Apocalipsis sin causa

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos
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Como en los juegos futboleros, el sistema político (gobernantes, partidos, legisladores, etcétera) actúan sincronizados en la clásica estrategia del entrenador chambón (ahora son directores técnicos) de “T” en “B” (“todos en bola”, a tontas y locas) aun en tiempos de relativa tranquilidad.

 

De la chistera de las ocurrencias ha salido cualquier programa de gobierno y este agonizante sexenio no está más lejos de las supuestas transformaciones de las últimas cuatro décadas y la extraña pero consistente ecuación, como las que se han puesto de moda, donde menos es todavía menos a pesar de ser más.

 

Por ello a la vista se tiene una chunga económica con el TLCAN y la actuación impune del rentismo especulador, amén de ese mal chiste democrático con una cantidad impronunciable de candidatos (in) dependientes, algunos oficialmente embozados, así como otras figuras abiertamente protagónicas, pues saben que después de ellos ningún gallo canta.

 

Después de la ilusión de haber ingresado al primer mundo a punta de insurrecciones eclesiales en selvas no tan clandestinas y de haber demostrado durante más de 22 años el hecho asombroso de que de reversa también se avanza, las voces apologistas mutaron en apocalípticas de una causa perdida de antemano, si es que había alguna en favor de interés general.

 

En este país donde lo irreal es cotidianamente posible en la esfera de la vida pública gracias a la configuración de la simbiosis político-empresario o viceversa, el humo es la realidad y todo cabe, hasta la exigente desvergüenza de que no se aplique la ley por el elevado motivo de alcurnia política y se lave el honor en desplegados públicos.

 

“No me basta con ser feliz, necesito que los demás sufran”, decía Marx (Groucho) al parecer el filósofo involuntario de las nuevas generaciones de políticos y dueños de la riqueza nacional, que hasta sus mínimos aciertos  los convierten en grandes equivocaciones, como ese noble concepto de democracia.

 

A eso se ha apostado durante ya varias décadas, con una espiral creciente de corrupción, impunidad, violencia natural e inducida, desigualdad, pobreza rayana en miseria, lo cual ha sido respaldado por una narrativa cínica que al tiempo que promueve paraísos hace sonar las trompetas de su propio armagedón sin parar en mientes en la consecuencias a pesar de las lecciones de la historia.

 

¿Otros seis años de capitalismo depredador, de fachadas democráticas, de negocios al amparo del poder, de saqueos y violencia?

 

Hasta las opciones presuntamente menos afines al Ogro Salvaje están acorraladas por el espeso andamiaje que se ha edificado en este tiempo, todo mediante tácticas humorísticas y estrategias hiperbólicamente grotescas, narradas con fundamentalismos para  provocar el efecto deseado entre consumidores finales de ilusiones.

 

Un día en horrorilandia es el título de un libro en el cual las pesadillas se hacen realidad. Aquí es al revés y en forma constante.

 

 

 

 

Sobre el “muerto”, más coronas

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos
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Mientras toda la fauna neoliberal está lanzada a demostrar que los “populismos de izquierda” no son peores que ella en materia de demagogia y cháchara embaucadora al proponer “salarios rosa” para todas las amas de casa (Carlos Slim, dixit), la economía de casino continúa su embestida contra el peso, llevándolo nuevamente a los linderos de los 20 pesos, y haciendo lo que mejor sabe hacer: saquear las arcas nacionales ante turbulencias provocadas por sus adictos adeptos (inversionistas, innovadores o mercado, les llaman).

 

La “volatilidad”, ese vocablo alcahuete utilizado por la tecnocracia neoliberal para tratar de enmascarar los episodios de la irracionalidad de los “espíritus animales”, impone la estrategia de empeorarla con “tranquilizadoras” subastas de miles de millones de dólares (casi 4 mil millones en las últimas fechas), envueltas en coberturas cambiarias supuestamente preventivas ante locuras trumpistas, fallidas negociaciones telecaneras (por el Telecé) y, en una de esas, por qué no, las zumbonas calaveras de José Guadalupe Posadas, digno representante del surrealismo nacional e internacional, según Bretón y sus fieles.

 

“Hay que dar orden o liquidez al mercado”, se dijo oficialmente, en un descarado eufemismo de la depredación, sin más límite que su propio apetito.

 

En esas estamos cuando aparecen los dueños del país a dar calambres al aparato oficial: hay que sustituir todos los programas sociales y los recursos respectivos distribuirlos en salarios a las amas de casa, según Carlos Slim, un extraño caso de “nacionalismo globalizador” que, al tiempo que se aferra a mantener sus monopolios, sembrando explosivos en el camino de posibles competidores en telecomunicaciones, ruega por mirar al mercado interno (el suyo, claro) como alternativa para reactivar la economía, sin duda en estado depresivo durante las últimas décadas.

 

Más coronas y epitafios en estos días de muertos, tanto por violencia como por las festivas catrinas en honor del caricaturista de Aguascalientes (eso, en vez de exorcistas, brujos y otros fantasmas), el “filantrocapitalismo” nacional se muestra en todo su populismo (y en toda su demagogia) con medidas que no han sacado de miserable ni de pobre a nadie, como esas dádivas salariales para las jefas de familia, sólo competitivas en el festejado mercado laboral sexenal con sus “inflados” 3 millones de nuevos empleos.

 

Ni siquiera sirven ya de paliativo y han aportado su cuota para la inauguración, como símbolo de la miseria neoliberal, de comedores populares como si se tratara de tiendas de conveniencia (otro signo del “nacionalismo globalizador” de nuestra época).

 

Es cierto que la adiposa sinecura oficial, llamada Secretaría de Desarrollo Social y que dice atender a los pobres, ha resultado más que estorbosa aunque electoreramente sustanciosa, pero echarle una corona al cadáver no va a reducir el problema.

 

Mientras se siga intentando desviar la atención sobre el fenómeno a combatir, y que no es otro que la desigualdad (con sus evasores de impuestos, paraísos fiscales, monopolios, duopolios, oligopolios y todo esto unido en lo que se denomina como “mercado”) continuará la producción de calaveras, por violencia o miseria, y de arreglos florales sin necesidad de apelar a la efeméride.

 

 

 

 

La (horrenda)  “suerte” de los “millennials

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos
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La juvenil Generación Fobaproa, esa que hoy se ha etiquetado con el abstracto remoquete de “millenialls” pero que es producto-víctima del timo, la especulación financiera y el fraude descarado mediante ese engendro económico-político que fue primero Fobaproa y luego IPAB, recibió durante los pasados sismos los más encendidos elogios. Su coraje, ese puño en alto, ese andar infatigable entre los escombros, acarreando víveres  bajo la lluvia, yendo de aquí para allá sin pedir nada a cambio, etcétera, atrajo las miradas más escépticas. Todo muy merecido, sin duda.

 

Empero, todo ese empeño y la preparación de muchos de ellos en diversos ámbitos profesionales, merecerían algo más que el aplauso general por sus innegables méritos.

 

Porque vistos en el diario andar, la cosa es totalmente distinta. Y si su infancia (el Fobaproa) es destino, éste los alcanzó despiadadamente, dibujando un horizonte algo poco menos que hostil ante la falta de oportunidades, que ya ni de consuelo servirá para el futuro cercano que se esboza más cruel.

 

La Generación Fobaproa (que anda entre los 20 y 35 años de edad, muchos de ellos nacidos ya y otros en la escuela cuando el atraco bancario-especulativo consumía cerca de 14 por ciento del PIB) es casi la mitad de la población, según el “renovado” INEGI. Del total de desempleados, que ronda los 2 millones de mexicanos, al menos 950 mil son “millennials” (una heroicidad trágica).

 

Peor: según esto, la mayoría de los que tienen empleo perciben poco más de 7 mil pesos al mes y, pocos, muy pocos, 12 mil pesos mensuales, formando así parte de una generación que sigue siendo víctima de un fraude por partida doble:

 

“¿Para eso estudié? Gana más “el honesto trabajador que se ocupa de lavar autos o el honrado vendedor de tacos y tamales”, es una de las respuestas de la Generación Fobaproa. Tristemente, cualquiera lo puede comprobar.

 

Y es que en su país les dijeron a estos jóvenes que debían prepararse para poder tener una vivienda propia, alimentarse, incluso para poder adquirir un auto y una computadora o un celular. Pero pronto topan con la cicatera economía neoliberal que, además de salarios miserables, les regatea prestaciones o los subcontrata para que los consorcios puedan evadir la ley a sus anchas (las reglas que confeccionaron ellos mediante sus personeros en el Congreso federal no bastan).

 

Al final resulta que, en el mejor de los casos, deben “hipotecar” parte de su vida para disponer de créditos que les permitan tener acceso a cualquier cosa, por mínimo que sea su costo. Porque un ordenador algo decente supera el salario mensual, ni qué decir un automóvil, no se hable de los créditos para esas cosas que el Infonavit y desarrolladoras llaman “viviendas”, en realidad estrechos cascarones de huevo para “hobbits” en las que sólo cabe una persona (acaso también su mascota), obligada además a compartir conversaciones con los vecinos de junto.

 

Sobre lo anterior habría que decir: si lo que se pretende es que los beneficiarios de la moderna arquitectura aprendan a “confiar en su vecino y evitar ese espíritu aislacionista y separatista” que está significando a nuestra época (con mensajes por celular de una habitación a otra, por ejemplo), sería mejor edificar departamentos con “ladrillos corredizos para la división de viviendas”, tal como propuso Robert Musil en El hombre sin atributos, con espacios más amplios y cómodos y, claro, con mejor material que el que se utiliza actualmente.

 

La vida de los jóvenes de la Generación Fobaproa no ha podido estar envuelta en mayores tragedias casi desde su nacimiento. Los gestos solidarios, humanos y heroicos de estos jóvenes Fobaropa durante los sismos serán debidamente correspondidos por el modelo económico que los ha visto “crecer”: más espacios, no de oportunidades, sino de insolidaridad, negación al humanismo.

 

Los que los elogian o hablan de ellos evitan informarles sobre el trágico  origen de su desgraciado presente, el cual también ha trazado su camino.