Uno entre tres

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Cuando el joven Anaya afirma que la disputa por la Presidencia será entre él y López Obrador, la tripulación de la nave se pone alerta porque sabe y se acuerda que no hace mucho, una falsa polarización inducida desde el gobierno de entonces que contó con la complacencia de la sedicente izquierda, excluyó de la contienda electoral al principal partido político, el único de masas, el que tiene una idea histórica del Estado y es fundamental en la vida democrática de México. Aquella maniobra hizo posible que a pesar del estrepitoso fracaso de Fox, el PAN repitiera en la Presidencia con Felipillo santo. Ahora, Anaya habla  como si la “izquierda y la derecha unidas” y el mesías tropical trajeran algo entre manos. Pero el lance no es un volado entre dos sino un disparejo entre tres. Y que nadie se desentienda del drama con la consabida cantaleta de que los tres son tristes tigres y dará lo mismo quien gane. La obligada auscultación de nuestra realidad nos permitirá definir no sólo los términos de la contienda y la naturaleza de las diferencias sino sus implicaciones en el trazo del rumbo del futuro inmediato y apuntar más allá. Porque las reformas en curso –la educativa, la energética, la de telecomunicaciones, la fiscal– sólo pueden defenderse si se corrigen a la luz de la experiencia y se profundizan para responder a las nuevas exigencias del desarrollo nacional. Y se complementan con nuevas reformas que atiendan las crecientes necesidades sociales. Meade no debe distraerse de lo suyo: proponerle al electorado y convencerlo qué debe cambiar y qué debe continuar para que México vaya adelante.    

 

 

Cartas marcadas

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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En la democracia sin adjetivos las encuestas han ido mostrando su verdadero perfil no como auxiliares en el estudio cuantitativo de las tendencias políticas, sino como inductoras de opiniones sujetas a la manipulación interesada de sus promotores. Las encuestas fuera de temporada electoral que parecían simples impertinencias oportunistas, pronto desvelaron su intención de generar lo que Eulalio Ferrer llamó estados de opinión. Si la Coca Cola tiene a priori la preferencia de los consumidores de refrescos embotellados y por tanto es una referencia obligada, López Obrador es de antemano el preferido en las encuestas extemporáneas que marcan el paso de una disputa imaginaria pero cuyos efectos no lo son. A seis semanas de que comience la campaña, resulta  –ora sí que resulta– que López lleva ventaja sobre Anaya y Meade tiene tal hándicap, que muchos lo sitúan fuera de una contienda ¡que todavía no empieza! López despliega un discurso estridente que asusta a las clases acomodadas pero cuyas contradicciones y ridiculeces sirven al gran capital (bien representado en el estado mayor de Morena). Así, Anaya se ha ubicado en el segundo lugar a contemplar el bombardeo de la artillería de Meade sobre las posiciones de López y a congratularse de que los argumentos más socorridos provengan del arsenal panista y por consiguiente le favorezcan. Y por supuesto agradecer a sus rivales que se abstengan de atacarlo. Su intención es sumar, a su desmesura antipriista y a la rabia acumulada, las reacciones en contra de los delirios redentores de López. Pero Meade sabrá sacar la contienda de la estrechez estadística y llevarla adonde los senderos se bifurcan: del desarrollo democrático nacional de un lado y de la contrarreforma del otro.

 

 

Precampaña

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Toca a los partidos y a los gerentes electorales hacer el balance de la precampaña. Y pongo  en primer lugar a los partidos porque ellos fueron los que en el olimpo legislativo crearon esa extravagancia que no alcanzó a contener los bríos de los campeadores que hacen uso y abuso de la atención y el tiempo de la ciudadanía y de los recursos públicos en tan interminables como estériles jornadas ayunas de ideas y de propuestas. Y luego los gerentes que por lo visto ahora ya se forman en la larga fila de los quejosos. Pero basta, basta ya de lamentos porque hasta donde se sabe, las elecciones consisten en una serie de procedimientos convenidos para que en la disputa por el poder la sangre no llegue al río. Origen prosaico, pues, el de las instituciones y procesos electorales que pesar de todo buscan hacer efectivo el ejercicio de la soberanía popular. Pero de la precampaña hablamos, de ese intervalo entre la normalidad política y el vértigo de las campañas electorales y del que casi todos los partidos se han servido para proclamar lo que en nombre de los más caros sentimientos de los ciudadanos dicen rechazar y para ocultar el vacío que dejan la impotencia política y el rencor social que no alcanza a traducirse en programas de gobierno ni en propuestas puntuales de políticas públicas. De ese pantano de indefiniciones habrán de salir los opositores para contender con las fuerzas cuya predominancia les permitió trazar la vía de cambios y transformaciones que en la disputa electoral habrán de exponer, a querer o no, a la sanción de las urnas. La precampaña ha mostrado que no parece haber alternativa a las reformas. Alternativa razonable y progresista, digo.