María Alicia Martínez Medrano

Elena Poniatowska
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Ante todo, María Alicia Martínez Medrano –quien nos dejó el 2 de febrero pasado– fue educadora y promotora de la creatividad de los más pobres, como también lo fue Cristina Payán en el Museo Nacional de Culturas Populares. Fundadora de las guarderías del ISSSTE, asesoró a las del Instituto Nacional de Protección a la Infancia hasta que decidió ser maestra, y ¡qué maestra!, de futuros actores al encabezar el área de Difusión Teatral de la Unidad Artística del Bosque. Cuando la conocí trabajaba hasta las tres de la tarde en el Fondo de Cultura Económica de Arnaldo Orfila Reynal y, como vivíamos casi en la misma calle, nos hicimos amigas. Una tarde, al ver mi desorden, me dijo: Yo te ayudo, y todavía conservo carpetas con la letra de Marili.

Muy pronto me di cuenta de su descomunal generosidad. Muy pronto también, María Alicia se acostumbró a ir a varios pueblos de México y decía que los mejores maestros debían salir a las zonas indígenas, a los pueblos de provincia, respetar y fomentar la educación en dos lenguas. Pidió que se formaran maestros en las 57 lenguas indígenas. Más tarde, al unirse al trabajo de Julieta Campos, esposa del gobernador Enrique González Pedrero, en Tabasco, recuperó la lengua madre, el chol. Marili también luchó porque en las escuelas se diera educación bilingüe.

Entre sus preocupaciones estuvieron siempre los más pobres, los más olvidados, los rechazados. Hacerlos que creyeran en sí mismos fue su victoria, sobre todo en las comunidades indígenas, siempre hechas a un lado, siempre al servicio de… En ellos está el talento, la creatividad de nuestro país, se indignaba Marili. ¡Imposible, imaginar su reacción ante la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa!

La educación para Marili no fue sólo el ejercicio de su profesión, sino su vida entera. Políticamente peleaba por la educación; socialmente hablaba de educación, daba conferencias sobre educación, aplicó la educación en todas las áreas de nuestra vida. Si no sabes, no puedes. Primero se preocupó por los bebés en las guarderías, su alimentación, sus horas de sueño. A las madres, les enseñó como a los incrédulos a tener confianza en sí mismas. Si alguien luchó contra la discriminación fue María Alicia Martínez Medrano. Buscaba un mundo de letras, un mundo de números, un mundo coherente, que te enseña lo que necesitas saber para defenderte, mantenerte informado, ayudar a la sociedad a la que perteneces. Gracias a tu formación puedes impugnar al gobierno, impugnar la injusticia, la indignidad en la que se tiene a los más pobres. ¡Cuántas veces habló de la formación como nuestra vía a un México mejor, un México más lleno de promisorios encuentros!

Por eso tuvo fe en los Acuerdos de San Andrés: el derecho de los indios (ella los llamaba así, indios) a educarse a partir de su historia, de su lengua y sus motivaciones y problemas. Influyó en quienes la oían y participó en los Acuerdos de San Andrés en los que “muchos indios de muchas culturas y muchos amigos de los indios se apasionaron por la situación de los 10 millones que –a pesar de todo– viven en nuestro país. María Alicia Martínez Medrano declaró a La Jornadaque de ser ella presidente pondría al subcomandante Marcos en la dirección de Alfabetización, porque a partir de sus comunicados nunca había visto leer a tanta gente en gasolineras, en aeropuertos, en estaciones de camión, en mercados, en parques públicos; todo el mundo en 1994 leía las noticias de los zapatistas.

Lo mismo hizo en Yucatán, cuando se dio cuenta de que la mayor parte de los analfabetas fingían leer el Por Esto! o La Jornada.Marili mandaba comprar 15 Jornadasy a veces le llevaban tres o cinco, y había cola para leerlas. “No sean gachos –protestaba–, tengo que dirigir en la tarde, ir a mi clase ahora, denme chance”, y le devolvían su ejemplar. Con Cristina Payán habló en varias ocasiones de la ansiedad de los indios por saber, por conocer, por escribir. “Lo constatamos en cada comunidad y cualquiera que diga que no es cierto, puedo probarle lo contrario… Yo creo que Vasconcelos fue un genio cuando regaló clásicos griegos y latinos, porque un día un indígena me dijo: ‘Por favor, maestra, quiere usted explicarme Las moscas, de Aristófanes’, y le respondí: ‘Tengo que volver a estudiarlo’. Lo estudié para explicárselo. Ese libro de Aristófanes se lo había regalado su abuelo. No se equivocó Vasconcelos al regalar libros a los campesinos”. Alguna vez, al recordar al subcomandante Marcos me dijo: “Date cuenta que los comunicados del subcomandante son a fin de cuentas la historia de todos los pueblos indios en México. Mira, antes del primero de enero de 1994 proveníamos de un gran maestro: Guillermo Bonfil. Me sentí muy bien cuando nació su México profundo. Yo preguntaba en la universidad cuántas culturas indígenas había. De 100 entrevistados, uno las conocía. Después del primero de enero de 1994, la actitud de México hacia los indígenas cambió. Desde el 95 estuvimos trabajando en todos los centros de acopio para enviar alimentos y material de lectura a Chiapas: lo hacíamos diario, era nuestra manera de vivir… A fin de cuentas, conviertes tu profesión en tu manera de vivir y te da mucho placer hacer eso que se llama vivir.

“Cada vez veo que veo la distancia entre el gobierno y los indios me da mucho coraje –afirmaba Marili–. Cuando monté mi obra Carta de Zapata a Carranza aparecieron muchos campesinos zapatistas de Morelos. La representé en Tlayacapan con Cristina y Carlos Payán, y más tarde en nueve pueblos, también con apoyo de los Payán. Una vez, en Anenecuilco, a las orillas de Cuernavaca, todo el público se emocionó. En la estación de ferrocarril de Cuautla tuvimos que dar dos funciones porque la gente abarrotó el espacio. Sucedió algo precioso: los caballerangos prestaron sus caballos; tenía yo más de 20 caballos en el escenario montados por viejos zapatistas. Todo el público gritó: ‘¡Ya viene Zapata!’, y se levantó como un solo hombre porque vivía la obra de teatro en carne propia. ¡Qué padre momento!

Zapata era vendedor de caballos, incluso era calador de caballos y de vacas, pero fundamentalmente de caballos. Había una plaza en Cuautla, donde operaba un tianguis de caballos y de todo lo que necesitan, pero quizá ya no exista, porque ahora todos son coches.

Marili es la fundadora de un experimento fuera de serie: el Teatro Campesino. En Yucatán, Marili escogió ir a las desfibradoras a hacer teatro. De Yucatán se fue a Tabasco. Julieta Campos, esposa del gobernador González Pedrero, fue providencial, porque dio todo su apoyo. Luego Marili puso a indígenas de la zona oriente de Yucatán a actuar y de ahí viajó a Sinaloa con Delia Rendón, Santos Pisté y Leopoldo Zorrilla. El Instituto Nacional Indigenista ayudó a producir la segunda temporada del Teatro Campesino; el primero había sido el Centro Cultural Cordemex y el Taller de Teatro Virgilio Mariel, donde se formaron los discípulos de María Alicia, que después serían maestros. Tere Labastida llamó a Marili a Sinaloa, luego el estado de México no pudo acceder al costo de las enormes producciones en las que participan 100 actores (todo un pueblo), pero Marili sí logró formar a muchachos e incluso a danzantes, porque la directora tenía una formación escénica tan completa que hasta sabía bailar. Víctor Flores Olea ayudó al Laboratorio de Teatro Campesino en Morelos para montar Bodas de sangre en el Parque Rosario Castellanos. Flores Olea apoyó muchísimo. Con él –entonces secretario de Cultura en tiempos de Salinas de Gortari– María Alicia y su grupo de actores montó Bolero, con Tania Libertad, Amparo Montes, Guadalupe Pineda y la Sinfónica de México.

Luego hizo temporadas con Ignacio Cobo de Bodas de sangre (¡inolvidable su imagen de la muerte subida a caballo con su inmensa capa negra!) y La tragedia del jaguar, hasta que sus distintos laboratorios de teatro fueron invitados al Festival Latino de Nueva York en 1985, al Festival Iberoamericano de Teatro en Cádiz y en Madrid en 1987, y al Cervantino en México. La cúspide de toda su fama se dio en el Festival Shakespeare de Nueva York, en 1990, que nos dio mucho dinero y mucho prestigio –contó Marili, feliz–. Recuerdo con qué entusiasmo hablaba de Joseph Pappe.

Su caballito de batalla siempre fueron los indígenas. Encontré gobernadores que entendían lo que yo estaba haciendo porque al trabajar con los indígenas me di cuenta exactamente de la xenofobia que se ejerce en México, la discriminación tan bestial. Fuimos muchos los que entendimos que los indios tienen derecho a todo y que realmente se les ha escatimado hasta lo último y que lo más importante, por lo menos para mí, es que la creación artística y estética de los indios es extraordinaria. Mostrar al mundo esa capacidad se volvió mi obsesión.

En Ciudad de México, Marili no sólo montó el espectáculo de la matanza del 2 de octubre –con el apoyo del líder del 68 (que provenía del Poli) Raúl Álvarez Garín y el de Raquel Sosa– en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, sino que también hizo espectáculos con los maestros en Coyoacán, en Culhuacán, en la Venustiano Carranza, en la colonia Santo Domingo y en los Pedregales. Su teatro le llegó muy de cerca a los obreros y a los chavos banda. Se sentían reconocidos. Marili lo abrazaba todo, lo entendía todo.

Tuve la suerte y el enorme privilegio de que también se acercara a mí y a Guillermo Haro, a mis hijos y amigos, y montara Lilus Kikus, en Oxolotán, Tabasco; Jacinto Canek; Isidro Caballo, sobre la muerte de un pastorcito, y pude conocer a través de ella a Raquel Sosa, a Angélica Aragón, a Margarita Isabel y a su adorado Virgilio Mariel, que solía tomarse un café tan despacio que se volvía estalactita, y, sobre todo, a la extraordinaria Delia Rendón, su gran amiga y protectora, quien la cuidó hasta el último de sus suspiros y la acompañó en esa gran aventura que ella vivió mejor que nadie y responde a una palabra de dos sílabas que decimos como si nada, como si nunca la fuéramos a perder y se deletrea v-i-d-a, vida. A pesar de su terrible enfermedad final, en Yucatán, Marili alcanzó a hacer lo que ella quería.

Todos vivimos más o menos como podemos, pero Marili sí, a diferencia nuestra, pudo construir su vida a partir de su infinita capacidad de entrega a los demás.

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