Alberto Beltrán “dibujaba hasta dormido”

Héctor E. Peralta
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Escribo estas breves notas en la memoria de quien me eligió como su hermano.El que se consideraba a sí mismo como El Tlacuilo, ilustrador incansable y a quien sus compañeros en el periodismo consideraban que “dibujaba hasta dormido”.

Lo conocí todavía estudiando la secundaria. Saludándonos al cruzar el dintel de entrada al edificio donde vivía yo con mis padres y él, recargado, con un pie apoyado en la pared, tomando instantáneos apuntes a lápiz del acontecer a su alrededor.

Su presencia constante obedecía a que esperaba que bajara de su cuarto de azotea donde vivía, su compañera de trabajo en el Taller de Grafica Popular, Marianne, la extranjera, la “güera de arriba”, que años después y yo  estudiando Medicina, se convertiría en mi esposa y en mexicana.

Desde entonces nos fueron uniendo múltiples circunstancias en la vida.

Ya como amigos, conocí a su familia. Una madre de chongo, afable, protectora, siempre sonriente. Un padre de grandes y redondos ojos claros, hermético, sastre de profesión. Ambos afectados de la diabetes.

Alberto tenía cinco hermanas y un hermano. Una, la mayor, que le dedicó su vida a apoyarlo irrestrictamente. Otra hermana, arpista, muere prematuramente. Le sigue una monja, silente pero influyente en las decisiones familiares. Una es ama de casa y la más joven, atractiva y hábil, a la que bautice como “los asientos de la familia”.

Un hermano de sangre, también artista grafico, sobre el que proyectó  su pesada sombra.

En sus últimos años, en el periodo que tanto lo necesitó, y al encontrarse imposibilitado para caminar, entre otras afectaciones en su salud, fue apoyado solidariamente por sus amigos y compañeros de trabajo.

Situación muy traumatizante para quien había conocido a su país, recorriéndolo a pie y sin nuca aspirar a tener coche propio. En una ocasión llegó al extremo de que a unos días de su salida a Perú, para conocer el país e ilustrar la obra de Van Haggen sobre los incas, me pidiera angustiado que le diera unas clases de manejo, pues le informaban que tendría que recorrer lugares distantes para lo cual sólo le proporcionarían un jeep. Afortunadamente no sucedió, y lo transportaron.

Congruente con su filosofía de vida, e identificándose con el desvalido, nunca hizo ostentación de lo material, pues sólo poseía su casita en la colonia Educación. Pero eso sí llena a reventar de libros y periódicos que eran parte de sus fuentes de información, con los que se ayudaba a dar vida a sus ilustraciones. Multitud de sus cuadernos de apuntes, grabados, litografías, fotografías y las obras que iba ilustrando. Diplomas de instituciones de artes y cultura, en reconocimientos a su brillante trayectoria de trabajo.

Todo esto logrado por su trabajo que incluye una profunda investigación temática para ilustrar, interpretando el sentido de las obras encomendado. Eso le valió el reconocimiento de los autores y sus obras, llagando en algunos casos a ser igual o más reconocida por sus ilustraciones.

Así recordamos temas tan valiosos como Antropología de la Pobreza de Oscar Lewis, La Visión de los Vencidosde León Portilla, Los Mexicanos se Pintan Solosde Ricardo Cortez Tamayo, Juan Pérez Jolotede Ricardo Pozas, Todo Empezó el Domingocon Elena Poniatowska, La ruta de Hernán Cortez, Doña Barbará, Vida de Flores Mogón e infinidad de títulos de libros, así como El Gallo Emplumado de su querido periódico El Día, El Coyote Emplumadoy  Ahí Va El Golpeentre muchosotros.

En un rincón, amontonadas en una pila, sus actas de matrimonio y divorcio en orden cronológico de sus fracasos sentimentales. Tenía el dudoso honor de irlas conociendo a casi todas.

Sabia de esas relaciones, que a veces se tornaron tormentosas, pues la  iniciaban mostrando su imagen carismática de afabilidad y sencillez. Él buscaba a la mujer dócil proclive a su temperamento dominante. Pretendía cambiarla a la mujer libre, fuera extranjera o mexicana desenvuelta, en un modelo ya incompatible, el de la mujer indígena a la que probablemente tenía idealizada.

Todas ellas inteligentes y atractivas, de todos los tipos. Brillantes en sus campos,  como artistas graficas, periodistas, científicas, intelectuales, maestras…

Al haber renunciado a tener familia propia, aceptó con gusto convertirse  en el tutor de mi primera hija, Atziri, cuando el juez  Pupilar que en aquel tiempo lo exigía como requisito para poderla registrar dado que la madre de ella y yo no estábamos casados.

La vida me llevó a tener la experiencia única de penetrar físicamente en su corazón al tener que operarlo a corazón abierta junto con el doctor José  Hernández Fujiyaki. Experiencia difícil de igualar con un ser querido y vivir la angustia de tener en las manos, por algunos minutos, su corazón inerte y de volver a sentirlo latir.

Lamentablemente, años después, estando en las oficinas del banco,  acompañado de un joven, empleado del periódico El Día, sufrió un infarto cerebral. Consecuencia de las dificultades que le representaba el trasladarse, y el disgusto que le produjo el rechazo de una empleada intolerante, que lo conocía, pero se negaba a reconocer su temblorosa firma en el cheque de su cuenta.

El joven manejaba, llevándolo recargado inerte sobre su hombro y sólo atinaba a decirle angustiado: ¡Maestro, no me haga esto!, pero le salvo la vida en ese momento.

A raíz de ese episodio se desencadenaron muchas cosas, ya que estando hospitalizado y a horas de su fallecimiento una reportera se me acerca inquiriendo sobre si Alberto era muy pobre, a lo cual repliqué que era un hombre tan rico que tenía un legado único de cultura y que además en el caso que llegara a fallecer me había informado que quería dejar su legado material, íntegro, para becas de los niños que estudiaban en la Escuela Freinet de San Andrés Tuxtla, con quien le unían, lo mismo que a mí, estrechos lazos de muchos años.

Poco tiempo antes de caer enfermo, había indagado en el banco su estado de cuenta. Eran varios millones de pesos, producto de sus ahorros por sus hábitos austeros de vida. El propósito era el de cederlo a la juventud para que estudiaran arte, lo cual representaría la esperanza en el cambio educativo.

Seguramente despertó codicias, pues a su muerte y habiéndolo informado públicamente en su homenaje en que tomé la palabra, nunca se cumplió.

Quedó en el misterio el destino de esos fondos, así como el de sus cenizas que fueron sustraídas subrepticiamente del salón donde se le rendía homenaje en el local del periódico. Ya estaba organizada la caravana para que en la madrugada saliéramos a San Andrés Tuxtla.

Se había elaborado todo un programa para recibirlas con la participación de la Escuela Freinet y todo el pueblo para llevar a depositar una parte en un nicho que le reservaban y el resto arrojarlas al mar.

Lamentablemente nada de esto se cumplió, pero como admiradores de la obra de este gran Tlacuilo mexicano sabemos y trabajamos en ella para que su obra perdure.