno que hay –porque lo hay– de cada cual y con ello dar paso a un modelo distinto, pensando en su perfectibilidad permanente, en su modificación constante, antes que en su pretendida “perfección inatacable”, rasgo más bien teológico que económico o social, como sucede actualmente y como ha sucedido en otras épocas.

 

Porque es cierto que nadie quiere que el gobierno vuelva a fungir (más bien, fingir) como parte del aparato productivo, pues está probado que es un mal empresario y un peor patrón (así sucedió en el período del “desarrollo estabilizador” y parte del “populismo” de caudillos), pero tampoco son admisibles los vacíos de autoridad, los cuales sólo se cubren tras el respectivo ataque de irracionalidad especuladora, esto con el entusiasmo de los campeones de la libertad individual.

 

Salvo  casos muy ostentosos de adicción teológica, tampoco nadie quiere que las cosas sigan como están, con ese modelo neoliberal promotor de la desigualdad, la corrupción sistemática y cínica, la evasión de impuestos y el aterrizaje en paraísos fiscales; el usufructo de la riqueza nacional sin compensación alguna, con la grosera dádiva disfrazada de “programa social” o el todavía más insultante “comedor popular”, publicitado sin rubor alguno como un “gran logro” oficial.

 

Como diría el clásico, no se trata de cambiar de cadenas, sino de dejar de ser perros. Y para ello es preciso dejar atrás modelos fracasados, en esencia devastadores.