Viene lo bueno

Raúl Moreno Wonchee
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Al debate, cada quien fue por lo suyo: López Obrador, por su condición de puntero, sería el blanco del mayor número de ataques de sus alternantes que harían lo posible por detenerlo. El tabasqueño se agazapó a  capear el temporal y se cuidó de no sufrir un resbalón. Sus adversarios lo pusieron en el centro del escenario con acusaciones que les impidieron expresar con claridad sus propuestas. Ricardo Anaya entró decidido a encabezar la cacería y consolidarse en el número dos de la clasificación general como “el único capaz de derrotar a López”. La agresividad de sus ataques le permitió causarle algunos daños al Peje pero en sus planteamientos exhibió una vertiginosa vacuidad. José Antonio Meade prefirió no librar en campo abierto una batalla que por el ambiente adverso que se ha configurado en torno al gobierno y a su partido, no tenía posibilidades de encarar con éxito. Sagazmente escogió emprender una ofensiva efectista aunque sus ataques a López no tuvieran la contundencia deseada. Las adhesiones a su candidatura del gobernador de Michoacán Silvano Aureoles y del independiente Armando Ríos Piter, le dieron espacio para atacar a López aun corriendo el riesgo de favorecer momentáneamente a Anaya. En las próximas semanas, cuando entren en escena los temas del desarrollo democrático nacional, José Antonio Meade marcará el paso y hará a un lado la fórmula que pretende reducir la elección presidencial a dos candidatos: Ricardo Anaya y López Obrador, ambos populistas y ambos de derecha. Si Meade confirma la cruz de su parroquia reformista, creará las  condiciones para librarse del panismo resentido.

 

 

El desafío del doctor Graue

Raúl Moreno Wonchee
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¿Fue rollo de ocasión o algo más? Es decir, si el mensaje del 5 de abril con el que el presidente Peña respondió a las amenazas y agravios que Donald Trump profirió contra México fue sólo un recurso momentáneo, o se trató de un discurso basado en la historia de la resistencia de México contra los abusos del mal vecino, que recoge la mejor tradición patriótica y opone al nacionalismo opresor de la gran potencia, la idea superior de la emancipación de México sustentada en nuestro nacionalismo, democrático por su forma y contenido, y social por su carácter popular y sentido progresista. Y que hace de la unidad nacional la fórmula que permite no sólo rechazar la hostilidad y el maltrato sino avanzar en la vigencia de los derechos del pueblo mexicano. Por eso, el respaldo al presidente brotó súbita pero explicablemente. Y se puso en evidencia que el hartazgo y el malestar no son fatales ni irreductibles y que hay espacio para replantear los términos de la política y la competencia electoral. El presidente no sólo llamó al respeto sino lo ejerció, y al hacerlo emplazó a los redentores y a sus coaliciones a elevar la contienda, a dejar atrás los halagos a sí mismos y el intercambio de denuestos que sólo dividen. El pueblo mexicano no se merece el trato que quieren imponerle los vendedores de milagros y maldiciones. De ahí el valor de que el espíritu haya tomado la palabra para enaltecer a la raza. El rector Enrique Graue puso la materia gris, no toda pero sí una porción significativa, y el INE alineó a los coaligados. En la UNAM, "Los desafíos de la nación" pusieron el verbo y la inteligencia para abatir la demagogia, el sufragio sea efectivo y se fortalezca la unidad nacional.

 

 

La fuerza de la razón

Raúl Moreno Wonchee
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Lo dijo el poeta: llegar  con todos y a tiempo (saber llegar como cantó José Alfredo). La enérgica serenidad del presidente de la república fue la indicada para que en la defensa de la patria nadie quedara fuera. Cada quien con su estilo, todos los candidatos habían defendido la soberanía y la dignidad de la nación, y las palabras de Peña Nieto cohesionaron y dieron sentido preciso al sentimiento nacional. Ante el  bárbaro embate, ciertamente Meade se anticipó a expresar su rechazo con justa medida y buen juicio, discretamente, buscando el tono y sin pretender sacar ventaja sino preparar el terreno, propiciar el encuentro. Y Peña Nieto encontró el altísimo valor de la palabra del presidente de México para responder a tan brutal desafío que en tiempos de política, de disputa electoral competida debe discurrir sin sombra de partidismo para reivindicar la causa que todos compartimos. Al reconocer la responsabilidad de los candidatos con la nación, los nombró por el orden alfabético de su apellido: Anaya, López, Meade, Zavala. Y así apeló a los partidarios de cada quién. Llamamiento político que incluyó a los muchos, muchísimos mexicanos que están lejos de la política pero que son sensibles, como el que más, al llamado de la patria. Trump, acorralado por la discordia que él mismo ha sembrado en su país, busca una salida falsa abusando de México. Frente al racismo, al belicismo y a la mala voluntad imperialista de Trump, los mexicanos oponemos nuestra unidad nacional para que la vigencia del derecho y la fuerza de la razón obliguen a dignidad y respeto en las relaciones entre Estados Unidos y México.

 

 

El que debe ganar

Raúl Moreno Wonchee
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¿Qué tan importante es el discurso con el que el candidato del PRI a la Presidencia de la República dio comienzo a su campaña electoral? Muy importante, sin duda, porque contiene claves con las que José Antonio Meade buscará ganar la mayoría del voto popular y con ella las elecciones. Y más aún por su condición de simpatizante que no es miembro del partido que lo postula, además de que es candidato de una coalición electoral en la que participan otros dos partidos con sus propias definiciones. El discurso, entonces, busca expresar esa complejidad e incluir los distintos elementos que la componen. Asimismo, pone a prueba la capacidad del PRI para sustentar orgánicamente una candidatura coaligada y desempeñar el papel cohesionante que le corresponde. Por eso, la densidad ideológica del discurso es baja y deja de lado referencias que en casos anteriores fueron obligatorias –y que en algún momento de la campaña seguramente tomarán su lugar– e incluye propuestas en crudo que deben ser procesadas sobre la marcha. Discurso que se aparta de los dogmas en busca de la elasticidad que le permita aproximarse a un electorado escéptico, cuando no reacio a la política. Apelando al nacionalismo que afloró en el ascenso del trumpismo y que cobró nuevos bríos frente a los sismos, Meade nos convoca a hacer de México una potencia para lo cual esboza diversas propuestas en torno a aspectos muy sensibles de la vida diaria pero omite, quizá intencionalmente, otros. La campaña del que debe ganar pondrá a prueba la inteligencia política del PRI para lograr que prevalezca la democracia social. De Anaya y de López  ya nos cuidará la divina providencia.

 

 

Una sorpresa anunciada

Raúl Moreno Wonchee
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Durante cien días y de manera no tan sigilosa pero si discreta, Kim y Moon prepararon el sensacional encuentro que ha puesto al mundo al borde de la paz. Armados --ora si que armados-- de una inteligencia a la medida de su inmensa valentía, Kim Jong-un y Moon Jae-in, presidentes de la República Popular y Democrática de Corea (a) Corea del Norte y de la República de Corea (a) Corea del Sur, pusieron punto final a la larga guerra que durante el segundo medio siglo XX y 18 años del XXI representó una permanente amenaza para la península coreana y el mundo entero. Guerra que por cierto no se debió a la ferocidad fraticida de los coreanos, sino les fue impuesta como consecuencia del trágico colofón de la segunda guerra mundial: los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. Los acuerdos de Yalta que conducirían al mundo a una paz democrática luego de la victoria de los pueblos sobre el nazifascismo, fueron reventados por quienes se habían servido de la guerra para incubar el huevo de la nueva serpiente que el propio Eisenhower denunció al momento de dejar la Casa Blanca: el complejo industrial militar. La guerra costó tres millones de vidas y Corea fue dividida y puesta bajo la amenaza nuclear de EU. Pero el Norte no se rindió y el Sur, con paciencia y laboriosidad, mantuvieron viva su identidad nacional y están abriendo paso a la paz y a la reunificación haciendo a un lado a los pentagonistas como llamó Juan Bosch a los traficantes de la guerra. El apocalipsis termonuclear, el extremo terror jamás imaginado,  durante 68 años amenazó a la nación coreana. Ya no.