El poder electoral del Estado

Sergio Gómez Montero / Isegoría
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Suponer un carácter neutral de los procesos electorales se basa de raíz en una falencia: que el Estado, quien es el responsable de la organización de esos procesos, puede ser neutral si él es juez y parte de ellos. Así, por ejemplo, el dictamen del Tribunal Federal Electoral que pospone arbitrariamente el anuncio de los resultados del conteo rápido, no sólo provoca lo que dice el presidente del INE, Lorenzo Córdova Vianello, respaldado por los consejeros del mismo Instituto: “…un conteo rápido cuyos resultados se emitan entre las dos y las cuatro de la madrugada no le sirve a la ciudadanía, no le sirve al país, no le sirve a la paz pública, no le sirve a la estabilidad política, no le sirve a la estabilidad financiera”, sino lo que es más grave: deja un vacío de silencio en el cual pueden suceder todo tipo de manipulaciones y trampas con los resultados electorales; es decir un tiempo en el cual los magos de la electrónica a través de hackeos muy sofisticados pueden manipular fácilmente lo que se emitió en las boletas y lo que se da a conocer electrónicamente. Y eso es sólo una pequeña muestra de lo mucho que el Estado puede manipular hoy de los procesos electorales. 

            No puede, pues, subsistir la creencia de la neutralidad electoral: mientras el Estado sea juez y parte en los procesos electorales, esa neutralidad seguirá siendo ficción pura. Una reforma electoral de fondo debe ir precisamente sobre ello: alejar en todo lo posible al Estado (incluidos allí particularmente los partidos políticos) de los procesos electorales hasta que estos se conviertan cada vez más en una responsabilidad ciudadana más. De allí que el impulso de esta última reforma sería así una de las finalidades primordiales de los próximos comicios, como una exigencia a plantear a quien se haga responsable del gobierno próximo y razón muy fuerte, entonces sí, para participar en las elecciones de este año, pues ello sí es una razón primordial para participar y exigir (con todos los recursos a nuestro alcance) que los resultados electorales sean limpios, transparentes y objetivos.

            La franja que cubre el Estado de fraudes en cuestiones electorales es muy, pero muy ancha (desde urnas embarazadas, acarreo y mapaches, hasta llegar a hoy: tarjetas, despensas y hackeo de resultados electorales), y en términos de tiempo se extiende por años y años (desde los primeros comicios de la postrevolución, 1921, hasta hoy). Todo ello inútilmente cubierto en los medios por los intelectuales orgánicos que operan servilmente a la orden del Estado a cambio de prebendas de diferente naturaleza, y que hoy, también, deben ser objeto de arrasamiento por parte de la acción ciudadana que debe manifestarse el 1 de julio próximo en las urnas, exigiendo el fin del Estado corrupto que desde tiempo atrás nos gobierna y tiene bajo su control las cuestiones electorales.

             Esa es, pues, la principal finalidad electoral de julio próximo. No tanto una persona, sino el fin de un estado de cosas que a la gran mayoría nos agobia y el cual está representado tanto por la alianza que encabeza el PRI, como por la que encabeza el PAN.

              Votar va a ser muy fácil en julio, no puede haber duda.

 

 

¿Se podrá ganar finalmente?

Sergio Gómez Montero / Isegoría
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Las elecciones, se celebren donde se celebren, tienen siempre, por lo común, resultados inciertos. Lo suyo es la duda. Hasta el final, su resultado se llega a conocer; en el transcurso todo tipo de fraude es posible, porque no existe autoridad que lo evite y por eso a ellas las corroe, siempre, la incertidumbre. De allí, entonces, la escasa validez de ellas. Nadie, de ninguna manera, puede tener certeza (ni absoluta ni relativa) de sus resultados, mientras las elecciones no se efectúen como parte de una democracia directa. Elegir con certeza no es un problema de formas, es pues un problema de democracia (del pueblo, por el pueblo, para el pueblo). De allí que hoy, en México, el problema es saber si existe o no posibilidades de elegir democráticamente.

            ¿Qué opinan los candidatos al respecto? 

         Por ley, no, pues el régimen republicano que nos cobija se basa en la democracia representativa que a su vez da cobijo al capitalismo que desde muchos años atrás da origen a la miseria, a la injusticia, a la corrupción que nos domina. Carentes, pues de democracia directa, las elecciones entre nosotros sólo son el dedo en la boca con el cual el régimen nos engaña a la hora de elegir a los gobernantes que nos explotan y siguen engañando. De ahí entonces el carácter triple de las votaciones de este año. Por un lado, Marichuy y quienes la apoyamos, quienes tratamos que vía la democracia directa se defiendan con efectividad los derechos del pueblo; derechos que nos han sido confiscados durante muchos años y aún no hemos podido reivindicar. Otra corriente paralela a la anterior se cobija, ella sí, en lo electoral por tercera ocasión (en las dos anteriores le hicieron fraude) y lucha con Morena en que hoy sí, con la cobertura de la mayoría de los votantes, se alcance el triunfo electoral y todos los fraudes implementados por el Estado se diluyan. Finalmente la tercera corriente (PRI y PAN) también se ampara en lo electoral, y no sólo en ello, sino en lo que, desde 1921 le ha funcionado cada vez que, desde entonces, ha habido elecciones: el fraude, que ha sido cínico y brutal particularmente desde 18 años atrás, sin que nadie (la ley y la mayoría de la población) lo hayamos podido evitar.

           ¿Este año se podrá resolver el dilema fraude vs elecciones legales? Es, sin duda, una pregunta difícil de contestar. La fuerza alcanzada por AMLO es hasta hoy impresionante y al menos sí tiene a su favor algo indudable –la mayoría del poder legislativo y el gobierno de la Cdmx– que no garantiza mucho. Pero ir más allá de eso sigue siendo el gran reto hasta hoy, pues muchos son sus enemigos cubiertos y encubiertos –Cisen, Gobernación, intelectuales orgánicos, empresarios diversos, etcétera– dispuestos a cometer fraudes de múltiples maneras para que AMLO no triunfe. Lo saben bien Morena y AMLO. Lo sabemos también los seguidores de esta fórmula. Sabemos también que hay que luchar. ¿Será suficiente?