Revolución, partido de Estado y democracia

Pablo Cabañas Díaz
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Es la Revolución mexicana la imagen que guió en el siglo XX al  partido de Estado y sus corporaciones. No sólo porque el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y sus antecedentes, el Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y el Partido Nacional Revolucionario (PNR), se asumirán como la revolución misma, organizada e institucionalizada. La Convocatoria para la Convención del PNR, publicada en enero de 1929, señalaba la importancia de constituir a la Revolución en Partido Nacional. Su misión consistía en unir a los “elementos revolucionarios del país” para apoyar el “orden legal creado por la Revolución mexicana…” El 4 de marzo de 1929 se declara formal y legalmente constituido el PNR, cuya configuración sectorial aparece en 1938 en la Asamblea Nacional Ordinaria en la cual dicho partido se transforma en PRM y se asume como heredero de las fuerzas que habían luchado durante la Revolución.

La obligación de los sectores de realizar actos político-electorales exclusivamente mediante el partido constituyó un aspecto sustantivo del acuerdo que establecieron. El PRI, constituido en enero de 1946, señalaba en sus estatutos que “El partido es revolucionario porque integra a las fuerzas sociales y políticas que lucharon en la etapa armada.

Le debemos a Plutarco Elías Calles la interpretación oficial de una revolución que trasciende el periodo armado y que, convertida en gobierno, hoy todavía es fuente de inspiración de quienes aspiran a gobernar nuestro país. En 1929, el PNR nació bajo los principios de libertad de sufragio, mejoramiento integral de las masas, reconstrucción nacional y estabilidad gubernamental. El PRM asumió la defensa y ampliación de las conquistas sociales y del sistema democrático de gobierno, como elementos de su Declaración de Principios. El PRI heredará los principios del PRM y añadirá uno más en su declaración de 1946: el perfeccionamiento de las instituciones emanadas de la Revolución.

El régimen político presidencial instituyó a la Revolución como su proceso histórico originario, concibiendo las funciones de gobierno como realizaciones del programa de reformas sociales, y los cambios de orientación como parte del despliegue y perfeccionamiento de tal programa.

En el caso mexicano, progreso con reforma o justicia social serán los componentes ideológicos de la revolución. Es decir, ellos serán el núcleo programático que tanto el partido de Estado como el gobierno renovarán constantemente activando el mito de una refundación/revolución interminable. La Revolución mexicana tiene una impronta fundacional, es el acontecimiento que rompe con el antiguo régimen y finca una nueva era. Su irrupción en el tiempo nacional será escenificada ritualmente cada 20 de noviembre mediante ceremonias cívicas masivas.

Tanto el origen histórico como el futuro ofrecido por el régimen formaron parte de una concepción de la revolución, sustentada en la idea de un proceso que logró refundar el orden social y político sobre nuevos principios. La función fundacional de la Revolución mexicana servirá, por un lado, para dar unidad a la diversidad política, ideológica y faccional que en los hechos estuvo presente entre quienes sobrevivieron a la lucha armada después de 1929. 

II

En momentos de convulsión social, de inestabilidad política, de violencia armada, como sucedió en México, el “menos malo” de los destinos al que podía aspirar un político, caudillo civil o militar, presidente o dictador, caído en desgracia era el exilio porque cuando menos conservaba la vida. Muchos hombres sintieron en carne propia la soledad del exilio y la cara oculta del poder: la indiferencia que en cierto modo también era una forma de morir.

 Plutarco Elías Calles no fue la excepción, José Vasconcelos tampoco. Quizá el exilio era el único vínculo que podía unirlos, considerando que eran hombres social, cultural y políticamente antagónicos. Hoy todavía es motivo de polémica la figura de Calles, por lo que resulta interesante recordar cómo el exilio fue la única oportunidad para que estos dos hombres, que habiendo sido acérrimos enemigos en la arena política, y despojados de todo poder, pudieran olvidar sus diferencias.

En diciembre de 1929 José Vasconcelos tuvo que recurrir al autoexilio tras haber sido víctima del primer fraude electoral con que el partido oficial (PNR-PRM-PRI) inauguraba su vocación alquimista. 

Calles despertó en Vasconcelos la temprana vocación por una opción política muy mexicana, el exilio. La derrota del 29 no solo confirmó esa vocación, también lo llevó a una conclusión irrebatible: en su cercanía con el poder desde 1910, había ocupado el lugar equivocado. Las cifras lo demostraban; al cruzar la frontera hacia Estados Unidos en diciembre de 1929, Vasconcelos partía al exilio por quinta vez.

El exilio voluntario supone la existencia de una alternativa más que lógica: no realizarlo. Vasconcelos tenía la opción de desistir, pero tan grande era su aversión hacia el poder que representaba Calles, El Jefe Máximo, que no contempló la opción de permanecer en México y ser cómplice, reconociendo a un gobierno –el de Pascual Ortiz Rubio– surgido de la ilegalidad.

Desde su renuncia como secretario de Educación Pública en 1924, Vasconcelos había manifestado su oposición en contra de la corrupción política de los sonorenses y sus críticas más severas iban dirigidas contra El Turco: “el furor de Calles era el del verdugo que pega desde la impunidad, siempre a mansalva”. De hecho, uno de los motivos de su renuncia al gabinete de Álvaro Obregón no expuesto en ella, fue la imposición que El Manco pretendía hacer nombrando a Calles su “heredero” en la silla presidencial.

Años más tarde, entre 1927 y 1928 –por coincidencia, desde el exilio– Vasconcelos escribió cualquier cantidad de críticas contra Calles y en todos los tonos: “lo más repugnante del obregonismo es el callismo”; “ni vale Calles más que un gendarme”; “…prefiero a los obregonistas: después de todo Obregón es sanguinario, pero Calles fascineroso”; “lo antipatriótico es estar sirviendo a asesinos analfabetos como Calles”.

Ante todos los ataques, la respuesta de Calles siempre fue la misma: el silencio. Con excepción de su exacerbado sentimiento antirreligioso –que le costó muy caro–, Calles tenía una virtud básica para gobernar: ecuanimidad. Todas las invectivas en contra de su gobierno y de su persona –La Plutarca, por ejemplo– fueron aceptadas sin respuesta. Vasconcelos pudo hablar pestes del régimen callista y del Maximato, de la manera de gobernar, de la corrupción del sistema, de la represión; del gobierno dictatorial del sonorense. Escribió lo que quiso, algunas veces asistido por la razón de los hechos, otras, mal aconsejado por la amargura de la derrota.

Vasconcelos salió del país como un fugitivo. Derrotado física y moralmente, llevaba consigo la seguridad de que el único responsable de su fracaso electoral era Calles y su mayor decepción la apatía del pueblo mexicano: no había respondido –como no respondió a Madero en 1913– al llamado de la democracia. “México no tenía salvación”. Era el más doloroso de sus exilios.

Como todos los hombres públicos, cuando su intervención en el escenario nacional finaliza dejan de existir casi de hecho, mueren políticamente, no obstante que tienen vida privada, familia, amigos, recuerdos. Así sucedió con Vasconcelos, así sucedería con Calles.

Cuando en 1936 Calles fue obligado a dejar el territorio nacional, al abordar el avión que lo llevaría a su destierro en Estados Unidos, su semblante era el de Vasconcelos en 1929. Apesadumbrado, cabizbajo, derrotado, subió lentamente las escaleras del avión. Salvo algunas excepciones, muchos autonombrados “callistas”, como buenos políticos se habían “cuadrado” al cardenismo. Fue en esos momentos cuando sintió verdaderamente la soledad de la derrota y más aún, la impotencia de aquél que teniendo todo el poder en sus manos ve cómo se disuelve entre ellas para no recuperarlo más, situación que para México no podía ser mejor.

Para Calles fue por demás un momento doloroso, afloraron las pasiones escondidas, el deseo de venganza, la revancha… el tiempo lo cura todo, las reflexiones “en frío”, la claridad en los pensamientos vendrían con el paso de los meses. El Turco, quien siete años atrás había propiciado la salida de Vasconcelos del país, entraba ya a la galería de “ilustres” desterrados mexicanos. Tal vez en esas horas de soledad, escuchando el oleaje del mar golpeando en la playa –a donde asistía con regularidad–, asimiló su triste condición y comprendió a Vasconcelos. Entonces lo buscó.

Un día de 1936, en un pequeño rancho cercano a San José, California, a petición de Calles, los dos hombres se reunieron. Existía un paralelismo sentimental, una necesidad de desahogo mutuo, tal vez mayor en Calles –llevaba pocos meses en el exilio– que en Vasconcelos –cumplía casi siete años fuera del país. Con todo, ambos estaban marcados por la impotencia y la amargura; esos sentimientos y la distancia física con respecto de México desvanecieron todo rastro de enemistad. Años después de la muerte de Calles, al referirse a las circunstancias que motivaron ese encuentro –que ya en sí mismo parecía contradictorio–, Vasconcelos declaró sinceramente: “Nos unió la derrota”.

“El general Calles me recibió como los hombres. Me dio un abrazo y después de un cordial saludo verbal, me dijo: ‘Hemos sido enemigos, licenciado, pero yo nunca le hice daño alguno. Desde este momento queda liquidado el pasado entre los dos’”.

Impresionado por el trato recibido en aquel encuentro, Vasconcelos recordaba: “Trazamos un plan para reinstaurar la libertad electoral. Calles lo hacía para vengarse de Cárdenas… luego se habría retirado. Estoy seguro. Él era un hombre de palabra; sin hipocresías. ‘Vea –me dijo Calles– yo he sido ya cuanto se puede ser en este país: dictador omnímodo. No me interesa más el poder’. Queríamos los dos, reimplantar la democracia”.

A partir de entonces, los dos hombres en el destierro sostuvieron una cordial relación que se prolongó por muchos años. Los resentimientos personales, las críticas, todo quedó olvidado. Ambos se reconocían como “hombres de palabra; sin hipocresías”. El general sonorense solía comentar con agrado: “toda conversación con (Vasconcelos) resulta por demás interesante”.

La “histórica reconciliación” como lo titularon los diarios, produjo reacciones encontradas en México. Se decía que conspiraban, que se unirían para “reimplantar la democracia”, “Vasconcelos pondría la popularidad, Calles la fuerza”. Algunos estudiantes y viejos militantes del vasconcelismo del 29 criticaron severamente tan “ignominiosa reconciliación”. No sin cierto dejo de reproche pero mordazmente, Vasconcelos apuntaba: “Calles en el destierro, vale mil veces más que todos los que están en el gobierno y los que quedan en la oposición”.

Los años y las cartas convirtieron aquel encuentro en una cordial relación. En 1945, cuando Calles falleció, Vasconcelos acudió al sepelio. Mientras hacía guardia de honor frente al féretro llegó una ofrenda de Lázaro Cárdenas que fue rechazada por la familia. ¿Qué pensamientos cruzaron por la mente de Vasconcelos ese 19 de octubre? Tal vez sólo uno que lo impresionó desde aquella entrevista en California: “Tengo que reconocer una calidad moral muy grande en el enemigo que es capaz de perdonar como Calles”.

III

El 9 de enero de 1963, el expresidente Emilio Portes Gil escribía una carta al “Señor General Lázaro Cárdenas”, expresidente de México, –“Polémicas”, Emilio Portes Gil, libro publicado por B. Costa-Amic, editor, 1975, página 183– y le decía entre otras cosas lo siguiente: “¿Que hemos cometido errores? ¿Que hay demagogia e inmoralidad en la Reforma Agraria? ¿Que la Nacional Campesina, durante los últimos periodos de gobierno se coludió con los latifundistas (¿no habían sido superados? me pregunto) y con los funcionarios pícaros del Agrario para vender terrenos ejidales y para repartir miles y miles de hectáreas enclavas en las obras de irrigación en el Norte de Tamaulipas y en otros Estados de la República? ¿Que esa misma Nacional Campesina se coludió con los explotadores de las 350,000 familias ixtlecas? ¿Que en Petróleos Mexicanos existen algunos negociantes que se adjudican cuantiosos contratos de obras y que tienen depósitos de dólares en el extranjero? ¿Que el Partido Revolucionario Institucional impuso a gobernadores a dedo en algunos Estados y que todavía subsisten satrapías? Es cierto. Pero también lo es que tales errores pueden y deben remediarse a la brevedad posible y nadie puede negar que López Mateos, con toda energía, ha venido reprimiendo esas inmoralidades que principiaron desde que se inició la Revolución Mexicana. Claro que entonces las inmoralidades eran pequeñas: coyotes que se conformaban con cualquier cosa. Pero del 40 para acá, repito, las inmoralidades han llegado a grado extremo, y han salido hornadas sexenales de millonarios. Quiero invitarte (le dice a Lázaro Cárdenas) a que reflexiones que el deber nuestro no es combatir el régimen, sino ayudarle, sugiriéndole respetuosamente las reformas que deben hacerse para evitar todas las inmoralidades y todas las claudicaciones que se siguen cometiendo…”

La carta de Emilio Portes Gil a Lázaro Cárdenas comenzaba así: “Mi muy querido viejo amigo”. Se despedía de Cárdenas de esta forma: “Quedo como siempre, tu amigo que mucho te estima”.

IV

La imagen oficial de la Revolución mexicana se construyó de la mano de la leyenda negra del porfiriato. Algunos de sus componentes son, de hecho, correlato necesario de los rasgos que, se supone, caracterizaron a aquel régimen: el nacionalismo revolucionario se presentó como el antídoto preciso contra el presunto entreguismo de Porfirio Díaz frente al exterior; el compromiso social se opuso a la indiferencia porfirista frente a las desigualdades cada vez más visibles; la democracia se alzó como bandera contra la dictadura. Es indudable, entonces, que al cuestionar los contenidos y alcances del legado revolucionario se pone en duda también el credo antiporfirista. Lo único que la revolución no alcanzó a producir fue un sistema político democrático. Sus aspiraciones democráticas murieron acaso con Francisco I. Madero en febrero de 1913. A partir de entonces, las prioridades de los líderes revolucionarios y de los dirigentes políticos que los sucedieron fueron las del fortalecimiento de su autoridad, de su aparato de gobierno y ulteriormente del régimen, no la creación de condiciones para la participación electoral y la alternancia en el poder, o de mecanismos para la rendición de cuentas por parte de los gobernantes, o la difusión de una cultura democrática. Hasta nuestros días, dentro del propio gobierno, la vigencia del Estado de derecho, la separación de poderes o la aplicación irrestricta de la ley  es menos importantes que el cumplimiento de la voluntad presidencial.