Los campeones del pesimismo reaccionario

Jesús Delgado Guerrero
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Principio maltusiano (por Robert Malthus) que ni siquiera requiere evidencias para su constatación: la miseria se multiplica en forma geométrica en tanto que la acumulación de la riqueza lo hace en forma aritmética y, mejor, de reversa (concentrada en el muy cuestionado “1 por ciento” de la población, lo que hace más difícil que alcance para todos aunque haya).

 

Los asaltos a los bienes naturales y a las haciendas públicas, vía agandalle institucional, reducción o no pago de impuestos, especulación, timos y otras estafas de no tan dignas historias, no son aquí una suerte de prólogo de una novela criminal, sino el fundamento sobre el cual descansa el motor que impulsa el estancamiento de la economía (una estúpida contradicción, como muchas otras).

 

“Hoy estamos más cerca de comprender los fundamentos del universo”, sugería el recientemente fallecido científico Stephen Hawking. Y sin duda así debe ser entre las personas dedicadas a los estudios y observación de fenómenos astrofísicos.

 

No sucede lo mismo en el campo de la teoría social, política y económica, sobre todo la neoliberal y entre sus adictos donde, por ejemplo, de la disposición positiva, generalmente complaciente y corrupta, se pasa al pesimismo reaccionario,  aterrorizado ante cualquier eventual experimento y por eso opta por no arriesgar. Así de precaria es su actitud “positiva” y su falsa sonrisa frente a la presunta calamidad.

 

Por lo que se ha visto y leído los últimos días, en reducidos círculos (el 1 por ciento, claro) son presas del terror frente a un eventual triunfo del candidato de la supuesta izquierda en las elecciones presidenciales de nuestro país.

 

Histéricas, las agencias calificadoras de riesgo  (Standard & Poor´s, Fitch Ratings y otras) instrumentos de amago y cuyo crédito no es mayor al de las casas encuestadoras (sobre todo después de su actuación frente al crac del 2008 con las hipotecas Subprime), un día sí y otro también anuncian plagas frente a las cuales, de ser ciertas, no quedará más que elevar instancias, según su pesimismo reaccionario, disfrazado de “análisis técnico”.

 

Ahora, según una de esas firmas, el fantasma de la “volatilidad” flota en el ambiente, como si la especulación no fuera el deporte favorito desde que el Banco de México, con Agustín Carstens a la cabeza, convirtió al país en un enorme y desquiciado casino, resultando de ahí el incremento de la deuda pública hasta el 50 por ciento del PIB.

 

Esto, mientras la solidaridad social forzada tiene que salir, de nueva cuenta, al rescate de cascarones empresariales (el caso de Pensionisste y la constructora ICA, cuyos dueños saben que nada les va a pasar por ese estado de derecho confeccionado al gusto) mediante la gestión de truculentos funcionarios tecnocráticos.

 

Por no parecer excluyente: sobre esto ¿qué tienen que decir los defensores de la economía abierta que mantiene encriptados los expedientes de rescates bancarios (Fobaproa-IPAB, carreteros, azucareros, ICA); qué dicen de esto los paladines del respeto a las libertades y a la propiedad privada, aquellos que se asumen como impulsores de la competencia efectiva y equitativa en todas las esferas?

 

Tremendos agujeros negros que sólo emiten radiaciones tóxicas,  como sus derivados (parafraseando a Hawking) pero de las cuales las calificadoras de riesgos, analistas, expertos y demás pasan por alto o los toman como simples “fallos del mercado” (eufemismo de corrupción e impunidad).

 

La coartada es la ley que se confeccionaron para estos casos, eludiendo con cinismo la irresponsabilidad de su libertad para endosarle el costo a los contribuyentes, a esos que mediante salarios de miseria todos los días pagan el 35 por ciento de ISPT, el 16 por ciento de IVA y criminales gasolinazos, tarifazos eléctricos y de gas doméstico, etcétera, todo en nombre de “reformas estructurales” que, en los hechos, resultan verdaderas contrarreformas.

 

Entonces, es preferible no tocar las cosas que están a la vista porque el pesimismo reaccionario, como el optimismo de paga, sólo tiene que ver con la especulación de un futuro que todavía no llega (ni el suyo, de rebosante felicidad), dejando al margen todas las calamidades presentes y pasadas.

 

 

 

 

De la más feroz de las religiones

Jesús Delgado Guerrero
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Desde diversos templos, los “profetas de los últimos” tiempos lanzan su septenario apocalíptico, más en calidad de amenaza que de advertencia, aunque su doctrina cabalgue desde hace 40 años en los lomos del célebre Caballo Negro, signo de hambruna y pobreza:

 

En el caso de que en los comicios presidenciales triunfe el candidato de la presunta “izquierda”, Andrés Manuel López Obrador, si se cambian las políticas fiscales en nuestro país faltarán “juanes” y cronistas deportivos para narrar las batallas de los ejércitos en el Armagedón contemporáneo para ir contra la moderna prostituta babilónica de la idolatría (en termino políticos, “populismo” o bagatelización de la limosna presentada como “política asistencial”).

 

También, si se da marcha atrás a las “reformas estructurales”, principalmente la energética, ya no habrá Jeremías que proteja el Arca de la Alianza y sus tablas mosaicas. Temibles y no tan nuevos dragones harán sentir su flamígero aliento, se anuncia, a pesar de que estos fabulosos animales ya comenzaron a hacerlo, justo con esas “reformas”.

 

Por si faltaran jinetes (neoliberales), alguna bestia (tecnocrática), o dragones (conservadores), que para el caso son lo mismo en distintas representaciones, se desliza la amenaza de que cambios “inesperados” podrían incluir “medidas que debiliten la salud financiera de Petróleos Mexicanos o de la Comisión Federal de Electricidad", a pesar de que el primero está desmantelado, ya no aporta a la Hacienda Pública sino que por primera vez en su historia le quita (echa mano de reservas internacionales) y la segunda no es más que un membrete para la subcontratación de empresas privadas ya metidas en el negocio “de clase mundial”, con pasivos de escándalo que, como siempre, se “hicieron deuda pública” (más de un billón de pesos entre lo que queda de ambas paraestatales).

 

Todo esto, y más, dicen los sacerdotes a través de sus falsas videntes agencias calificadoras de riesgos, podría afectar las expectativas de crecimiento del producto interno bruto (mediocre 2 por ciento en las últimos 36 años neoliberales, sólo impulsado por el crecimiento demográfico) y complicará más hacer frente a la deuda pública que, dicho sea de paso, alcanzó 10 puntos porcentuales más del PIB durante el sexenio encabezado por Enrique Peña Nieto, llevando el pasivo del 40 al 50 por ciento del PIB.

 

Savoranolas invertidos pero igualmente desquiciados, organizan su propia hoguera de las vanidades no para arrojar sus riquezas, objetos de lujo, despojarse del espíritu de lucro, sino para conservarlas y ampliarlas, estirando más la brecha de la desigualdad.

 

¿Falta algún sello apocalíptico por abrir? ¡Ah, claro!, la democracia está en peligro (la fachada, debe aclararse); aseguran que estamos más cerca de Venezuela que de la democrática, próspera y no tan desigual Noruega (no obstante su monarquía constitucional).

 

“Hay que seguir con las reformas estructurales no porque sean razonables o justas, sino porque son reformas estructurales”, dice en tono pascaliano la propaganda del “automatismo” de las recetas neoliberales, con la obediencia ciega del que asume sin cuestionar (¿desigualdad? ¿pobreza?… ¿dónde?, ¿cuándo?), ejemplo de inanidad intelectual y de lo que algunos pensadores califican como “estupidez insensata”.

 

Walter Benjamín no tuvo inconveniente en denominar al capitalismo (libre mercado o neoliberalismo) como la más feroz de las religiones porque no conoce ninguna expiación, especialmente el financiero, donde el timo y el lucro son elevados a cánones esperanzadores, motores inevitables del progreso (el neoliberalismo, colmo del pesimismo pasado por  optimismo desesperanzado).

 

“Fuera de esta iglesia no hay salvación”, deslizan los mensajes de amago neoliberal. En efecto, ni la política ni la economía son la prioridad. Es lo religioso, con su  infierno terrenal como requisito previo, antes del prometido asalto al edén.