La novedad en el frente

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Como (el crimen organizado que tenemos en) México, no hay dos. No hay dos en el mundo entero. Crimen organizado para abastecer de manera oportuna y  suficiente el insaciable mercado estadunidense de la droga, esa formidable excrecencia del supercapitalismo que para producir y reproducir sus colosales ganancias requiere de un puntual equilibrio entre una demanda expansiva y una oferta que debe ser regulada por la mano, que no se ve pero se siente, del Estado (estadunidense, por supuesto). Ese es el rostro oculto del crimen organizado que ha sumido a México en lo que los ideólogos de la democracia sin adjetivos llaman “crisis de derechos humanos”. Un gigantesco artefacto criminal organizado desde agencias federales de Estados Unidos que además lo proveen de armamento y asesoría técnica (militar, financiera y logística), cuyas acciones trascienden la seguridad pública y que al amenazar la vida institucional y la integridad territorial, ponen en peligro la seguridad interior. Es de una ingenuidad sospechosa suponer que las policías estatales y  municipales, que apenas atienden la seguridad pública, puedan contener a las falanges del narco. El 7 de febrero de 2015, en un acto del Aspen Institute celebrado en una universidad capitalina, Bill Clinton confesó: “nosotros bloqueamos el ingreso de drogas por aire y mar y entonces todo el problema se concentró en la vía terrestre a través de México”. En efecto, el afán de EU por controlar el tráfico de drogas y lo que lo acompaña (armas, divisas, personas), desató y ha mantenido en ascenso la violencia en nuestro país. Por eso la Ley de Seguridad Interna es pertinente: da a las fuerzas armadas el marco jurídico para defender la patria en este novedoso frente, y al mismo tiempo garantiza la vigencia irrestricta de las libertades democráticas.

 

La hazaña de Armando Hart

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Cuando muere un personaje, suele ocurrir que alguien refiera algún hecho que lo vincule al difunto para hablar o escribir sobre sí mismo, lo que podría ser válido siempre que tenga el propósito de exaltar la memoria del homenajeado. Valga lo anterior como disculpa, pues la muerte del revolucionario cubano Armando Hart me lleva a recordar que en una visita que hizo a nuestro país en 1992, lo entrevisté para La República, órgano de difusión del PRI que jugaba entonces un interesante papel en la vida del partido. En mi condición de director de aquel semanario le solicité al embajador de Cuba, Abelardo Curbelo,  entrevistar a Hart, entonces ministro de Cultura. Pronto tuvo lugar el encuentro. Su larga trayectoria revolucionaria comenzó en el movimiento estudiantil cuyo antimperialismo dio sentido revolucionario a la lucha democrática devenida antidictatorial. Fundador y dirigente del Movimiento 26 de Julio, en la clandestinidad, en la sierra y en la cárcel dejó huellas profundas de su coraje y talento. Al triunfo de la Revolución fue ministro de Educación y emprendió la histórica campaña que hizo de Cuba el primer territorio libre de analfabetismo en América, hazaña indeleble. En las siguientes dos décadas, fue clave para hacer del educativo el campo más fértil de la Revolución.  Aquella entrevista fue una larga y apasionada conversación: ya se había colapsado el campo socialista y se estaba desintegrando la Unión Soviética; Cuba entraba en el período especial. Pero Hart estaba seguro de que su patria no se rendiría y México seguiría a su lado. En aquellos días Rosario Green, por iniciativa propia, reunió tres millones de cuadernos y otro tanto de lápices que llevó a la Isla en acto magnífico y representativo de amistad solidaria.