2018: El cambio o más inequidad social

 

Juan Manuel Rodríguez

www.mercadointerno.com.mx

 

Enfrentado el país a una desigualdad social inadmisible, donde 62 millones viven bajo la  línea de bienestar sin conseguir ingresos suficientes para cubrir el valor de la canasta básica alimentaria, los sufragantes mexicanos tenemos que decidir, entre mantener el régimen del modelo neoliberal que en los últimos 25 años nos multiplicó nuestras exportaciones, pero al pueblo mexicano lo desplazó 14 espacios, del 49 al 63 lugar en el ingreso per cápita, debido a un bajo crecimiento económico promedio anual de 2.8%, superados por el promedio de América Latina y de los países del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) –según estudio de Eduardo Sojo, expresidente del INEGI en su artículo La  historia que no quisiéramos contar–, o tenemos la opción de votar por un cambio y rescatarnos del estancamiento salarial inducido para beneficio de las trasnacionales exportadoras enclavadas en México. 

 

En el siglo pasado México logró con la economía mixta una relativa estabilidad social y el llamado “milagro mexicano” con crecimientos superiores al 6% anual, y tras algunos descalabros económicos posteriores (1976-1982), llegaron en 1988 al poder los tecnócratas mexicanos, que hablan mejor el idioma inglés que el español.

 

En 1924, Richard Lansing, secretario de Estado con Woodrow Wilson en Estados Unidos, dijo que “México es un país extraordinariamente fácil de manejar, porque basta controlar a un solo hombre: el presidente” y propuso abrir la puertas de las universidades a jóvenes ambiciosos mexicanos “y educarlos en el modo de vida americano. Sin necesidad de que Estados Unidos gaste un centavo, o dispare un tiro, harán lo que queramos. Y lo harán más radicalmente que nosotros”.)

 

Y esos tecnócratas nos trajeron el modelo neoliberal que nos ha dejado más de tres décadas con crecimientos mediocres para entregarles a las trasnacionales nuestros recursos naturales, minas y petróleo, la banca extranjerizada que ningún país aceptaría (la española Bancomer, quebrada en su país, se sostiene con las utilidades logradas en México), los ferrocarriles concesionados, entre otros, para su explotación. Pareciera el resurgimiento de una estructura porfirista, con élites multiplicadas y más enriquecidas.

 

Están prácticamente delineados los precandidatos a la Presidencia, pero en el fondo sólo hay dos posiciones, la del grupo en el poder cuyo objetivo central es sostenerse ahí, y la que busca el cambio. Son tres los más nombrados, el del Frente aliado entre derecha e izquierda, con Ricardo Anaya, pero ya vimos los métodos que utilizó así fueran traiciones o argucias para quedar pre-nominado. 

 

            Pepe Toño Meade que ha perdido el tiempo explicando, sin lograrlo, que se escribe Meade pero se pronuncia “Mid”  –muchos consideran que su jefe de campaña, Aurelio Nuño, no pegó y requirió refuerzos con Eruviel Ávila y otros, aun así podría no consolidar su candidatura–, surgido del sistema establecido con antecedentes de haber trabajado para el asalto Fobaproa contra el pueblo mexicano, y se especula que diseñó la reforma energética para el gobierno panista de Felipe Calderón y que logró aplicar en el del priista Enrique Peña Peñista. Y en las dos reuniones privadas en Los Pinos defendió, como secretario de Hacienda, aplicar el ”gasolinazo” –contra la opinión de Rosario Robles y José Narro, según el analista Raymundo Riva Palacio– y finalmente lo impuso dando al traste con el 2.85% de inflación de 2016 y ahora disparado a 6.60% y los expertos divididos, unos que subirá casi al 8% y otros que bajará a fin de año, en fin carestía que tanto le cuesta  a los más pobres del pueblo mexicano.

 

El tercer precandidato, tras haber recorrido tres veces todo el país y en dos ocasiones candidato, se da el lujo de promoverse con un spot que sólo dice “estaremos mejor, con ya sabes quién”, precisamente el que puntea las encuestas y el más atacado por todos, partidos opositores, el sistema y los medios. 

 

Los partidos políticos, y en general la clase política es seriamente criticada entre los sectores de la sociedad, por la corrupción, la impunidad, la delincuencia que se generaliza y la violencia que supera la registrada en el régimen calderonista, que ya es mucho decir, y el otrora partido hegemónico, el PRI se encuentra en peor posición que la del 2000, cuando con 20 gubernaturas perdió la Presidencia, y el de “todas, todas” o del “carro completo”, tras la elección de 2016 ahora cuenta con sólo una quincena de gobernadores, pues los anteriores de ese y otros partidos son investigados por la PGR, andan prófugos o están en la cárcel.

 

Una de las entidades donde nunca ha perdido el tricolor, es el estado de México, pero en la sintomática reciente elección perdió más de un millón de votos donde lograba hasta el 50% de la votación, ahora sólo ganó con tres puntos porcentuales, aunque algunos aseguran que quien realmente triunfó fue la candidata de Morena. Controla el tricolor dos terceras partes de los 125 municipios mexiquenses pero este 2018 habrá elecciones y se verá a dónde enfila el cambio.

 

En los Congresos estatales tiene mayoría con sus propias siglas sólo en 13, mientras que en ocho está coaligado con otros partidos y de las capitales estatales, sólo controla 11 actualmente. Pero la principal desventaja estriba en que el retroceso priista este año enfrentará la condición adversa de mayor peso, el histórico más bajo nivel de aceptación del Ejecutivo federal. 

 

Los votantes tendrán la oportunidad de decidir con su voto el cambio definitivo o si se mantiene el inequitativo modelo de desarrollo actual donde tres décimas de la población más rica perciben ingresos 21 veces superiores a las tres décimas de la población más vulnerable, o si se decide un cambio de fondo que beneficie directamente a esos millones de trabajadores que durante tanto tiempo han sostenido sobre sus hombros, con gran esfuerzo de ellos y sacrificio de sus familias, el sistema de gran desigualdad social para consolidar a un privilegiado grupo en el poder.