De pesadillas de Meade y espectros tropicales

Jesús Delgado Guerrero
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Desde hace tiempo los autores de novelas de terror descubrieron que era más atractivo, y hasta divertido, que zombis, vampiros, hombres lobo, momias y toda clase de monstruos dejaran de hacer de las suyas amparados en las sombras nocturnas y actuaran a plena luz del día.

Los escenarios alucinógenos, mansiones lúgubres, guaridas y ambientes nebulosos, clásicos para criaturas más trasnochadas que nocturnas, igual  los laboratorios para experimentos de científicos deschavetados, etcétera, quedaron obsoletos para las historias macabras de sangrienta proyección y fueron sustituidos por paisajes ecológicos, playas con bañistas bronceándose, calles con gran afluencia de gente, y otros carentes ya de espacios oscuros y tenebrosos.

En suma, la imaginería del terror, que según los estudiosos no guarda ningún parentesco con la “pulp fiction" (“ficción barata”, que luego alcanzó el rango de “ficción del horror o extraña”), ha evolucionado gracias a la creatividad o al tormento generado por cuentas pendientes de acciones si no pecaminosas (cargos de conciencia, les llaman), por lo menos socialmente censurables.

“Cuando la gente ve fantasmas, siempre se ve primero a sí misma”, dice ese perito en sentimientos del miedo que es Stephen King, cuyos pueblos habitados por fantasmas de los rockeros muertos y vampiros de instinto paternal hacen las delicias de los sufrientes lectores (Pesadillas y alucinaciones) y son en realidad sombras de la conciencia de voluntades poseídas por mundos fantásticos, donde incluso el célebre doctor Watson se anticipa al olfato sabueso de Sherlock Holmes para resolver un caso.

“Los extractos me dejaron sin dormir o por lo menos me dieron pesadillas”, refirió José Antonio Meade Kuribreña, candidato (¿ciudadano, priista?) a la Presidencia de la República, sobre las propuestas de su adversario Andrés Manuel López Obrador (AMLO) planteadas en una entrevista colectiva por parte de una televisora privada, especialmente aquellas que proponen la revisión de los contratos mediante los cuales “inversionistas” locales y extranjeros nos regresaron a la alegre “explotación” (sinónimo de saqueo) del energético de principios del siglo XX, así como los del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM).

Según Meade Kuribreña, en esta forma el espectro tropical que es el tabasqueño muestra “un mesianismo exacerbado y un autoritarismo a flor de piel, la verdad es bien preocupante”.

Conocidos los antecedentes de la cancelación del proyecto del tren de la Ciudad de México a Querétaro porque uno de los contratistas favorecidos le construyó, previa y casualmente, la mansión a la esposa del presidente Enrique Peña, dejando a los chinos “nomás milando” y con un reclamo millonario por “incumplimiento”; expuestos otros timos como los sobornos de Odebrecht para apoyos electorales a cambio de la entrega de contratos millonarios, además de “estafas maestras”, desvíos multimillonarios de programas sociales, saqueos en los dineros estatales y toda esa nube corrupta que incluye el uso de los fondos de pensiones de trabajadores (Pensionisste) para el “rescate” fraudulento de empresas constructoras (ICA) y ahora el uso de Afores (dinero de los trabajadores) para la construcción del NAICM, sin duda no sólo ameritan una revisión, sino hasta una sanción.

Ésta es quizás la peor pesadilla para el evangelio neoliberal y el grupo que busca conservar el poder público: la revisión que impone el mandato legal y la súper obligación de hacerlo en los citados asuntos, esto al calor de los citados antecedentes.

Incluso, en el eventual caso de que gane, el personaje que se dice atormentado por esas propuestas, tendría que hojear cuando menos los expedientes.

Pero del pánico más horrendo se pasa a la comicidad (tras la pesadilla, Meade dice que puede dormir en paz con la certeza de que va a ganar), y estamos viendo que la política del terror ha venido perdiendo eficacia en sus pretendidos golpes de efecto entre los ciudadanos. 

Lo que antes podía considerarse como todo un arte (causar miedo), hoy se hace de manera burda, con escaramuzas políticas que en vez de crear pánico lo único que generan es hilaridad, y donde lo presuntamente terrorífico no es más que un capítulo más del insano entretenimiento de temporada.

“Los rostros sin vida que se arrastran ante nuestra mirada son nuestra proyección”, se ha dicho, esto sin necesidad de averiguar demasiado (¿pa’ qué?)