De nuevo, la OEA en Venezuela

Ana Cristina Bracho
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Samuel es un niño de escuela que sueña con jugar al futbol. Su madre, apenas sus finanzas se lo permitieron lo inscribió en una escuelita por las tardes donde empezaría su carrera. Samuel se siente como Messi cuando se viste y se sube las medias pero regresa rabiando de la escuela. El instructor le ha explicado que en el futbol existen reglas y roles; que no siempre él tendrá la pelota y que incluso si no obedece puede salir del juego. Su rabia es absoluta, él quería jugar como él pensaba que se jugaba.

Esa lección primaria parece haber desaparecido de la escena política internacional interamericana donde, para jugar a ser Estados también hay reglas que seguir. La primera es reconocer que son los Estados los que hablan y que todos tienen soberanía y derechos. Lo segundo es que para lograr un objetivo hay que cumplir reglas de fondo y forma, de estilo y de procedimiento.

El 30 de mayo de 2016 pudimos ver cómo empezaba el juego cuando, de manera desesperada y errática apareció Luis Almagro –creyéndose un Estado– a asomar mediante sus redes sociales que iba a aplicar la Carta Democrática Interamericana a Venezuela. Luego se sucedieron varios fallidos intentos aquél año y con más insistencia y más quórum en el año 2017.

Así, el  28 de marzo de 2017 Canadá, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú, Uruguay, Barbados, Bahamas, Santa Lucía,  Jamaica, Belice y Guyana, fueron quienes confirmaron el quórum para debatir, en contra del régimen normal de un organismo internacional, un asunto que les fue sometido en desconocimiento abierto de la igualdad jurídica del Estado, de la indivisibilidad de la República y del derecho a la autodeterminación de los pueblos.

Ahora, 23 de febrero de 2018, una situación similar se planteó pues volvió el tema Venezuela –curiosamente alegando cosas que cuando empezó a hablarse de Venezuela en el Consejo Permanente no sólo no existían sino que se pedían que se hicieran– en la Organización de los Estados Americanos. La votación esta vez fue diferente. El grupo de Lima y sus aliados, para esta ocasión encabezados por México lograron un resultado de 19 votos a favor, cinco en contra y ocho abstenciones a un proyecto de resolución que, sin haber sido previamente consultado, solicita fundamentalmente a Venezuela “reconsiderar la convocatoria prematura a elecciones presidenciales”.

Hay dos perspectivas de análisis desde lo jurídico que resultan fundamentales. La primera en relación al desconocimiento del derecho interamericano con el que se vienen dando estas reuniones puesto que, en ellas deben regir los derechos consagrados en la Carta de la OEA y contenidos en el Reglamento del Consejo Permanente (Aprobado por el Consejo Permanente de la OEA en la sesión ordinaria del 1 de octubre de 1980, con las modificaciones aprobadas en las sesiones celebradas el 22 de agosto de 1984, el 22 de enero de 1992   y 9 de agosto de 1995). La segunda, sobre los efectos jurídicos internos de dicha resolución.

Así las cosas, una defensa fundamental de Venezuela viene dada sobre el modo de convocar; la solicitud de alterar las reglas del quórum y las normas de votación, para finalmente observar que no se aprueban sólo con intenciones las resoluciones sino cuando se alcanza la mayoría establecida para que estas se consideren aprobadas. Sigue siendo este el último escaño que la discusión en la OEA debe flanquear cuando de los resultados de hoy se ven en toda evidencia los resultados favorables a Washington de la gira de Tillerson por el continente.

Sobre los efectos en el derecho nacional volvemos a un debate de hace casi un año exacto que habíamos tratado al detalle en un documento que denominamos “¿Se equivocó Julio Borges?”, pues la derecha ha buscado desplazar a la Constitución de la cúspide normativa alegando que las resoluciones tienen rango supra constitucional.

Esto es inaceptable y falaz. En Venezuela ninguna norma está por encima de la Constitución y las únicas normas aceptables como de rango constitucional además de las que la Carta Magna contiene, son los tratados en materia de derechos humanos ratificados por la República. Debiendo hacer énfasis en que una cosa es un tratado y otra muy inferior, una resolución.

Pero esto, queridos hermanos, son asuntos de consumo nacional y el debate hace tiempo que no está en el país sino en esa oscura y curiosa señora que llamamos sociedad internacional.

Es curioso cuando la estudiamos más de cerca y nos damos cuenta que para ella no existen los 7.350 millones de habitantes del planeta o al menos no en permanencia. En la sociedad de las naciones existen los sujetos y los objetos que conforman la agenda internacional.

Nosotros somos desde el año 2016 un objeto de análisis de la sociedad internacional y fuimos introducidos en esa agenda principalmente por la OEA que si bien es un organismo regional, es un vaso comunicante con el sistema universal que, en el año 2018 ha demostrado preocupación incluso para activar los mecanismos judiciales para tratar “la situación venezolana”.

Por ello, disparan desde la OEA para hacer eco en la ONU. Esa es la primera conclusión lógica de lo ocurrido. La segunda es que esta abrupta utilización del Consejo Permanente de la OEA nace en el marco de una América cada vez más convulsa, con una Argentina cruzada por una impresionante manifestación y una Colombia en medio de saqueos para mantener en claro que el “problema es Venezuela” y darle fuerza a la reciente posición esgrimida por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Por último, quisiera que miráramos las fechas, pues la sesión más ruidosa del Consejo Permanente sobre Venezuela fue el 28 de marzo de 2017, al día siguiente se pronunció Borges pidiendo el golpe desde la Asamblea Nacional, el 30 de marzo la comunidad internacional andaba cuestionando las decisiones de nuestro Tribunal Supremo de Justicia y el resto es guarimba e historia horrenda.

Como aquellas veces sabremos levantarnos. No dejo de considerar una derrota para nuestros adversarios el hecho de que cada intento de resolución tenga que inventar una excusa nueva, que pidan cosas contrapuestas, que se les vea tanto la costura. Eso nos demuestra que esta Revolución tiene en el ejemplo de Simón Rodríguez su fuerza puesto que, atreviéndonos a inventar hemos sido libres y hemos ido esquivando tormentas.

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