Reflexiones sobre el 2018

Enrique Semo / Tribuna Comunista
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¿Qué es AMLO? Andrés Manuel López Obrador es el líder de un movimiento social. Un movimiento que se ha ido constituyendo a lo largo de 25 años. Ese movimiento social es la respuesta a innumerables humillaciones, expropiaciones, agresiones, vejaciones, cometidas durante los 35 años de los gobiernos que han venido aplicando sin interrupción un proyecto neoliberal. Gobiernos que han sido expresión fiel de la oligarquía mexicana, sus socios internacionales y sus representantes políticos por excelencia que son el PRI y el PAN. En ese movimiento social, los grupos y los individuos que lo componen no coinciden en sus agravios, en sus indignaciones, que pueden ser locales o nacionales, económicas o políticas; es un movimiento formado por gente de diferentes clases y grados de militancia. Incluye grupos clientelares, organizaciones críticas, restos de movimientos pasados. Pero predominan los trabajadores, los pequeños empresarios y los agricultores. Los que ven a AMLO solo como candidato de una corriente electoral, como candidato a la Presidencia, se quedan cortos. Por eso sus frecuentes derrotas, reconocidas o no.

Una cosa es vencer a un candidato a la Presidencia, que derrotar a un movimiento social y su líder. ¿Cómo se ha constituido esa unidad en la dispersión? Por la concentración en un objetivo central que parece sublimar múltiples impulsos de diferentes signos. Este objetivo lo ha definido AMLO en los siguientes términos: “no se logrará ningún cambio si los poderes de la Unión y las instituciones públicas continúan al servicio de unos cuantos. Reitero mi idea esencial de que el Estado se encuentra secuestrado por una minoría y que ésta es la causa principal del desastre nacional. En nuestro país existe una república aparente, simulada, falsa. Hay poderes constitucionales, pero, en los hechos, están confiscados por un grupo. Por eso lo primero que debemos hacer es recuperar democráticamente al Estado y convertirlo en el promotor del desarrollo político, económico y social del país.”

Esa idea central ha penetrado al movimiento que se transforma en una alternativa al Estado, no por su poder, sino por su unidad, persistencia y tenacidad. El problema más difícil en los movimientos es como evitar la dispersión, la rendición temporal ante una derrota, cómo reagruparlo, como darle nuevo vigor. El mejor ejemplo: se produce después del fraude electoral de 2006. La lucha de seis años un enorme gasto de energías había fracasado. Respecto al objetivo ganar la elección presidencial la derrota es total.

Pero el movimiento se niega a disolverse. AMLO comienza a recorrer todo México. Desde 2007 inició una gira por todos los municipios del país, encabezando asambleas informativas para mantener viva la protesta contra el fraude. Forma sedes del gobierno legítimo, esos centros comienzan actividades políticas con una dinámica local propia, los recorridos abarcan todo México y López Obrador aprovecha los comicios locales para apoyar desde sus asambleas a los abanderados de los partidos de izquierda. Desde enero de 2007 a marzo de 2009, AMLO recorrió 2,456 municipios realizando mítines cortos a razón de seis por día, donde la asistencia oscilaba entre las 100 y 5000 personas. El movimiento responde con militantes que facilitan los mítines, trabajando voluntariamente. El gobierno legítimo dejó de ser un “poder en la sombra” para transformarse paulatinamente en la dirección de una estructura de resistencia cuyo lema principal es el origen ilegítimo del gobierno de Felipe Calderón. El movimiento electoral se transforma en movimiento de resistencia civil al fraude gracias a la acción de miles de militantes que construyen espacios de influencia en la mayoría de los estados de la república.

No existe una estructura burocrática, se trabaja voluntariamente. En las sedes del gobierno legítimo, surgen mesas de discusión, de educación política en las que se analizan coyunturas regionales y se abren foros ciudadanos. El movimiento social se rehace en una época de derrota, desde abajo, reflejando fielmente las particularidades de cada zona. 

Ese movimiento ha tenido expresiones multitudinarias y momentos de repliegue. Se ha ido rehaciendo constantemente en las victorias y las derrotas. Hoy se parece poco a lo que era hace 23 años, cuando AMLO organizó la marcha desde Tabasco para protestar por un fraude electoral y aportó los documentos probatorios necesarios. Desde entonces la protesta contra el fraude electoral se constituyó en una de las demandas fijas de ese movimiento que la ha refrendado innumerables veces. Desterrar el fraude electoral de la realidad mexicana seria el golpe más profundo y demoledor al sistema electoral impuesto por el PRI durante casi un siglo.

La demanda, claro, no es nueva, pero se transforma en permanente del movimiento social ligado a AMLO. El movimiento la ha enarbolado cientos de veces, al punto de transformarla en una de sus características estructurales. Su carácter eminentemente democrático comienza con la protesta por el fraude, elemento constitutivo del poder siempre renovado del PRI antes y del PRI-PAN ahora. El fraude masivo forma parte de la estructura del sistema representativo mexicano impidiéndole ser la expresión autentica de las opiniones y la voluntad de la mayoría del pueblo mexicano.

La diferencia del movimiento dirigido por AMLO con otros actores es que se ha negado a negociar los fraudes y por lo tanto a mantener una posición de principio sobre el problema más elemental de la transición a la democracia. Morena, partido-movimiento surgió para la sorpresa de todos, casi instantáneamente como una metamorfosis de ese movimiento que yo diría es uno de los más grandes logros de la izquierda electoral mexicana. Pero ese movimiento, debemos aceptarlo, no puede solo ganar las elecciones, porque una victoria con 2% o 4% no va a ser respetada. Y para vencer con un 10% o más necesitamos una izquierda unida, toda la izquierda, los partidos, los movimientos, toda la izquierda y sobre todo el gran movimiento que dirige AMLO.

Pero todavía más importante, ¿cómo vamos a gobernar si no es con toda la izquierda? No podemos enfrentarnos a los tremendos problemas que nos esperan con una izquierda dividida, peleada, dispersa. En 2019 nos esperan cuestiones prácticas tremendas: ¿cómo vencer al narcotráfico: a la violencia y cómo restaurar la paz en las comunidades agrícolas, en las ciudades? ¿Cómo someter a la corrupción desbocada, frenética, todopoderosa e instaurar paulatinamente un régimen de derecho? ¿Cómo salir del modelo neoliberal sin caos, sin un tsunami desde el exterior? ¿Cómo recuperar la soberanía perdida en un México en el que casi toda la riqueza está en manos de los monopolios extranjeros, paso a paso? ¿Cómo responder a las campañas que los medios de comunicación con todo su poder llevaran a cabo contra un gobierno de izquierda?

Cuanto más reducida sea la victoria de la izquierda, más habrá que negociar con la derecha, y negociar es ceder por la fuerza de las circunstancias. Ahí está Brasil para demostrarlo. ¿Son capaces las izquierdas de pensar más allá del mañana, a mediano y a largo plazo? Hoy las diferencias dentro de la izquierda parecen mayores que las diferencias con el PRI y el PAN que son la derecha, porque de eso tenemos 30 años de testimonios fehacientes. La izquierda mexicana nunca ha estado en el gobierno, pero ahora sí puede llegar. El PRI vive sus peores momentos y el PAN no está mucho mejor. Otros países latinoamericanos han mostrado el camino, no hay nada que estructuralmente lo impida en México. Pero si la izquierda quiere el poder no tiene otra alternativa que la unidad, porque la experiencia enseña que no se pueden ganar las elecciones presidenciales con una diferencia pequeña. Se debe ganar con una mayoría sustancial que deje el resultado fuera de toda duda.

¿Qué sería de Morena si pierde las elecciones presidenciales? Nueva Izquierda parece no querer el poder, no arriesgar lo que tiene en el establishment. No está lista para una lid que puede acabar una vez más en la derrota. Prefiere acomodarse en el seno del trio histórico, PRI, PAN, PRD en el cual pueda ver su votación subir o bajar sin perder sus privilegios estructurales. Solo la unidad de todos los partidos de las izquierdas en sus múltiples expresiones, tamaños y diferencias territoriales, podría multiplicar la unidad desde abajo. Hic Rhodus, hic salta.

Los simulacros de alianza con el PAN y las arrogancias del amor propio ultrajado son malos consejeros. Si todas esas posturas tienen por objeto mejorar la posición de negociación, los medios están matando al fin. Crecen los resentimientos y los malentendidos y el tiempo para forjar una alianza sólida, organizada, eficaz, capaz de resistir todos los intentos de división que sin duda se multiplicarán desde las derechas, se agota. El tiempo para las alianzas efectivas es hoy.

Muy encomiable es la iniciativa tomada por Ifigenia Martínez que ha invitado “a todos los actores de las distintas fuerzas de izquierda, PRD, Morena, PT y MC, para reconciliarnos y crear las condiciones para ir unidos y ganar en las elecciones del 2018 con un solo candidato, quien habrá de ser el mejor posicionado después de un análisis serio que hagamos.” También hay que felicitarla por la visita que hizo a AMLO, como dirigente prestigiada del PRD. Él se mostró abierto a platicar con diferentes actores de la izquierda, aun cuando tiene reticencias respecto a NI. No coincido en todo con la definición de Ifigenia de los actores y condiciones de la unidad, pero sigo sus pasos de negociación abierta, es decir, que todos los participantes deben ceder en algo.

La base de la unidad debe ser un acuerdo mínimo sobre puntos programáticos; debe también tomar en cuenta la enorme importancia del movimiento social dirigido por AMLO, así como la situación real de la izquierda; la suma de los recursos políticos, organizativos, económicos, ideológicos que cada actor aporta. El acuerdo programático debe ser fruto de una discusión pública entre los actores y no tendrá la forma de un “proyecto de nación” común porque sobre eso no hay acuerdo También creo que deben ser invitados grupos y partidos no registrados, sobre todo los que tienen programas específicos, socialistas de todas las denominaciones; movimientos sociales; sindicatos o federaciones sindicales; organizaciones feministas, de ecologistas, de derechos humanos que no evaden la colaboración abierta con partidos electorales. La izquierda unida deberá respetar rigurosamente las posiciones ideológicas y las luchas particulares de todos y cada uno de los participantes en la izquierda unida. La alianza no puede ser tomada como un arreglo pasajero, de conveniencia momentánea, lleno de desconfianzas hacia los otros actores, terreno de todas las grillas e infidelidades del medio político mexicano, sino como una alianza electoral y de gobierno, porque solo así venceremos.

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