Abecedario del racismo mexicano

Genaro Rodríguez Navarrete
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* La democracia electoral ha sido discriminatoria y excluyente Federico Navarrete * Clasismo, sexismo y racismo, se combinan * Es un asunto cotidiano sustentado por los medios de comunicación y la publicidad

México es un país racista. Aunque nadie se hace cargo de ello, se le práctica y padece cada día, y en todo momento. Tal es la tesis que explora Federico Navarrete en su libro Alfabeto del racismo mexicano (Editorial Malpaso. Barcelona, 2017), donde presenta 48 entradas para comprender éste tema.

Tres casos mediáticos –entre otros que se abordan–, ilustran la forma en que se manifiesta el racismo: primero, el escándalo en Guadalajara, en octubre de 2012, cuando una niña rubia y de ojos claros fue sorprendida pidiendo limosna en las calles. Inconcebible para una sociedad donde la pobreza sólo se asocia a las personas de piel morena.

En segundo lugar, la conversación filtrada del consejero presidente del Instituto Nacional Electoral (INE), Lorenzo Córdova Vianello, en la que se burla de la forma de hablar de indígenas chichimecas de Guanajuato, en abril de 2015.

Y tercero, las fotos del gobernador de Chiapas, Manuel Velasco, con su esposa, la estrella de televisión, Anahí Puente, en la catedral de San Cristóbal de las Casas, rodeados de mujeres tzotziles, también de abril de 2015, lo cual detonó la indignación por parte de diversas etnias que se sintieron utilizadas.

El estertor del racismo lacera a quien lo padece y denigra a quien lo ejerce. “Una costumbre que practicamos siempre de manera vergonzante y negamos con ahínco en caso de que alguien nos lo achaque”, dice Navarrete.

El racismo es omnipresente. Se combina con clasismo y sexismo. Se expresa de múltiples formas en todos los ámbitos de la esfera social. En eventos masivos (como los partidos de futbol), medios de comunicación; en el trabajo, el transporte público, la escuela, la universidad (ahora en el banquillo ante evidencias de acoso sexual); en lo público y lo privado; en el ciberespacio, las redes sociales y en la intimidad de la familia.

Tiene lugar cuando las élites blanqueadas –que se piensan superiores–, insultan a la raza de bronce, a los morenos, negros, indígenas, prietos, nacos, gordos, chaparros, homosexuales; a la mujeres (sobre todo a las trabajadoras domésticas con denominaciones como nanas, sirvientas, muchachas); a los judíos, shajatos, chinos, pachucos, espaldas mojadas. Cuando se descalifica a la masa de pobres, a la plebe.

Periodistas, intelectuales, funcionarios públicos, han (hemos) incurrido en ésta deplorable práctica. El racismo es un asunto cotidiano que “no lo reconocemos como parte de un sistema social discriminatorio, sustentado por los medios de comunicación y la publicidad, anclado en las representaciones de la cultura de consumo global”.

En el libro de Navarrete desfila un elenco de notables que, de modo abierto o velado, han esgrimido en algún momento argumentos racistas: Octavio Paz, Enrique Krauze, Germán Dehesa, Federico Reyes Heroles, Juan María Alponte, Roger Bartra y Héctor Aguilar Camín.

El autor sostiene que “la división de la humanidad, y de las naciones y las comunidades en razas es artificial y nociva, pues las diferencias biológicas entre los diversos seres humanos no son significativas y seguramente no afectan ni su capacidad intelectual ni su capacidad moral”.

Federico Navarrete Linares es doctor en Estudios Mesoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México y maestro en Antropología Social por la Universidad de Londres. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores. Ha publicado, entre otros títulos, México racista. Una denuncia; Los pueblos indígenas de México y La vida cotidiana en tiempos de los mayas.

En el Alfabeto del racismo mexicano señala que “la democracia electoral promovida en las últimas décadas ha sido discriminatoria y excluyente”. ¿Cómo se explica?

La democracia “sin adjetivos”, niega la diversidad cultural mexicana”. Defiende un “racismo encubierto y pernicioso”. Acota otras formas de hacer política. Es una democracia que contrasta con “la movilización de los pueblos indígenas y comunidades campesinas “mestizas” por el reconocimiento legal de sus formas de gobierno locales y particularmente de las elecciones por “usos y costumbres”.

Otra entrada relevante a destacar es la que se refiere al concepto de “pigmentocracia”, acuñado recientemente desde la sociología para describir “el poder racial” o “la discriminación por el color de piel”.

Navarrete registra, en otro orden, que “México es un régimen de apartheid económico, un neoliberalracismo tan fallido como pernicioso, tan autoritario como dogmático”.  

Sugiere que el racismo no es el causante de la desigualdad; pero ayuda a profundizarla.

México no es una nación “multicultural” como reza el discurso oficial. Lamentablemente “vivimos bajo la tiranía de una auténtica “multidiscriminación” racista, sexista y clasista”, concluye.

En el Alfabeto del racismo mexicano, Federico Navarrete llama a tomar conciencia sobre un tema que ha adquirido carta de naturalización y ante el cual, todo mundo prefiere hacerse de la vista gorda. Tal es la realidad del México de hoy.