Karl Heinrich Marx

Pablo Cabañas Díaz
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En 1989,  con la caída del muro de Berlín se puso de moda la frase  “el fin de la historia”, en la que se anunciaba un nuevo capitalismo.  Estábamos al final del siglo XX, en la entronización de la globalización y en la crítica sin límite de la obra de Karl Marx.  La “crisis del marxismo” anunciada con gran fanfarria por Louis Althusser en 1978 se convirtió a finales de los años 70 en una característica central del debate en torno a Marx. Se culpaba de ella a “los enemigos del movimiento obrero”, aunque Althusser admitía que también había que tener en cuenta los efectos del estalinismo, pero en definitiva se consideraba responsables de esa crisis a las “lagunas” y “enigmas” de la propia obra de Marx.

Karl Korsch, en su  incisivo libro Marxismo y filosofía fija la relación del marxismo como filosofía de la realidad. Concebida originariamente como teoría de la revolución social, la doctrina de Marx se había convertido, por obra de un marxismo ortodoxo, en una teoría “pura” que no conducía a ningún imperativo práctico. Fue Korsch quien había declarado que “no se trataba simplemente de una crisis dentro del movimiento marxista, sino de una crisis del propio marxismo”. La crítica de Althusser decía poco de la evolución del capitalismo y de la naturaleza de sus contradicciones y sólo invocaba a las “masas” en lugar de analizar los cambios acontecidos en la composición de la clase obrera desde la crisis de 1973 y las mutaciones que comenzaron en esos años. En aquel momento Althusser seguía siendo miembro del Partido Comunista Francés y cabe suponer que había cosas que no podía cuestionar.

En 1989 se iba a producir una crisis mucho más seria y profunda. El historiador marxista británico Eric Hobsbawm señalaba: “lo que estamos viendo no es la crisis de un tipo de movimiento, de régimen y de economía, sino su desaparición. Aquellos de nosotros que habíamos creído que la Revolución de Octubre era la puerta hacia el futuro de la historia del mundo tenemos que reconocer que estábamos equivocados”. No parecía que se pudiera salvar mucho de aquel naufragio, ni siquiera una sola hebra teórica, ni había ninguna postura ética que defender, ni un solo elemento para la articulación de una comprensión marxista del mundo. La derrota parecía definitiva. El estadunidense Francis Fukuyama proclamó el “fin de la historia” en 1992, con lo que aludía al fin de visiones alternativas al capitalismo después de la crisis. Fukuyama nos decía que el capitalismo no tendría ya más trabas a escala mundial y ningún tipo de cuestionamiento.

II

En el mundo de la década de 1990  se inició un proceso de transnacionalización económica, política, social y cultural que aceleró enormemente la expansión del capitalismo. Los países que en otro tiempo se consideraban fuera de sus límites, donde prevalecían regímenes que se autoproclamaban socialistas, volvían al redil capitalista. El capitalismo no tenía límite alguno  para  expandirse Y eliminar cualquier impedimento a su expansión. El ascenso del nuevo capitalismo globalizado e informatizado planteaba un desafío al marxismo pero también una oportunidad para renovar su arsenal teórico. Ahora estábamos de nuevo allí donde se hallaba Marx cuando emprendió el análisis del incipiente mundo capitalista nacido de la Revolución Industrial. El marxismo podía volver al punto de partida en la realización de la crítica más efectiva del orden capitalista. Uno de los análisis más influyentes del nuevo orden mundial fue el estudio en tres volúmenes de Manuel Castells: La era de la información. Pese a toda su crítica del marxismo tradicional, y al descubrimiento de un nuevo vocabulario para describir el nuevo orden, su lenguaje era todavía inequívocamente marxista. Castells argumentaba que “en pocas palabras” el nuevo orden capitalista se basaba en una triple estrategia: “profundización de la lógica capitalista de la búsqueda de ganancias en las relaciones capital-trabajo; mejora de la productividad del trabajo y del capital, (y) globalización de la producción, la circulación y los mercados”.

En el núcleo del nuevo modelo estaba la relación entre el capital y el trabajo, y en ese sentido no había nada realmente nuevo. La década de 2000 a 2010 se iba a demostrar decisiva para ese nuevo modelo de capitalismo, pero también hizo reaparecer, en primer plano, algunas de las ideas básicas de Marx. Lo que ahora se llamaba globalización había sido prevista por Karl Marx como una tendencia: “La tendencia a crear el mercado mundial viene dada directamente en la idea misma del capital. Todo límite se le presenta como una barrera a salvar” (Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, tomo I, página 360).

La tercera corriente de oposición se identifica explícitamente como “anticapitalista”, basándose en la herencia de 1968 y los nuevos movimientos sociales. El Foro Social Mundial comenzó esa crítica y proclamó que “otro mundo es posible”. El cambio climático global, la destrucción de los océanos y la contaminación urbana son cuestiones que preocupan todas ellas a esas capas desafectas del capitalismo dominante. La preocupación por la calidad de la vida, el equilibrio entre la vida laboral y el ocio, y las consecuencias de la precariedad motivan sus movilizaciones. Difícilmente podríamos concluir mejor esta reconsideración del marxismo, cuando nos acercamos al año 2020, con la definición del comunismo ofrecida por Marx y Federico Engels en La ideología alemana: “Para nosotros, el comunismo no es un estado que deba implantarse, un ideal al que ha de ajustarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual. Las condiciones de ese movimiento se desprenden de las premisas actualmente existentes”.

No olvidemos que el socialismo era para Marx mucho más que la abolición de la propiedad privada o del mercado. Marx tenía visión radical de la libertad; del libre desarrollo del individuo que requiere de la eliminación de todas las restricciones sobre su actividad autónoma. Las relaciones sociales alienadas del capitalismo deben ser superadas para que los productores libremente asociados puedan crear una sociedad que vaya más allá del capitalismo.

Marx reconocería sin duda esas revoluciones democráticas como precursoras de cambios sociales dramáticos y como prueba de que millones de personas en todo el mundo quieren conocer una vida “después del capitalismo”. Si tuviéramos que ofrecer un medio para entender la vida “después del capitalismo” hoy tendríamos que empezar con las limitaciones de Marx y el marxismo, y no sólo en términos del capitalismo que afrontaban en su época. Se necesita de una concepción ampliada del capitalismo que reconozca no sólo las contradicciones económicas analizadas por Marx, sino también las condiciones de fondo para la acumulación de capital, que incluyen la reproducción social, la ecología y el poder político. Una forma sencilla de decirlo es que requerimos de un marxismo revitalizado para el siglo XXI, ligado estrechamente con el  indigenismo, el feminismo, la ecología y el poscolonialismo. El marxismo es una herramienta de lucha para los campesinos sin tierra, los habitantes pobres de las ciudades  y de  la vasta mano de obra precarizada que defiende sus derechos contra el violento capitalismo neoliberal  para hacer realidad lo que decía Marx: “la libertad ha existido siempre, pero unas veces como privilegio de algunos, y otras veces como derecho de todos”.