Carlos Marx: Perdurar a través de las edades

Pablo Cabañas Díaz
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El 5 de mayo de 2018, se habrán de conmemorar los 200 años del nacimiento de Karl Marx. El año pasado evocamos los 150  años de la publicación de El capital, obra que dio paso a una corriente económica, política y cultural que sigue vigente hasta nuestros días. La conmemoración del nacimiento de Marx, se da a 27 años de la caída de la Unión Soviética. El 8 de diciembre de 1991, los dirigentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia publicaban una declaración según la cual la Unión Soviética quedaba disuelta. Ponían así fin a una construcción salida de la Revolución de octubre de 1917, y luego desnaturalizada por el estalinismo. El teórico neoliberal Francis Fukuyama ya en 1989 afirmaba que se había puesto  “el clavo final en el ataúd de la alternativa marxista leninista a la democracia liberal”.  Exponía Fukuyama que “se avecinaba la preeminencia del liberalismo en lo político y del capitalismo en lo económico y la cultura del consumismo en lo cultural”. Marx según esta visión  pertenecía a la sociedad prehistórica.

En 2007, apareció en español el libro de Jacques Attali titulado: Karl Marx o el espíritu del mundo, publicado en español por el Fondo de Cultura Económica. Attali en su trabajo expone que estábamos asistiendo a la explosión del capitalismo como Marx lo había previsto: conmoción de sociedades tradicionales, ascenso del individualismo, concentración del capital, deslocalizaciones, mercantilización, expansión de la precariedad, fetichismo de mercancías, creación de riqueza y proliferación de la industria financiera. Considera el intelectual francés  en la página 413 que Marx evocaba que “todo hombre se convertiría en ciudadano del mundo y, finalmente el mundo estaría hecho para el hombre”.

El marxismo en gran parte del siglo XX pretendió ser, ante todo, una ciencia pero para empezar se desconocía la totalidad de la obra de Marx. Gracias al trabajo de Marcello Musto de la Universidad de York, en Gran Bretaña sabemos que la primera edición rusa de las obras completas de Marx y Engels fue realizada en la Unión Soviética, entre 1928 y 1947: la Socinenija (Obras completas). Esas supuestas “obras completas” sólo incluían un número parcial de escritos, pero en sus 33 libros constituía la colección más completa en términos cuantitativos en aquel momento.

La segunda Socinenija, apareció entre 1955 y 1966 en 42 libros. De 1956 a 1968, en la República Democrática Alemana, por iniciativa del Comité Central del SED (Partido Socialista Unificado de Alemania), fueron publicados 43 libros de la Marx-Engels Werke (MEW). Dicha edición, sin embargo, lejos de estar completa, estaba cargada de introducciones y notas que, siguiendo el modelo de la edición soviética, guiaban al lector conforme a la visión política de la Guerra fría.

Musto señala que el proyecto de una “segunda” MEW, que se planeó como una reproducción fiel y con un extenso aparato crítico de todos los escritos de los pensadores, renació durante la década de los 60. No obstante, estas publicaciones, que se iniciaron en 1975, también fueron interrumpidas, en esa ocasión por los sucesos posteriores a 1989. En 1990, con la meta de continuar esta edición, el Institut voor Sociale Geschiedenis de Amsterdam y la Karl Marx Haus de Tréveris formaron el Internationale Marx-Engels-Stiftung (IMES). Después de una difícil fase de reorganización, durante la cual se aprobaron nuevos principios editoriales y la casa Akademie Verlag tomó el lugar de Dietz Verlag, la publicación de la Marx-Engels-Gesamtausgabe, denominada MEG, que comenzó en 1998.

II

Contrariamente a los pronósticos que anticipaban su olvido definitivo, en los últimos años, Marx ha regresado a la atención de los académicos internacionales. El valor de su pensamiento ha sido reafirmado por muchos y su obra se está consultando en las bibliotecas de Europa, Estados Unidos y Japón. Uno de los ejemplos más importantes de este redescubrimiento es precisamente la continuación de la MEG.

La aportación teórica de Marx acerca de la naturaleza del cambio histórico abrió una nueva visión para interpretar el pasado: “la vida no está determinada por la conciencia, sino por la conciencia por la vida”.  Siguiendo  este marco analítico, en 2016, se publicó Karl Marx: Greatness and Illusion (Carlos Marx: Grandeza e ilusión) del historiador británico Gareth Stedman Jones y que es hasta ahora la biografía intelectual más importante sobre el tema publicada.

Pero a nuestro parecer, el retrato biográfico más profundo sobre Marx siguen siendo los capítulos dedicados a él por Edmund Wilson en su libro: A la estación de Finlandia (1940), imposible de leer por muchos años y que en nuestros días se encuentra disponible en internet. El libro de Wilson conviene comenzarlo por el capítulo en que presenta al joven Marx bajo la doble advocación de Prometeo y Lucifer y concluir la lectura en el capítulo en el que Marx muere y deja a Engels la tarea de intentar una sistematización de su pensamiento. Wilson escribe que  Marx  tenía una capacidad de “santificar, consolar, embriagar y trasmitir un espíritu bélico” sólo comparable a la de los antiguos dioses. El volumen combina una amena narración biográfica, y trata con humor la existencia de Marx y Federico Engels con un brillante análisis sobre el pensamiento marxista.

El Marx de Gareth Stedman finaliza también con la imagen heroica que le da Wilson, y es que esa visión no sobrevivió a la caída de la Unión Soviética. El fin de la  Guerra fría ha sido la edad de oro para las biografías de Marx, con la publicación continua de las obras completas de Marx y Engels en una Alemania reunificada que permite a los investigadores una comprensión más completa y decantada de la vida y obra de Marx y Engels. Entre las biografías de larga duración, sobre su vida se encuentra la escrita por Francis Wheen en inglés en 1999 y en español por la editorial Debate en 2015,  una historia amena y sencilla mientras que el esfuerzo de Jonathan Sperber en  su libro: Karl Marx: A Nineteenth-Century Life, del 2013, nos ofrece el trabajo más elaborado sobre la historia. A estas investigaciones se sumó en 2006, David McLellan que publicó una edición revisada de su libro de 1973, titulado Karl Marx: A Biography, el mejor escrito y el más agudo.

El Marx de Stedman es la última obra de esa  tradición de críticos que viene después de la caída del Muro de Berlín. Si Wilson presentó la vida de Marx como un momento fundacional que estaba en marcha, Stedman retrata a un Marx que, como criatura de las controversias públicas y las intrigas sectarias de su tiempo, pertenece al pasado más que el futuro, su pensamiento es una curiosidad histórica tiene poco poder para interpretar el mundo actual. 

Stedman Jones, profesor de historia en Inglaterra que una vez fue colaborador frecuente de New Left Review, no se identifica como un socialista revolucionario, descarta la “mitología” que rodea a Marx que “ya había comenzado a construirse en el momento de (su) muerte en 1883”, especialmente en Alemania y Rusia. La mitología proporcionó la imagen de “un patriarca barbudo y un pensador de consistencia despiadada con una visión autoritaria del futuro. Ese era Marx según Stedman Jones.

III

Al llevar a Marx a “su entorno del siglo XIX”, a Stedman Jones le gustaría reemplazar la imagen mítica o, más exactamente, heroica del hombre con la de un mero personaje histórico, personalmente defectuoso y políticamente confundido. A lo largo del libro, se refiere a “Karl” en lugar de a “Marx”. El dispositivo de familiaridad insolente es engañoso, ya que la familia de Marx no lo hizo. Le llamo Karl, pero El Moro, a causa de su tez oscura, mientras que Engels se dirigió en sus cartas utilizando la expresión: “Querido Marx”. Pero la convención de Stedman Jones tiene una implicación seria: si “Karl” pertenece esencialmente al siglo XIX, entonces Marx no es relevante para el siglo XXI y debemos continuar con nuestro pensamiento sin él”.

Stedman Jones amonesta al adolescente Marx por “un alto grado de autoabsorción” y habla de su “enamoramiento con la idea de sí mismo como poeta”. Marx no estaba equivocado en la estimación de sus dotes verbales.

Al cumplir los 18 años, Marx se comprometió con una joven mujer aristocrática, cuatro años mayor llamada Jenny von Westphalen, para quien copió estas líneas: “¡Jenny! ¿Me atrevo a confesar / Que con amor hemos intercambiado nuestras almas / Que como uno palpitan y brillan / Y que a través de sus olas fluye una corriente? Siete años después de su compromiso y no mucho después de la muerte del padre de Jenny, ella y su pretendiente se  pudieron casar. Marx y Jenny soportarían la pobreza, el exilio, muchas dificultades y enfermedades, y la muerte de cuatro hijos.

La juventud de Marx está marcada por la decepción por no haber obtenido un puesto docente después de presentar su disertación sobre la filosofía materialista de Epicuro, por lo que se inició como periodista y editor. A la edad de 24 años, fue nombrado editor en jefe de Rheinische Zeitung de Colonia, donde cuestiona la legitimidad del Estado prusiano sin contradecir a sus censores. En 1843, cuando el gobierno parecía dispuesto a prohibir el cada vez más beligerante Zeitung, Marx renunció. Se había cansado, como le explicó a un amigo, de “inclinarse, esquivar y cortar las palabras”. En consecuencia, el gobierno me devolvió mi libertad. No puedo hacer nada más en Alemania”.

Los gobiernos a menudo devolvían la libertad al joven Marx al expulsarlo. Se va a París con su esposa y establece un patrón que se mantendría durante la década de 1840: Marx llega a una nueva ciudad, se enreda en la política revolucionaria y el periodismo sedicioso, y en poco tiempo se le ordena salir del país. En París, Marx se unió a la Liga de los Justos Radicales y fundó el Deutsch-Französische Jahrbücher, o Anuarios Franco Alemanes. Su único problema, fue un artículo escrito por Engels, “Esbozos de una crítica de la economía política”, que  generó  un fuerte malestar al gobierno prusiano por lo que emitió órdenes de arresto contra Marx y sus colegas.

Marx también contribuyó al diario socialista en idioma alemán, con sede en París, ¡Vorwärts!, o ¡Adelante!, hasta que el Ministerio del Interior francés cerró sus oficinas. Desplazado a Bélgica, se convirtió en presidente del capítulo Bruselas de la Liga Comunista. Esta asociación internacional de trabajadores –en realidad, era una sociedad secreta– que encargó a Marx que elaborara un programa. A este documento redactado de manera apresurada a principios de 1848, le puso por título: Manifiesto del Partido Comunista  que instigó las revoluciones que estallaron en Europa ese mismo año.

El Manifiesto Comunista, como se le conoce hasta nuestros días, declara que la historia humana es la historia de las luchas de clases, que termina “ya sea en una reconstitución revolucionaria de la sociedad en general, o en la ruina común de las clases contendientes” y prevé que, después de una sucesión de crisis económicas cada vez mayores “la organización del proletariado en una clase, y en consecuencia un partido político”, la sociedad burguesa se verá obligada a ceder ante el comunismo, en el que “el libre desarrollo de cada uno es la condición libre del  desarrollo de todos”.

Es el folleto más famoso jamás escrito, pero el Manifiesto había sido olvidado un año después de su publicación, cuando el estado de ánimo revolucionario disminuyó. Un mes después de que apareciera por primera vez, Marx recibió la orden de abandonar Bélgica.

IV

Una vez expulsado de Bélgica, Marx aventuró un regreso a Colonia en el año revolucionario de 1848 para lanzar el Neue Rheinische Zeitung, solo para ver el diario  suprimido al año siguiente. Una última edición, apareció  impresa en tinta roja después de que Marx recibió la orden de abandonar Alemania. Stedman Jones se queja de que Marx perdió la centralidad de la representación política, que es distinta del poder económico, como meta y como un medio de lucha de la clase trabajadora.

La crítica es justa e importante, pero el escepticismo de Marx hacia la democracia fragmentaria fue confirmado por muchos de los eventos que presenció. Las revoluciones en todo el continente de 1848 no produjeron repúblicas socialistas, sino solo, en diversas combinaciones, reacción absolutista o emancipación burguesa. El dilema sobre el carácter de la democracia burguesa no ha sido resuelto desde entonces. Incluso  en el siglo XXI, es difícil para los teóricos liberales explicar satisfactoriamente cómo superar la ausencia de justicia económica en la sociedad capitalista.

De 1852 a 1862, Marx se ganó la vida como corresponsal del New York Daily Tribune, en ese momento el periódico de mayor circulación en el mundo. En su inglés apresuradamente trabajado, publicó columnas dos veces a la semana, principalmente sobre asuntos europeos,  en las que Engels traducía los textos. Aunque Marx hubiera preferido producir libros, sus décadas como periodista le ayudaron a su impetuosa creación de frases y  a su amplio y listo dominio de la información que lo diferencia de otros pensadores económicos importantes.  Marx  fue un filósofo y economista, pero también un periodista.

A mediados de la década de 1860, ninguno de sus escritos estaba impreso. Después de haber anunciado que estaba estableciendo una nueva base intelectual para el socialismo, Marx procedió a publicar Una contribución a la crítica de la economía política, que incluso sus amigos encontraron decepcionante.

A continuación, Marx desperdició un año en la redacción del Señor Vogt, una polémica de 191 páginas contra un radical alemán emigrado. Karl Vogt fue un alemán exilado en Londres que acusó a Marx de ser el inspirador de un complot en su contra y de ser el jefe de una banda que vivía amenazando a quienes habían participado en los movimientos revolucionarios de 1848, chantajeándolos con revelar sus nombres si no estaban dispuestos a pagar el precio del silencio.

Este suceso contagió también a quienes eran más cercanos a Marx en especial a  su esposa Jenny que hallaba en El señor Vogt una fuente de “placer y deleite sin fin”; Engels afirmó que la obra era “ciertamente el mejor trabajo polémico que (él hubiese) escrito hasta ahora”. Lassalle saludó el texto como “algo magistral en todos los sentidos”.

Si bien hay una versión en español de la editorial Juan Pablos Editores, de 1977, para poder ser hoy comprendido en todas sus referencias y alusiones, El señor Vogt requeriría de  un amplio estudio introductorio que permita entender los temas a debate. Los principales biógrafos de Marx han sido unánimes en considerar a esta obra como una notable pérdida de tiempo y energías. Al recordar cómo distintos conocidos de Marx habían intentado disuadirlo de emprender esta empresa, señala Franz Mehring en su libro: Marx: historia de su vida, publicado en inglés en 1918, que “estamos tentados a desear que él hubiese escuchado esas voces porque ésta obstaculizó (...) la gran obra de su vida (...) a causa del costoso gasto de fuerza y tiempo que derrochó sin una ganancia real”.

Mehring nos instruyó que el socialismo no es una cuestión de conciencia de la necesidad, o sea de la satisfacción de las necesidades materiales, no es cuestión de cuchillo y tenedor, sino un asunto de cultura, una nueva forma de vivir, una concepción del mundo. 

En 1929, Karl Vorländer cuya  biografía sobre Emmanuel Kant publicada  1924 lo convirtió en un clásico de la erudición durante gran parte del siglo XX, escribía: “hoy, después de dos generaciones, razonablemente se puede dudar si valía la pena desperdiciar en el Señor Vogt una miserable cuestión, que duró casi un año, tanto trabajo espiritual y tantos gastos financieros para escribir un opúsculo, en el que arremetía contra el odiado adversario, de 191 páginas redactado con brillante argucia, con lemas y citas de toda la literatura mundial.

Entre 1863 y 1867, Marx trabajó en la Sala de Lectura del Museo Británico, en el libro que llamaría El capital. El trabajo sigue siendo obra fundamental del pensamiento occidental, su descripción de cómo las mercancías disfrazan las relaciones sociales la esencia del beneficio en el trabajo; su descripción de que el capital es dinero que compra mano de obra y medios de producción para producir mercancías que pueden venderse por una suma de dinero mayor de la que inicialmente se adelantó, y este concepto simple contiene el germen de una tierra capitalista. (Marx imaginó a Das Kapital, El capital, como el primero de seis libros, el último de los cuales anatomizaría el “Mercado mundial”). La riqueza adquirida antes del capitalismo mediante actos de saqueo o “acumulación primitiva” se convierte en capital una vez sometida a la competencia para obtener ganancias privadas. La acumulación de capital, en la cual los beneficios futuros se acumulan sobre las ganancias pasadas, se erige como la ley de la sociedad.

La anticipación de Marx de que la organización de la clase trabajadora mantendría el ritmo y, finalmente, superaría el capitalismo parece, desde el punto de vista de hoy, motivado por demasiadas esperanzas, pero ese era el pensamiento vigente en el siglo XIX entre los revolucionarios. Su teoría era convincente a medida que la productividad técnica aumenta, el proletariado industrial eventualmente se reduciría como una proporción del total de la fuerza laboral, tal como lo ha hecho.  Su esbozo de la historia sigue siendo hasta nuestros días notablemente polémico.

El capital  en un referente del pensamiento del siglo XIX, Marx  lo supo y fue objeto de reconocimiento. Su defensa de la efímera Comuna de París de 1871 como presagio del comunismo, atrajo una atención desacostumbrada, y  su obra comenzó a ser reconocida. El redescubrimiento del Manifiesto Comunista se inició en 1872, cuando el gobierno alemán juzgó a varios líderes del Partido Social Demócrata (SPD) por traición; la fiscalía leyó el documento en el registro judicial, lo que le permitió ser publicado legalmente en Alemania por primera vez.

Marx fue testigo de cómo el clima político para los radicales estaba cambiando, a medida que las sociedades secretas cedían el paso a los partidos de masas. Marx se convirtió en un líder eficaz de grupos radicales y sindicalistas conocidos como la Primera Internacional. En una conferencia de Londres en 1871, abogó por una sección de mujeres de la Asociación Internacional de Trabajadores, como se la llamó oficialmente. 

Si Stedman Jones critica injustamente las ideas económicas de Marx, tiene razón al enfatizar las ambigüedades fatales de su política. En su polémica de 1875 con Lassalle sobre el programa del SPD, Marx se mostró indiferente a “la vieja letanía democrática familiar para el sufragio universal, la legislación directa, los derechos populares, la milicia popular, etc.”, que en décadas anteriores había tenido. La democracia, insinuó, vendría después de la revolución, no antes de ella.  La famosa frase “dictadura del proletariado” suele malinterpretarse: Marx tomó la democracia burguesa como un tipo de dictadura de clase, mientras que la democracia socialista constituiría otro tipo. Presumiblemente, una vez que las clases explotadoras se disolvieran, podría surgir una democracia plena.

A Marx se le atribuye la idea de que el socialismo debe emerger de un capitalismo maduro, como se expresa en el Manifiesto como en El capital. En borradores de cartas a un corresponsal ruso, Vera Zasulich, sugirió que las naciones menos desarrolladas podrían saltar la etapa del capitalismo en toda regla y proceder directamente al socialismo, y en un prefacio a la edición rusa del Manifiesto, especuló que “la actual propiedad común rusa de la tierra puede servir como punto de partida para un desarrollo comunista”.

Muchos marxistas del siglo XX tomaron estos textos breves y tentativos como una garantía para la revolución socialista en el tercer mundo. Ajustándolos contra la noción de Marx de la llegada del socialismo a través del capitalismo, Stedman Jones impone a Marx la palabra “ilusión”, y la otra “grandeza”, palabras apropiadas para las conclusiones a las que llegó Marx.

Marx murió el 14 de marzo de 1883 a causa de una úlcera hemorrágica en el pulmón. Había sobrevivido a su esposa Jenny y también, desgarradoramente, a su hija Jenny, la más querida de sus hijos. La constante dieta de dolor administrada en la vida de Marx por la muerte de hermanos y descendientes puede explicar la mezcla de acero y  compasión característica en él como pensador y persona. En el funeral de Marx, Engels pronunció un discurso junto a la tumba a las 10 personas presentes: “Su nombre perdurará a través de las edades, y también lo hará su trabajo”.