Masacotes: Alianzas del PAN y de Morena

Víctor Orozco
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El calificativo empleado por Porfirio Muñoz Ledo para referirse al frente constituido por el PAN, PRD y Movimiento Ciudadano corrió con fortuna como es usual con ciertas agudezas. Por masacote entendemos en México un conjunto informe de cosas que no tiene ni pies ni cabeza. Esto es lo que estamos viendo en las elecciones del próximo año. Cierto es que las alianzas del PAN con el PRD eran ya conocidas en varios comicios estatales, pero todavía se consideraba impensable una para competir por la Presidencia de la República, porque ello entraña poner en juego y en tensión los programas y las políticas de cada agrupamiento, algo que sucede en mucho menor escala dentro de los ámbitos locales. En todo caso, los girones restantes del PRD no aportarán a la flamante coalición sino algunos cuadros cebados en legislaturas, cabildos u organismos paraestatales. El grupo dirigente del PAN, que ha derrotado al expresidente Felipe Calderón con sus pretensiones dinásticas, tal vez logre consolidar a una nueva generación que le proporcione nuevos bríos a un partido cada vez más semejante al PRI que tanto combatió.

Luego el PRI ejecuta una maniobra que no por vislumbrada desde hace rato, es menos inusitada: la postulación de un candidato externo, vinculado estrechamente con el sector más derechista del PAN. Para propios y extraños sorprende que el partido monopolizador del aparato estatal durante tantas décadas, contenedor de casi toda la clase política en el país, sin enemigo al frente, ahora no haya podido encontrar dentro de sus filas a un abanderado con mejores posibilidades de ganar. El hecho devela esta honda crisis de identidad que le aqueja. Esta candidatura, sería humillante para cualquier miembro de un partido con los estandartes en alto y consciente de su militancia. Pero, con los años, sobre todo los últimos, el antiguo partido de la Revolución mexicana, ha degradado a sus integrantes al punto de convertirlos en una cohorte de escoltas al servicio de funcionarios corruptos. Ni como esperar algún signo de inconformidad o rebeldía frente a la entrega del gobierno y del Estado a las cúpulas financieras, representadas por José Antonio Meade.

Hace ya tiempo que del partido cobijado con los colores nacionales, no se puede encontrar otra cosa que sumisión a los dictados de la derecha encumbrada dentro de sus filas. Sí, como algunos anunciantes de catástrofes afirman, se está gestando en México un golpe de Estado, quienes lo protagonicen de seguro contarán con la colaboración del PRI, nacido, paradójicamente, con el propósito de erradicarlos.

La perspectiva de cambio está en el movimiento que lidera Andrés Manuel López Obrador. Su tenacidad, su condición de hombre honesto, la fuerza del mensaje que ha enviado desde hace ya dos décadas, se han convertido en un símbolo esperanzador para millones de mexicanos. No obstante, de ninguna manera es previsible bajo su gobierno, una transformación profunda del régimen político, pero sí de áreas claves en las circunstancias presentes. La más importante de ellas, el combate a la corrupción. Si AMLO solo eso hace, erradicar complicidades, robos y enriquecimiento de funcionarios así como de sus socios, habrá hecho mucho. Por allí, también estaría un camino para aminorar sustancialmente la violencia delictiva y la inseguridad, heridas abiertas y dolorosas de la sociedad desde 2007. Estas son las razones básicas por las cuales tendrá mi voto.

Sin embargo y esto no lo quisieran oír sus fervientes admiradores y partidarios, Morena se está pareciendo cada vez más a quienes tiene por sus irreconciliables enemigos, los de la “mafia en el poder”. Empleando de nuevo la socorrida palabra, AMLO ha formado otro masacote político, tratando de asegurar el triunfo en los comicios. Durante las recientes elecciones en el estado de México, fraguó la alianza con el PT, organismo desprestigiado si los hay, navegante en un barco con enseña roja, pero dispuesto a servir al mejor postor, del color que sea, con tal de que éste ocupe algún sitial del poder y sea proveedor de curules, presupuestos y canonjías. Luego, Morena ha postulado a candidatos venidos de las maniobras más oscuras realizadas en el seno de sus partidos de origen y pertenecientes a estas genuinas mafias que han asaltado las cajas del erario. Finalmente, metió en la coalición al Partido Encuentro Social, representante del conservadurismo y la reacción extremos en el espectro político nacional. 

El argumento, al parecer irrebatible, es que para ganar las elecciones son indispensables las alianzas. Esto es cierto, en el México de nuestras días. Sin embargo, las sumas en las elecciones son siempre algebraicas, no aritméticas. Esto implica que una alianza no significa por necesidad un incremento de votos, porque el aliado trae consigo también los negativos. Por ejemplo, ¿AMLO aumenta o disminuye votos en su alianza con el PT? ¿Y con algunos expanistas, cooptados por el exgobernador Duarte de Chihuahua? Las cuestiones incluso se plantean después de las elecciones: ¿Un candidato ganó por o a pesar de sus alianzas? O bien: ¿Perdió a pesar de sus alianzas o justamente por ellas? Aquí están siempre en la balanza el pragmatismo político versus el programa, los principios y las congruencias. Un político y sobre todo un estadista deben poseer una alta dosis del primero, pero no deben pasar ciertos límites en sus estratagemas de tal manera que arriesguen identidades y fidelidad de sus bases sociales. En este punto crítico se encuentra López Obrador.

Vamos a ver cuándo se definan las cuotas de poder repartidas en los pactos entre Morena y sus aliados, quien obtuvo las mayores ganancias. Si el resultado es un crecimiento sustancial de las bancadas reaccionarias del PES por ejemplo, veremos, con AMLO en el poder o no, nuevas y más poderosas embestidas contra el laicismo del Estado y contra los derechos humanos, causas en las cuales convergen panistas, priistas, clericales, fanáticos religiosos y acomodaticios, en una especie de alianza sagrada capaz de retrotraernos al siglo XIX.

Visto desde una perspectiva latinoamericana, el movimiento lopezobradorista para algunos observadores, puede semejarse con el peronismo, que acabó por albergar en su seno a corrientes ultraderechistas, con otras de la izquierda radical, incluso partidarias de la lucha armada. Hay elementos comunes, el más importante la existencia de un caudillo quien conduce la nave sin necesidad de someter a la consideración de órganos colegiados los nuevos rumbos, así impliquen virajes que llevan a destinos diferentes. Pienso, sin embargo, que en Morena no se llegará a los extremos de acuñar lemas como “Perón o muerte”, pero no sabemos si al final acabe por hospedar a guadalupanos, juaristas, marxistas, nacionalistas, partidarios del neoliberalismo económico, antimperialistas, proyanquis, homofóbicos, libertarios y a toda laya de oportunistas y pragmáticos. Es el sino de los grandes movimientos de masas dentro de los cuales la pieza central e irremplazable es el dirigente.

Una de las enseñanzas de esta descomposición ideológica de los partidos políticos es, para la izquierda, el imperativo de reconstruir sus propias organizaciones. Entre ellas, la constitución de un partido o agrupación bien definido, moderno, que asuma las grandes causas: igualitarias, ecologistas, libertarias, educativas, derechohumanistas. Sus batallas deberán librarse en todos los escenarios: políticos, sindicales, electorales, filosóficos, culturales, educativos, económicos, rurales, obreros. Esta faena se ofrece como la tarea histórica de mayor envergadura para los próximos tiempos.