Nuño ante la ley: Nochixtlán y el Rébsamen

Teresa Gil / Libros de ayer y hoy
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Deslindado de la que después del fracaso de la reforma energética, fue considerada la reforma estructural más importante del régimen, Aurelio Nuño Mayer deja ahora sus desplantes, se pasea muy girito y sonriente y huye a endulzarse con otras mieles. De nada se le culpó. Los problemas que vivió el movimiento magisterial con la llamada reforma educativa y que padeció todo el pueblo de México, las angustias, las muertes, la zozobra y las molestias que provocó el exfuncionario, parece que quedaron atrás y ahora se engancha a otro proyecto. Se va satisfecho al lado de su nuevo jefe José Antonio Meade, con el que intentará a  través del PRI, permanecer en el presupuesto. Como segundo hombre, manejará los dineros que nos pertenecen como suelen hacerlo en sus precampañas y campañas, mientras la duda sobre los recursos donados en el extranjero y en el país para la reconstrucción de los efectos del sismo, se levanta contra el sistema. Miles de escuelas han quedado sin reconstruir y sobre el exfuncionario flota el fantasma del colegio Rébsamen que la SEP se ha negado a asumir y el caso de Nochixtlán, efecto de la presión permanente que se ejerció sobre el movimiento magisterial. Durante dos años se mantuvo esa presión contra los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), para imponer, sin convocatoria previa a esos mentores, su reforma. Considerada más bien una reforma laboral, provocó un caos que en algunos puntos del país Oaxaca entre ellos, aún se mantiene, además del  enfrentamiento permanente del poder contra las normales rurales. Al respecto no puede menos de recordarse el caso Ayotzinapa y los 43 normalistas desaparecidos, que parecen haber sido punta de lanza para iniciar la mentada reforma. En la renuncia a la SEP del hombre que no sabe “ler”, éste recibió elogios apoteósicos de parte del Ejecutivo y mención a su convocatoria a los maestros, cosa que nunca ocurrió. Los verdaderos artífices de la educación en México  jamás fueron llamados a opinar sobre su materia de trabajo. En ese acto Nuño se congratuló de que lo sustituya el salinista Otto Granados, otro de los chapulines que el poder tiene a su disposición. Todo en un marco de cuestiones que parecen no haber existido como son los llamados aportes educativos y como no sea la actitud agitada y permanente contra un movimiento magisterial que solo demanda participar en lo que es su oficio. Kafkiana es la impunidad que esto resuma. Y es Franz Kafka, precisamente, el que nos inspira a desempolvar aquel pequeño relato escrito por el checo en 1919, Ante la ley. Publicado en varias editoriales, Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Cásares lo recogen en su Antología de la literatura fantástica (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1971). Un hombre llega ante un guardián y pide ser admitido ante la ley, pero el guardián le dice que eso no es posible. El hombre de origen humilde le pregunta si eso puede ser posible más adelante y el guardián de la ley le responde que puede ser, “pero no ahora”. En espera, el solicitante se sienta a esperar y pasan días, semanas, años y cada que vez que demanda entrar a la ley recibe la respuesta de esperar. Finalmente, cuando viejo y cansado el hombre vuelve a demandar, el guardián lo acusa de insaciable y le reprocha que como todos quiera entrar a la ley. Al responder el viejo que no ha visto a nadie demandando lo mismo, el guardián lo lapida con una respuesta: “nadie ha querido entrar por aquí, porque a ti solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla”.  El cansado pueblo de México en busca de la ley, para aplicársela a los sátrapas.

 

 

La maldición del clero, jerarcas enloquecidos

Teresa Gil / Libros de ayer y hoy
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Algunos clérigos mexicanos que pretenden ser guías morales de algún sector ciudadano, se quedaron enclavados en aquellos tiempos de mitos y leyendas y piensan que las 10 plagas o la amenaza a Sodoma y Gomorra se pueden actualizar para hacer temblar a la población. Arcaicos, sin la belleza de esos libros tan ilustrativos y poéticos, lanzan palabras torpes, como lo hizo el cardenal dimisionario, anciano jubilado Juan Sandoval Iñiguez, para tratar de amedrentarnos con  la maldición  de los sismos. Ahora resulta que los terremotos se producen por causa de nuestros pecados. Si así fuera, la Iglesia católica hubiera desaparecido tiempos ha, desde la nefasta Inquisición y si algo quedara, fenecería por causa de la pederastia. No andaría errado el exarzobispo si “nuestros pecados”, fueran como lo son,  la destrucción del entorno, la abulia por cuidar la Tierra, la apatía ante nuestra salud; pero no, el viejo cura se refiere a las fallas que atañen a sus creencias, al pecado ante su dios. Y reincidente, como ya lo ha sido en otras ocasiones, incluso cuando agrede a las mujeres y a la comunidad gay, lanza una maldición ante las que abortan y compara su acto, con los crímenes del narco. Ellos y todos nosotros, estamos malditos ante la propia naturaleza, la que enviará su flagelo terrible mediante terremotos y castigos brutales. Apocalipsis Now. Que nos durarán las 10 plagas, los incendios de las ciudades pecadoras y las estatuas de sal, que estaban incluidas. Lo preocupante en todo caso, no es la euforia extraviada de alguien que trastocó su naturaleza, sino un  hecho que se dio el día de su última declaración: la autoflagelación de creyentes, a partir de heridas y golpes sangrientos. La autoflagelación si es voluntaria no está sancionada; el que la aplica más bien necesita atención médica y psiquiátrica. El problema es que personajes de la catadura de Sandoval Iñiguez, influyan y promuevan ese tipo de eventos. En Estados Unidos y otros países ha habido casos fatales ante la presión moral de los líderes religiosos, incluso suicidios masivos. Las autoridades no suelen considerar declaraciones como las del sacerdote, pero sería una responsabilidad de las que están vinculadas a esos hechos, no tomar en cuenta tan graves situaciones. La gente suele justificar el mito de que las ciudades de Sodoma y Gomorra, pertenecientes al Pentápolis, extendidas en una llanura donde brillaba el lago Sidim, muy cerca del mar Muerto, fueran destruidas no con  sismos, sino con fuego. El dios vengativo, Jehová, el del dedo flamígero, simplemente lo extendió y las convirtió en cenizas. En ese maremágnum de culpas en donde el pecado es el centro, ¿que deben entonces, lo pueblos santos para ser destruidos? Los pueblos santos de Carlos Montemayor, aparece como uno de los relatos fantásticos de Las llaves de Urgell y otras historias (Editorial Diana, 1990), en donde se habla de la destrucción inevitable de aquellos pueblos cuyos hombres y mujeres pelearon tres generaciones con armas de sangre y cinco se necesitaron para cerrar el círculo de la muerte. Terminaron destruidos, quemados, “en tres meses y cuatro días”, después de 70 años de lucha. Un gran sacerdote (que desde luego no es Sandoval Iñiguez), recibe la visita de un  viejo demonio que le entrega una llave en la que hay diversas inscripciones. El prelado sabe que es su sentencia de muerte y la de los pueblos que ha bendecido. En ese recorrer fantástico de su literatura, el escritor, activista, luchador social por las mejores causas, quien falleció en febrero del 2010, relata los sueños terribles de aquel religioso, la forma como ve el fuego extendiéndose por las llanuras, las casas, los lagos para destruir a aquellos pueblos que tanto habían luchado. Fueron destruidos dice por las tropas contrarias ¿Dónde estaba su dios para defenderlos? ¿Hubo ahí un dedo flamígero de ese  dios en que creían o “fue voluntad de dios” como ellos justifican cualquier evento? ¿Qué diferencia hay, entonces, entre esos pueblos santificados y Sodoma y Gomorra tan llenas de alegre pecado? Montemayor ganó el premio Xavier Villaurrutia con este libro, que contiene 23 relatos. Si bien nos hemos metido en cosas de fantasía, no lo es la influencia y las declaraciones perniciosas de un hombre que viola el laicismo constitucional y a quien demandó por esa causa el gobernante del Distrito Federal, Marcelo Ebrard. Pero su boca sigue vociferando.