Octubre del 17, un momento cumbre de la historia

Víctor Orozco / Estampas históricas
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Hace un siglo, la noche entre el 24 y 25 de octubre (6-7 de noviembre, según el calendario actual) se produjo la toma del poder por el Comité Militar del Consejo de Obreros, Campesinos y Soldados (Soviet) de Petrogrado, por entonces la capital del antiguo imperio ruso, cuyo monarca había sido destituido en febrero del mismo año. El hecho casi pasó inadvertido para el grueso de la población en las siguientes horas. Sin embargo, fue uno de los acontecimientos de mayor trascendencia para la historia mundial del siglo XX. Inauguró la fundación de un nuevo Estado y con él, la empresa de instaurar un sistema socialista, de acuerdo con la versión del marxismo elaborada por los principales dirigentes revolucionarios en ese momento Vladimir Ilich Lenin y León Trotsky.

El “barro” disponible para edificar el nuevo sistema era una nación destrozada por la guerra, hundida en la miseria económica y en la anarquía. El 85% de sus habitantes (unos 90 millones de rusos y unos 40 de otras nacionalidades) lo eran del campo y el resto se distribuía en unas cuantas ciudades, sobresaliendo la capital y Moscú. En una decena de centros urbanos se asentaban enormes complejos industriales que concentraban a la mayor parte de la clase obrera.

Los  bolcheviques, futuros comunistas, comprendieron como nadie las claves de la coyuntura y diseñaron una estrategia convencidos que en la guerra se gestaba la revolución. Condensaron las demandas generalizadas e impostergables en una sencilla divisa: “Paz, pan y tierra”, complementada con un objetivo político: “Todo el poder a los soviets” (Organizaciones emanadas de la primera revolución de 1905). Poniendo en práctica el afamado consejo de Dantón, el revolucionario francés: “Audacia, audacia y más audacia”, el minúsculo grupo de radicales socialdemócratas rusos, se convirtieron en unos cuantos meses en los adalides de las masas obreras, al tiempo que hacían a los campesinos un ofrecimiento simple e irresistible: tomen las tierras de las grandes haciendas y distribúyanlas como mejor les parezca. En realidad esta propuesta expresaba el reconocimiento de un hecho ya consumado en buena parte de Rusia. Las apropiaciones campesinas a su vez habían provocado la deserción de cientos de miles de soldados quienes dejaban el frente para no llegar tarde al reparto en sus terruños.

Apenas ejecutado el golpe de Estado, se desencadenó una cruenta guerra civil cuyos escenarios ocuparon millones de kilómetros cuadrados, desde Siberia hasta el Mar Negro y hasta las fronteras con Europa Occidental. Como había sucedido 125 años antes en Francia, la revolución galvanizó el espíritu de resistencia de las masas populares. Surgió el Ejército Rojo, que empleando lo mismo la red ferrocarrilera que la caballería, movilizó a sus huestes para combatir en varios frentes a la vez y sucedió lo imprevisible: la derrota de los ejércitos blancos, apoyados por intervenciones militares de Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Japón y Alemania. Los triunfos bolcheviques se detuvieron en Polonia, hasta 1920.

Dos años después se fundó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, bajo el modelo de un partido único, el comunista. Se expropiaron las fábricas, los bancos, la tierra, el comercio, comenzando la construcción del socialismo como anunció Lenin al asumir el poder. El proceso de colectivización de la tierra trajo consigo hambrunas, expulsiones, migraciones de pueblos y etnias enteros, pero a la postre se consolidó. Al parejo, se desarrolló una centralización del poder en manos del Buró Político del Partido Comunista y finalmente en manos del secretario de éste, un antiguo bolchevique sin brillo, nombrado José Stalin que andando el tiempo, se desharía de casi toda la vieja guardia, mediante el exilio (para los más afortunados), el asesinato y la prisión. A la cabeza de la Unión Soviética, Stalin se convirtió además de un dictador absoluto, en uno de los tres hombres de Estado más poderosos de la época. Los otros dos fueron Benito Mussolini y Adolfo Hitler.

Para 1939, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, la URSS, como ave fénix, revivida de las cenizas, era un Estado poseedor de industria pesada y militar, con una agricultura mecanizada en su mayor parte. Tales logros habían sido posibles sacrificando prácticamente a una generación, condenada a toda clase de privaciones, a trabajos forzados y sin siquiera un atisbo de libertades elementales. El embate del Ejército germano en 1941, con el poderío de casi toda Europa tras de sí, estuvo a punto de liquidarla. Sin embargo, dos años después la ofensiva soviética hizo retroceder a los alemanes y finalmente fue el factor determinante para su derrota. Al término de la guerra, quedaron dos grandes potencias, Estados Unidos y la URSS, ambas con capacidad de destruirse mutuamente gracias al arma nuclear.

El siglo XX terminó con la disolución de la URSS en 1991. Casi en secreto, en una cabaña en el bosque, dicen que medio ebrios, los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia acordaron la terminación del Estado soviético. Las inimaginables escenas del Ejército bombardeando el edificio del antiguo Soviet Supremo de la URSS, conocido como la Casa Blanca en 1993, dieron cuenta de la profundidad del colapso geopolítico. Quizá el mayor de la historia. 

¿Por qué cayó la URSS? La cuestión es de tal manera compleja, que no puede responderse en unos párrafos, por tanto me concreto en esta nota conmemorativa, a enunciar uno de los factores. Durante los últimos dos siglos, ciertos paradigmas e instituciones han sido consideradas condiciones indispensables para la convivencia humana. Son la democracia y las libertades públicas. Ambas pueden ser suprimidas durante largo tiempo, pero no hay pueblo que soporte vivir sin ellas indefinidamente. Tarde o temprano estallarán las rebeliones contra un régimen que las impide o sofoca. Es más, sin ellas, a la larga no se puede construir un sistema capaz de superar las tensiones derivadas de crisis políticas, económicas o militares. En otras palabras, las dictaduras personales o de partido tarde o temprano se desmoronan, porque sus instituciones carecen de la legitimidad brindada por la voluntad de los ciudadanos.

En una crítica muy temprana al régimen dictatorial que comenzaban a edificar los bolcheviques, Rosa Luxemburgo, explicaba en 1918: “La vida pública de los países con libertad limitada está tan golpeada por la pobreza, es tan miserable, tan rígida, tan estéril, precisamente porque, al excluirse la democracia, se cierran las fuentes vivas de toda riqueza y progreso espirituales... Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera apariencia de vida, en la que sólo queda la burocracia como elemento activo... El único camino al renacimiento pasa por la escuela de la misma vida pública, por la democracia y opinión pública más ilimitadas y amplias. Es el terror lo que desmoraliza”. 

Estas palabras no venían de un jurista burgués o de un teórico del reformismo, sino de una de las representantes del socialismo radical, dirigente del naciente Partido Comunista Alemán y talento brillante si los ha habido. Los dirigentes de entonces no quisieron escucharlas y uno de los resultados aunque ocurrió siete décadas después, fue el colapso del llamado socialismo real, que de paso, debilitó la causa de los igualitarios en todo el orbe, desequilibró la correlación mundial de fuerzas a favor del imperialismo estadunidense y desprestigió a los cambios revolucionarios. 

La Revolución rusa, “El resplandor de Octubre”, como le llama algún pensador, queda sin embargo, como uno de los momentos cumbre de la historia, expresión de la suprema esperanza de la liberación humana, para sacudirse la pobreza y todas las enajenaciones: religiosas, económicas y políticas. Por ello, no debe olvidarse.