Y todavía quiere aplausos

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos
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A juzgar por los resultados, durante las últimas cuatro décadas los electores han tenido el mal tino, convertido casi en mala costumbre, de llevar al poder público a personajes que si por algo se han distinguido, es por ir en su contra. Unos más otros menos, el saldo final no deja lugar a dudas sobre quiénes han resultado beneficiados con casi 40 años de ¿gobiernos? neoliberales y quiénes han tenido que cargar con la gran derrota.

 

Curiosamente o, para decir mejor, en forma calculadora, los aspirantes a huésped de Los Pinos poco han dicho sobre la desigualdad y el desmantelamiento institucional promovido y ejecutado desde los templos “hayekianos” del agandalle y la acumulación por la acumulación.

 

Como se sabe, desde esos santuarios, pasados como inofensivos centros de “análisis y estudios profundos”, promotores del “amor por la ganancia mediante métodos bondadosos y humanos” (ajá), se simula su nutrida producción de miseria, desigualdad y saqueo hacendario.

 

El hecho de que el foro económico en Davos, Suiza, de este año haya tenido como lema: "Crear un futuro mancomunado en un mundo atomizado”, es más un falso acto de contrición que el reconocimiento pleno de un problema: la grosera concentración de la riqueza y la miseria extrema, es decir, la desigualdad, expresada en este caso en unas líneas más hipócritas que en el rebuscado lenguaje encriptado del credo neoliberal.

 

Obligada digresión: el informe de Oxfam sobre el fenómeno durante 2017 es demoledor ya que tan sólo ocho hombres poseen la riqueza de 3 mil 600 millones de personas. El futuro compartido que se quiere crear es como el que sigue: el 82 por ciento de la riqueza que se generó el año pasado fue a parar a manos del “1 por ciento” de la población.

 

Por supuesto, el foro no impidió las autoalabanzas de gobernantes, empresarios e inversionistas. El “yo” fue al encuentro de su otro “yo” para hacer negocios y punto. Lo demás fue la continuación de montajes fársicos por parte del Ogro Salvaje y sus minotauros políticos (mitad personajes del poder púbico y mitad gerentes o empresarios).

 

Tal vez por eso, las campañas políticas se hallan envueltas en francos cachondeos de intervencionismos rusos y estadunidenses, los típicos fantasmas para encubrir o dejar de lado un debate muy necesario sobre el fenómeno simulado en los Alpes suizos.

 

¿Qué vale una nación sin rentas, sin erario y sin dinero”, se preguntaba Manuel Payno en el convulso siglo XIX. “Claro es que vale menos que un grano de anís…”, respondía a renglón seguido. También, cuestionaba: “¿qué vale un país donde no se administra cumplidamente la justicia a los ciudadanos?”. Y su respuesta fue: “Nada, porque destruidas las garantías sociales, se destruye la existencia de la sociedad”.

 

Con ello el periodista y ministro de Hacienda destacaba la importancia que debe darse al desempeño de las tareas en el poder público. “Cada ministerio, pues, tiene una fisonomía particular en sus labores, en sus maneras, en sus empleados y en sus pretendientes” (Costumbres mexicanas).

 

La pertinencia de esas preguntas es vigente en nuestro siglo, habida cuenta que el funcionamiento de las instituciones frente a los poderes fácticos, como se le llama al “1 por ciento” (dueños de la economía) y al crimen organizado (narcotráfico y otros), en el mejor de los casos ha sido testimonial.

 

Véase el caso de la deuda, que llegó a 10 billones de pesos en el actual sexenio. ¿Salieron de la pobreza los más de 56 millones de mexicanos? Sólo por arte y magia de los nuevos modelos prestidigitadores del INEGI se podría hablar de reducción de pobreza, igual en el caso de los 7 millones de “Ni-nis” recortados a casi 4 millones, pero no porque esos pasivos hayan obrado el “milagro”.

 

Frente a la omisión y/o complicidad oficial, los especuladores (inversionistas,  espíritus creativos, mercados y demás eufemismos, así como banqueros y financieros) han podido dejar su nefanda huella sin problemas. Es bestial: la deuda creció más de 10 puntos porcentuales del PIB en el sexenio de Enrique Peña Nieto. (Ernesto Zedillo la dejó en 1 billón 184 mil pesos en el año 2000 y Felipe Calderón cerró su sanguinario sexenio en el 2012 con 5 billones 104 mil pesos).

 

Peña Nieto dejará, además de 140 mil cadáveres por la violencia imperante, más de 10 billones 203 mil pesos como carga para las próximas generaciones (y por las malas costumbres, todavía quiere aplausos).

 

 

 

 

De espías, incendios y pasiones

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos
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Prolegómenos obligados, y con tufo a vodka, en relación con la paranoia que anuncia el resurgimiento de los “viejos topos”, pretexto del viejo-nuevo régimen para perpetrar masacres estudiantiles al calor de delirios autoritarios:

 

Partido inaugural del campeonato mundial de futbol “México-70”, México contra la URSS. Los rivales del anfitrión salen por el túnel del Estadio Azteca rumbo a la cancha y, según la leyenda, el cronista describe la situación, palabras más, palabras menos: ahí viene el equipo soviético; en su playera dice CCCP, que en ruso seguro quiere decir: Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas… pero como estamos en México, eso significa… ¡Cucurrucucú Paloma!

 

Ángel Fernández, voz vehemente, “homérico pulmón que gritaba las hazañas de los héroes” futboleros (Juan Villoro, dixit), sería un eficaz descifrador de mensajes encriptados y actividades de espionaje de la ex URSS (a la par quizá del legendario Yuri Drozdov que, dicen, manejó toda la red de "topos" rusos en Occidente).

 

Y estaría muy por encima del ahora responsable de la “inteligencia” nacional, vía Cisen, Alberto Bazbaz (fallido sabueso de lavadores de dinero y evasores de impuestos) sin truculentas maniobras de infiltración, sobornos ni chantajes, dando a la “contrainteligencia” un aspecto menos oscuro, casi de entretenimiento y menos grotesco que como sucede en los episodios electoreros de temporada, más para la hilaridad que para el terror.

 

Además y a diferencia de los “topos” actuales, es evidente que Fernández Rugama era un hombre culto, al grado de fusilarse frases del Ulises, de James Joyce, para incorporarlas a sus narraciones futboleras: ¡Pique, freno, amague! ¡Pum… fogonazo cegador! (“Y entonces un cohete subió y explotó pum fogonazo cegador y ¡Oh! luego la carcasa reventó y fue como un suspiro de ¡Oh! y todo el mundo exclamó ¡Oh! ¡Oh! en éxtasis y”… se lee en el Episodio 13, “Nausica”).

 

Sacada de la sección cómica del gastado manual de “¡ahí viene el Coco!”, la narrativa de los espías rusos electorales para favorecer al aspirante de la presunta izquierda sólo ha alimentado certezas en un sentido: el candidato neoliberal no levanta ni sospechas, mientras su adversario ironiza esperando submarinos en los puertos, puesta en la cabeza la tradicional ¿“ushanka” o Papaja, sombrero de Astracán? para completar el cotilleo político.

 

Es parecido el caso de las pasiones casabolseras, con Wall Street y todas las bolsas de valores del mundo, incluida la nuestra, donde el conservadurismo y codicia del Ogro Salvaje pelea contra sus propios fantasmas, pero lanza fintas y trata de identificar a algún Eróstrato como incendiario del templo, delincuente violento en busca permanente de fama.

 

El hecho sabido es que justamente en ese templo se concentra el instinto de la ficticia ciudad de “Rulettemburg”, de Dostoievski: “Si pudiera dominarme durante una hora, sería capaz de cambiar mi destino”, decía Alexei Ivánovich, alter ego del novelista en El jugador.

 

Por lo menos en esa imaginaria ciudad Casino, se hace alarde de disponer de un “servicio de policía bien organizado”, incluso con elementos policiacos infiltrados como jugadores para poner orden y evitar la actuación de sujetos indeseables.

 

Centro de reunión de seres compulsivos, irracionales, recreación de las miserias humanas, semejantes a las actuales crónicas cotidianas de economía y, sobre todo, de las finanzas, el caso es que en la presente época las cosas están al revés: el policía se convierte en parte de la aristocracia y su enfebrecido derroche, o aquella los infiltra en gobiernos y organismos financieros, de ahí el famoso “sillón giratorio” para que políticos puedan saltar del poder público a los asientos de los consejos de empresas que, sobra decir, previamente han sido “reformadas estructuralmente” o privatizadas.

 

Por eso, tras el timo de las hipotecas Subprime en Estados Unidos sucedido hace ya 10 años, en el 2008, las cosas no sólo no se han corregido, sino que han mostrado una imparable tendencia a empeorar. Se vio recientemente en la “Rulettemburg” de Wall Street y demás templos del “Espíritu Animal”.