El gesticulador

Gerardo Fernández Casanova
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Finalmente tuvo verificativo el primero de los debates entre los candidatos a la Presidencia de la República. El evento cumplió cabalmente con el desempeño previsto: todos contra el que va a aganar. De los cinco participantes, cuatro dedicaron el 70% de su tiempo a combatir a Andrés Manuel López Obrador quien, por su parte otorgó, si acaso, un 20% a dar respuesta a los ataques referidos, amparado en su muy amplia ventaja en las preferencias de los electores. Se quedaron frustrados los que esperaban que cayera en el garlito de entrar a un intercambio de golpes.

          Aunque el diseño del evento ofreció una dinámica menos acartonada que los anteriores, no puede lograr los tiempos necesarios para la exposición de mayor detalle en las propuestas. Ni siquiera en Estados Unidos, cuna de esta modalidad política, donde sólo son dos los candidatos, es posible tal objetivo. Eso se da en la plaza pública, en el discurso del mitin. Me acuerdo con admiración de cómo se hacían (no sé si así continúen) los debates en la democracia chilena; en el parque Cousiño, creo que se llama, donde. previo programa convenido, se presentaban los candidatos a exponer sus proyectos. Siendo estudiante me tocó escuchar a Salvador Allende en 1965.

          Si en el ejercicio mexicano del pasado domingo (22-IV) lo importante fuese la proyección de imagen pública, indudablemente Ricardo Anaya se llevó las palmas. Se mostró hábil en la retórica, elegante y jovial, preparado para el evento y con una acertada combinación de ataque a AMLO con propuestas propias. Su único error es que su discurso no encaja en los sentimientos del pueblo agraviado por el régimen del cual él y su partido, Acción Nacional, son parte sustancial; ofreció simplemente hacer mejor el neoliberalismo que sus antecesores del PRI y del propio PAN han hecho mal; se mostró propicio a la mano dura y justiciera contra el crimen, con más policía y mayor inteligencia; desmantelar y no sólo descabezar a los grupos criminales; o sea, más de lo mismo. Me recordó al gran dramaturgo Rodolfo Usigli con su magnífica obra El gesticulador.

           Meade, el gran perdedor, no tiene más que ofrecer que su currículo y la petición, casi ruego, de merecer credibilidad, sabedor de que es su mayor debilidad. No se  puede creer la honestidad de que hace gala, habiendo sido miembro de primera línea de administraciones corruptas. Se rasgó la vestidura para acusar a AMLO de tener tres departamentos (que luego serían sólo dos) a su nombre y no haberlos incluido en su declaración patrimonial, lo que independientemente de ser falso, resulta una nimiedad ante la escandalosa Casa blanca de su jefe y promotor, entre muchas otras lindezas.

          Margarita Zavala logró emocionarme por su lucha por la igualdad de género y, como alguien dijo, como candidata a la presidencia, pero la municipal de algún poblado de la región cristera. El Bronco bateó recio y se voló la barda, aunque en terreno de faul. Cual talibán norteño, propuso cortar la mano a quien robe desde el gobierno; tal vez aspire a un país de mochos. Fuera de ese dislate ambos cumplieron a pie juntillas su tarea de buscar enojar a López Obrador, sin lograrlo.

          Por su parte, el multialudido Andrés Manuel, hizo oídos sordos. Basó su comparecencia en los principios que rigen su comportamiento político y marcó su diferencia con el modelo neoliberal y con la violencia como forma de combatir a la violencia, lo que lo ha llevado al elevado nivel de preferencia en las encuestas. Personalmente creo que tenía espacio para mayor exposición, aunque cualquier cosa que dijera sería de inmediato bombardeado; fue muy comedido con los moderadores, a quienes se dirigió en todas sus intervenciones, sin haber destinado una sola mirada a la cámara para dirigirse al público televidente, creo que eso fue un error y puede interpretarse como un desprecio al público, así como también se interpretaría como falta de respeto el no haberse dedicado a la preparación del acto y jugar a las estampitas con Jesús Ernesto, su hijo menor. Fuera de eso, López Obrador, sin aspavientos ni retórica, logró su objetivo al no entrar en el lodazal: mantiene su firme ventaja en la preferencia de los electores.

 

 

Todos contra el que va a ganar

Gerardo Fernández Casanova
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De manera insólita y por mayoría (4 a 3) el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) autorizó la inclusión de Jaime Rodríguez Calderón a) el Bronco, como candidato independiente a la Presidencia. Con ello dio reversa a la resolución del Instituto Nacional Electoral (INE) que la había rechazado por razón del cúmulo de irregularidades observado en la conformación del respaldo de firmas a la referida candidatura. Casualmente, pocos días antes estuvo López Obrador en Monterrey, Nuevo León, en multitudinario mitin que confirmó los datos de encuestas que lo colocan a la cabeza entre los aspirantes en dicho estado, tradicionalmente refractario a la propuesta de AMLO y gobernado por el llamado Bronco. Queda a la vista la truculencia del TFE que actuó por consigna superior para incluir un nuevo elemento a la batería de denostadores del candidato de Juntos Haremos Historia (Morena, PES y PT). Recuérdese que en política la casualidad no existe. El desaseo de la apresurada resolución hizo que levantaran la voz personajes de indiscutible prestigio, totalmente ajenos a los simpatizantes de Andrés Manuel, para denunciar la improcedencia de la actuación del TE, calificándola de escandalosa. Como ya va siendo costumbre de quienes están orillados a la defensiva, el tiro les salió por la culata y, más que afectar a López Obrador, la medida viene a confirmar a los ojos del público el desprestigio y las malas artes del régimen que comparten el PRI, el PAN y lo queda del PRD.

          Este próximo domingo se verificará el primer debate entre los candidatos, ahora con cuatro contra uno (cinco si se incluye al más activo oponente: Enrique Peña Nieto) todos unidos en contra del cambio representado por AMLO, lo cual está convirtiéndose en la tónica general de la campaña. La única propuesta de José Antonio Meade, Ricardo Anaya, Margarita Zavala y Rodríguez Calderón es que no llegue López Obrador a la Presidencia, tratan de descarrilarlo con todo tipo de argucias, sin percatarse que lejos de debilitarlo lo han fortalecido. Pesa mucho más el desprestigio de los contrincantes que lo que le puedan inventar al que lleva la delantera.

          Han tomado el tema de la construcción del nuevo aeropuerto como ariete, defendiéndolo a ultranza ante el anuncio de López Obrador de que lo sometería a revisión y, en su caso, lo suspendería para hacer la nueva terminal en tierra firme con la ampliación del aeropuerto militar de Santa Lucía. Independientemente de los argumentos de orden técnico que enarbola AMLO, lo cierto es que es de conocimiento generalizado que la obra pública del régimen se decide en función de los intereses de negocio del grupo en el poder, aunado a la conocida corrupción en el otorgamiento de contratos. También en esto lleva las de ganar Andrés Manuel.

          Otra diana de tiro es la que se refiere a la amnistía planteada por López Obrador para buscar la pacificación del país, siempre aclarando que no sería una nueva fórmula de impunidad. Es de común entendimiento que en México lo que impera es una impunidad corrupta; la que sólo ha hecho que la violencia y la inseguridad aumenten día con día. El cuarteto del anti López Obrador, sólo alcanza a repetir la misma cantaleta de atacar al crimen con el mismo crimen y la violencia con la violencia, en un cuento de nunca acabar. La gente sólo quiere paz y seguridad para vivir.

          Le duele mucho, al dicho cuarteto, la invitación a Napoleón Gómez Urrutia como candidato al Senado. Les duele porque ha ganado todos los pleitos legales que le han armado. Les duele porque se opone a que el bienestar de los trabajadores sea la moneda de cambio para atraer inversiones extranjeras, cosa contra la que se han manifestado tanto Donald Trump como el primer ministro de Canadá, Justin Trudeu, por considerarlo una competencia desleal y, agrego yo, inhumana. Les da miedo perder los privilegios de que gozan en perjuicio de la mayoría y ya podrán irse despidiendo de ellos.

          Igual pasa con el caso de la inclusión de Nestora Salgado en las listas de Juntos Haremos Historia. Les encabrona que una mujer de pueblo, líder de la autodefensa de su comunidad en contra del crimen organizado, injustamente encarcelada por inexistentes delitos de secuestro, vaya a tener tribuna para hablar y defender su lucha por la justicia y el buen vivir social.

          Lo bueno del caso es que al hacer montón, se convierten en uno sólo contra la alternativa de cambio que significa Andrés Manuel López Obrador. Son viles montoneros a la mexicana, temerosos de los que verdaderamente somos: montón (montoneros a la manera argentina) y lo mostraremos en las urnas el próximo 1 de julio.