Once semanas de Meade

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

José Antonio Meade renunció al despacho de la Secretaría de Hacienda para buscar la candidatura a la Presidencia de la República por el Partido Revolucionario Institucional. Por primera vez en la larguísima historia del  partido de la Revolución, un político que no figura en la nómina de sus militantes aspira a ser postulado para la madre de todas las elecciones. El hecho es relevante porque apunta a cambiar aspectos clave de la  estructura y funcionamiento del partido históricamente mayoritario y del régimen político. Pero no hay que adelantar vísperas: Meade apenas ha manifestado su intención de ser reconocido como precandidato. El próximo domingo solicitará ser registrado por el órgano partidista correspondiente que emitirá su dictamen al día siguiente. Y será el 18 de febrero de 2018 cuando la Convención de Delegados elegirá al candidato. En las próximas once semanas, Meade deberá convencer al partido de que es la persona idónea para representar al tricolor en las elecciones y ganarlas. Los dirigentes partidistas afines a la candidatura de Meade tendrán, por su lado, que explicar las razones en que se apoya la candidatura de un ciudadano que no es priista y a la vez sensibilizar a Meade sobre las aspiraciones de los sectores sociales mayoritarios que son la raíz profunda de la lucha democrática y social del tricolor. Soy optimista: Meade no es ajeno a las causas populares ni a las ideas y tradiciones revolucionarias del PRI. En las once semanas que vienen Meade conocerá mejor al partido y promoverá su unidad. Y el partido forjará a Meade como un líder institucional que sabrá conjugar las exigencias del desarrollo nacional con las  necesidades sociales y las demandas populares.

 

 

 

Al alimón

 

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

La entrevista de los presidentes de México y Rusia en la Cumbre de la APEC en Vietnam, tuvo una gran importancia, tanta, que nuestra prensa –es un decir– prácticamente la pasó por alto. En Da Nang, ciudad emblemática de la epopeya vietnamita, Enrique Peña conversó con Vladimir Putin y encomendó al secretario de Relaciones Exteriores que fuera a Moscú a promover y cuidar con su homólogo ruso las relaciones entre los dos países que en la difícil coyuntura política mundial son objeto de asechanzas de los que buscan generar discordia entre ambos gobiernos y echar abajo su empeño común de promover la paz mundial y la cooperación para el desarrollo. A Moscú fue Luis Videgaray a reunirse con Serguéi Lavrov con resultados promisorios. Porque además de las intenciones económicas, hay urgencias políticas. Sin referencia a la desastrosa campaña, la debacle demócrata en las presidenciales de Estados Unidos fue atribuida sin prueba alguna a la injerencia informática rusa. Los obamistas prefirieron el pretexto exculpatorio que los vincula a las fuerzas de la tensión militar, a la necesidad democrática de reformar un disfuncional sistema político que garantiza el predominio de los monopolios sobre el sufragio. Esa fue la señal para desatar la histeria anti Rusia. Que el Brexit, que Francia… y en el colmo, Cataluña. Ni una alusión a la caducidad de la monarquía ni a la necesidad evidente de reformar las relaciones entre las naciones y las regiones de España. Fueron los rusos. Y ya tenían lista la siguiente: Rusia se apresta a hackear las presidenciales mexicanas… ¿A favor de quién? ¡En contra del que gane! Porque la intención era y seguirá siendo debilitar al Estado mexicano. Al alimón, Videgaray y Lavrov desmintieron la especie y desmontaron la farsa.

 

 

 

La restitución del dedo

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Hay dedos y dedazos. Franco, en nombre ya no de Dios del que se dijo caudillo durante 40 años sino de sí mismo, ungió a dedo al borbón de su particular preferencia con el designio de abolir la autodeterminación de los pueblos de España. Ahí cuajó la llamada transición que para nuestros demócratas sin adjetivos debió ser modelo de la nuestra aunque no hayamos tenido guerra, ni dictador vicario, ni dictadura a manera de purgatorio y ni modo de tener rey. A Madrid fue una legión de politólogos novohispanos a aprender democracia de la monarquía mostrenca. Volvieron con la espada desenvainada y la insana obsesión de desmantelar lo que con pasmosa ligereza llamaron presidencialismo autoritario. Y los cuchilearon quienes desde casi siempre, con las más oscuras y disímbolas intenciones, combatían con saña y rencor el llamado sistema político mexicano. Fundado por Calles, refundado por Cárdenas y reformado por los que los siguieron, el presidencialismo constitucional le dio soberanía y estabilidad al país, con crecimiento económico en sus primeros cuarenta y tantos años. En ese período las sucesiones presidenciales se resolvieron mediante “el dedazo”, que lejos de ser una decisión autocrática, era resultado de un acuerdo político que el partido instrumentaba. El debilitamiento de la Presidencia por los ajustes económicos y el pragmatismo privatizador, desembocó en la alternancia que sacó de madre la política y estancó la economía, lo que en 2012 llevó a que sin dedazo, el acuerdo político volviera al centro de la sucesión. Ahora, en un país profundamente reformado y por lo tanto sujeto a fuertes tensiones, el dedo restituido facilitará el acuerdo político que resolverá la sucesión.

 

Legitimidad

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

¿Es legítima la lucha de Cataluña por ejercer el derecho a la autodeterminación? Vaya pregunta, que así planteada exige una respuesta puntual: sí o no. Pero como se puso la bronca y se seguirá poniendo, es necesario ensayar algún razonamiento: la Constitución de 1978 dice que España está integrada por nacionalidades, entre ellas la catalana. En consecuencia, en 2006 la Cámara de los Diputados de España reformó el Estatuto de Autonomía de Cataluña para reconocerla como nación. La reforma, que era decisiva para la evolución de la democracia española lastrada por la cuantiosa herencia del franquismo, fue impugnada por el Partido Popular, entonces en la oposición. El Tribunal Constitucional desconoció la reforma y por consiguiente, a Cataluña como nación; aceptarla en esa calidad implicaba reconocer su derecho a la autodeterminación, prohibido por Franco. Así, lo que se perfilaba como una vía para que España se reconociera a sí misma como un Estado plurinacional, se truncó y dejó el paso a un conflicto de imprevisibles consecuencias. Porque la autodeterminación es un derecho establecido en la Carta de las Naciones Unidas que al negárselo a Cataluña hace retroceder a España a los tiempos de la Colonia. Esa prohibición viola también los derechos humanos de todos los españoles. Para los mexicanos no hay dilema: hace 200 años nos independizamos de una monarquía borbónica y alcanzamos nuestro derecho a la autodeterminación. El Constituyente de 1824 expidió el decreto por el que México reconoció el derecho a la autodeterminación de los pueblos de Centroamérica. Luego de un largo y ascendente camino, en 1988 el derecho a la  autodeterminación fue llevado por Miguel de la Madrid a la Constitución.